FICHA TÉCNICA



Título obra El dragón dorado

Autoría Roland Schimmelpfennig

Notas de autoría Ana Graham, Stefanie Weiss y Antonio Vega / traducción

Dirección Daniel Giménez Cacho

Notas de dirección Baltimore Beltrán y Xicoténcatl Reyes / asistencia de dirección

Elenco Arturo Ríos, José Sefami, Joaquín Cossío, Ana Graham, Concepción Márquez, Antonio Vega, Patricia Ortiz

Escenografía Auda Caraza y Atenea Chávez

Iluminación Víctor Zapatero

Notas de Música Rodrigo Espinosa / diseño sonoro

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Notas de productores Sheila Flores / producción general; Tania Ruiz, Andrea Poceros y Ricardo León / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Vértigo cotidiano”, en Laberinto, núm. 430, supl. de Milenio, 10 septiembre 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Vértigo cotidiano

Alegría Martínez

Fideos, ajos, papas, leche de coco, cebolla, mariscos, pollo de utilería; menús chinos numerados y dichos cien veces. Cinco personas que cocinan trajinan, chocan, limpian, se empujan, gritan, bufan. Vecinos de arriba, de abajo, de al lado que entran, piden, comen, exigen, rechazan y quieren ser otro, desean con vehemencia tener lo que han perdido, encontrar lo que no buscan, conservar lo que no cuidan, desgarrar lo que esté vivo. Todos se vinculan con El dragón dorado. Teatro de hoy. Obra multigenérica que nos estrella contra una realidad ardiente, la migración ilegal en el orbe.

Roland Schimmelpfennig, nacido en Gotinga, Alemania –de quien hemos visto en México su obra Noches árabes–, escribe un texto de acción centrífuga que irradia el caos dentro de una cocina de restaurante chino, donde empleados hombres y mujeres intercambian palabras, órdenes y acciones, lo mismo que género, actitud y objetivos. Microcosmos que representa la existencia del ser humano en la marginación y en la fragilidad de la indolencia.

El dragón dorado es una obra estructurada como un juego de sucesos imparables dentro del vértigo cotidiano, donde nadie es llamado por su nombre sino por su oficio y gentilicio, como “cocinero asiático”, o por su apariencia externa: “mujer Fucker”; o su actual estado: “muchacho asiático con dolor de muelas”.

La insoportable dolencia del joven que crece al transcurrir el tiempo, abre paso a la adversidad que quedará adherida al tapete negro de plástico y orificios, receptor de restos de comida y desechos orgánicos de todo tipo; el sucio y pegajoso piso que sostiene y delimita los pasos de quienes apenas transitan por esta historia múltiple.

La metáfora escénica creada por Daniel Giménez Cacho, quien elige este texto fundamental, ganador del premio Mülheim Drama Prize otorgado a la mejor obra en idioma alemán, es dolorosa, cómica y aterradora a un tiempo.

Los cinco cocineros de El dragón dorado se mueven con dificultad, constreñidos al centro de una alta mesa roja y rectangular, cerrada en todos sus ángulos y a cuyo interior sólo se puede acceder mediante un pequeño banco, de un salto de sentón por arriba, o agachado, por debajo de esta barra singular creada por Auda Caraza y Atenea Chávez.

La mesa roja lo es todo, el departamento de un abuelo, la casa de la nieta y su pareja, la del hombre de la camisa de rayas, o de Hans, el tendero, y también la mesa del restaurante donde cenan dos aeromozas, como más tarde será la orilla de un río bajo la noche.

Giménez Cacho elige un texto que, según revela su autor en el programa de mano, le encargaron debía ser corporal, narrativo y surrealista, premisas cumplidas y elevadas a una mayor potencia por el equipo de artistas que lo sustentan.

El espectador se encuentra ante un lenguaje habitual y veloz que intercala los ingredientes de los menús con la narración de los sucesos que observa en el momento, a los que se añade la acotación pertinente cuando el personaje debe, por ejemplo, hacer una pausa corta al hablar.

Escuchar esas historias, la manera en que son dichas, el contrapunto entre las acciones de cocinar, de reaccionar, de interpretar a un personaje y unos segundos más tarde a otro que no coincide con el sexo del que lo representa –incluida la escenificación fragmentada de una conocida fábula–, nos ubica en una especie de irrealidad caricaturesca, en una ilusión con orillas doradas, infectada de una realidad que nos aplasta.

Arturo Ríos, José Sefami, que alterna funciones con Joaquín Cossío, y Ana Graham, que alterna con Concepción Márquez, Antonio Vega y Patricia Ortiz, integran el excelente elenco de esta compleja puesta en escena que propone detrás de un tratamiento casi cinematográfico, acercamientos, pausas y distancias a un conflicto mundial que desgarra la esencia humana.

El existir como un nadie, una nada o un cúmulo desbordante de deseos en un territorio donde los extranjeros ilegales no tienen derecho a tener identidad, a caminar libremente, a pedir ayuda, a pagar un médico, a exigir un servicio, mientras los residentes legales flotan en la impunidad que la situación les otorga, es parte de lo que esconde la cocina de este negocio de comida rápida.

La dirección de Giménez Cacho, la interpretación de estos actores de primera línea, incluida la de la más joven Patricia Ortiz, el texto fársico-trágico-poético de Schimmelpfennig traducido por Ana Graham, Stefanie Weiss y Antonio Vega, la iluminación de Víctor Zapatero que apuntala con contundencia los espacios, su multiplicidad, su hondura; el diseño sonoro de Rodrigo Espinosa que transporta al lugar interior, externo o irreal de los sucesos; la asistencia de dirección de Baltimore Beltrán y Xicoténcatl Reyes, así como la producción general de Sheila Flores, la producción ejecutiva de Tania Ruiz y de Andrea Poceros y Ricardo León por parte de Teatro UNAM, hacen de El Dragón dorado un divertido y tormentoso viaje al fondo de una muela.