FICHA TÉCNICA



Título obra Kant en alta mar

Notas de Título A partir de Immanuel Kant de Thomas Bernhard

Dirección David Hevia

Notas de dirección Efraín Pérez Álvarez / traspunte y asistencia de dirección

Grupos y Compañías Sombrero azul

Elenco Miguel Cooper, Ana Cervantes, Joaquín Rodríguez, Elia Domenzáin, Miguel Ángel López, Emmanuel Varela, David Hevia

Escenografía Cecilia Márquez

Iluminación Gustavo López Jiménez

Notas de Iluminación Octavio Ortega / video

Notas de Música Pedro de Tavira / escenofonía

Vestuario Cecilia Márquez

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Notas de productores Dulce Saavedra y Omar Quintanar / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Un filósofo a la deriva”, en Laberinto, núm. 434, supl. de Milenio, 8 octubre 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Un filósofo a la deriva

Alegría Martínez

Desconcertante y pleno de un humor que se asemeja a cuchilladas finas, el montaje Kant en alta mar, escrito a partir de textos de Thomas Bernhard y dirigido por David Hevia, es un espectáculo demoledor sobre el encontronazo del pensamiento ilustrado y el pragmatismo americano.

Immanuel Kant –como decidió llamarse el autor de La crítica de la razón después de aprender hebreo– es aquí un güero vestido con pantalón y saco de pana que usa minúsculas gafas circulares con mica color azul y no se despega de la jaula que se supone contiene a su idolatrado papagayo Friedrich.

En compañía de su esposa, del sirviente que carga, alimenta y cuida a su ejemplar de Psittacus erithacus, así como de un cardenal, una millonaria, un capitán y un coleccionista de arte, Kant viaja en barco por primera vez a América para recibir el reconocimiento honoris causa por la Universidad de Columbia y para curarse del glaucoma que padece.

David Hevia, actor, director y dramaturgo, quien fuera durante nueve años intérprete de la compañía alemana Theater an der Ruhr que dirige Roberto Ciulli, fundó en México la compañía Sombrero azul y ha realizado una serie de puestas en escena de trascendencia, en las que priva una estética depurada sobre el escenario y la inmersión en temas que taladran las capas del comportamiento humano.

Hevia, quien se encuentra entre los pocos directores interesados profundamente en la obra de Bernhard (1931-1989), retoma la obra Immanuel Kant, estrenada en Stuttgart en 1978, conocida también como El viaje de Kant a América o Papagayo en alta mar de la que elige lo esencial; elimina médicos, enfermeros, músicos, pasajeros, marineros y propone un final abierto que, si bien no es el que escribe el autor, va más acorde a su propio planteamiento de pistas a seguir en pos de un universo de contradicciones.

Sobre la cubierta de un trasatlántico de lujo, donde los camastros de madera y la blanca vela son envueltos por la bruma y el sonido de la sirena, los personajes pronuncian sus parlamentos de manera reiterada sin que puedan comunicarse, pero también lo hacen al ritmo en que lo escribe su autor original –y que respeta el director–, de modo que las palabras conservan su música, su contundencia, el despliegue de sus revelaciones.

Fiel a la teatralidad que exigen las obras de Bernhard, plenas de sátira, con ese aire de expresionismo alemán de entreguerras, Hevia recrea con elocuencia la crítica mordaz a la ignorancia que encarna el personaje de la millonaria y la obsesión intelectual que raya en la locura de este Kant extraído de su entorno, y expone la contradicción de la religión como algo capaz de coronar o dar su anuencia a corrientes de pensamiento opuestas a lo que predica.

Sujeto al anacronismo como elemento clave para exponer el choque de pensamientos, posturas y actitudes de los personajes –hombres y mujeres cercados por agua salada, el miedo que late a lo largo de un viaje durante el que paradójicamente ningún pasajero percibe algo más allá de sí–, Hevia se divierte como lo hizo Bernhard al mostrar las reducidas posibilidades humanas.

Kant en alta mar abre la posibilidad de ver al filósofo investigador de la estructura de la razón convertido en un frágil hombre de carne y hueso, aterrado ante la idea de perder el sentido de la vista, repelente a conocer América y seguro de que su papagayo –de nombre Federico, como El Grande, a quien el verdadero Kant dedicó su teoría del cielo– guarda en su cerebro todo el conocimiento.

Con un elenco compuesto por Miguel Cooper (Kant), Ana Cervantes (Frau Kant), Joaquín Rodríguez (Ernst Ludwig, cuidador del papagayo), Elia Domenzáin (millonaria), Miguel Ángel López (cardenal), Emmanuel Varela (capitán) y David Hevia (Sonnenschein, el coleccionista), todos instalados en la impostura permanente, esta puesta en escena es un paseo por la incongruencia de la existencia humana.

Creados por Cecilia Márquez, la escenografía y el vestuario son coherentes con la propuesta –como sucede en pocas ocasiones–. Kant en alta mar es también una obra plástica orgánica de calidad.

Cobijada con humor al inicio, en el intermedio y al final por un video en blanco y negro que combina fragmentos de películas de naufragios –incluida una vieja versión hollywoodesca sobre el Titanic y Un día en la ópera de los Hermanos Marx–, un trabajo realizado por Octavio Ortega, de Agave producciones, la presente obra, en la que participan Efraín Pérez Álvarez como traspunte y asistente de dirección, Dulce Saavedra y Omar Quintanar en la producción ejecutiva, Gustavo López Jiménez en la iluminación y Pedro de Tavira en la escenofonía, es un montaje al que hay que ir dispuesto a jugar en serio.