FICHA TÉCNICA



Título obra Civilización

Autoría Luis Enrique Gutiérrez O. M.

Dirección Alberto Lomnitz

Elenco Héctor Bonilla, Juan Carlos Vives, Salvador Velásquez, Mauricio Isaac

Escenografía Edyta Rzewuska

Vestuario Estela Fagoaga

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Alegría Martínez, “Espeso cinismo nacional”, en Laberinto, núm. 428, supl. de Milenio, 27 agosto 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Espeso cinismo nacional

Alegría Martínez

Civilización abre un boquete hasta ese breve espacio privado donde los políticos mexicanos hablan, comen, beben, se insultan y pactan favores individuales a costos infinitos; facturas que nunca serán sufragadas por sus bolsillos.

Héctor Bonilla y Juan Carlos Vives protagonizan esta obra escrita por Luis Enrique Gutiérrez O. M. que dirige Alberto Lomnitz, en la que el espectador se asoma desde el asombro y la carcajada, al cinismo de dos personajes que no tienen límite en su persecución obsesiva del poder.

Como si fuéramos testigos ocultos de encuentros a los que jamás somos invitados, pero que invariablemente la realidad nos permite intuir, a los espectadores nos resulta familiar lo que nos muestra esta obra ante un paisaje de la campiña nacional con el Iztaccíhuatl al fondo y una representación semienterrada de Mictlantecuhtli, el señor del Inframundo.

Edyta Rzewuska es la autora de este espacio escenográfico con todo y pasto artificial, que recibirá un carrito de servicio con alcohol y botanas y más tarde dos sillas y una mesa; mobiliario que soportará incólume el diálogo y su derrumbe, entablado siempre con ingenio entre dos hombres que se niegan a la posibilidad de perder, ante su ambición desmedida.

El dramaturgo mexicano multipremiado, autor de obras como De bestias, criaturas y perras, Las chicas del tres y medio floppies o Edy y Rudy, escribe en esta ocasión un texto redondo, en el que al fin consigue que su habilidad para construir diálogos, lo extremo de las situaciones y su ingenio para intercalar palabras soeces, no sean los únicos soportes de su obra. Esta vez su texto dramático contiene mucho más rigor en su estructura, así como la definición de sus personajes que son una caricatura real, profunda y reveladora de la clase política que nos ha tocado padecer.

Un aspirante a gobernador y un empresario ambicioso que desea con vehemencia construir un gran edificio en el centro histórico de un estado de la República –personajes de nuestra realidad cotidiana–, otorgan un buen punto de partida al autor que les da voz propia como generadores de un espeso y viscoso cinismo nacional.

La imprecisión de la ley, los procedimientos legales y los principios individuales enclenques; la corrupción descarada, la discriminación como un elemento más del torrente sanguíneo, un particular concepto de Dios y el rechazo abierto a los Legionarios de Cristo, son parte del caldo de cultivo de Civilización en que la buena interpretación de los actores es clave, como lo ha sido también en otras obras menos afortunadas de este dramaturgo.

Héctor Bonilla, quien desempeña el rol de un político soez, intransigente, grotesco, casi un detestable gorila con cuerpo humano, hace acopio de su sabiduría artística para otorgar una amplia gama de matices a este personaje capaz de volverse dulce, seductor y ambiguo, según lo dicte la circunstancia.

El actor, desde un sillón, sin necesidad de grandes desplazamientos sobre el escenario y a ratos apoyado en una andadera móvil, realiza un trabajo de filigrana al crear a un macho inteligente y despreciable con tal soltura, que el espectador transita de la rabia a la risa y al rechazo en segundos, para adentrarse pronto en un laberinto de reacciones cambiantes al infinito, bajo el dominio a profundidad de la profesión que posee este intérprete.

Juan Carlos Vives por su parte, utiliza su depurado lenguaje basado en miradas, medias sonrisas, inclinaciones de cabeza, silencios que dicen mucho más que las palabras pronunciadas por su personaje, con lo que el actor conduce a quienes lo observan, a ese pantanoso terreno de lo ambiguo, donde todo pareciera que puede ser, pero igualmente, que jamás pudo haber sido.

La presencia de Salvador Velásquez, en el papel del mozo asistente, a quien llaman con un nombre distinto con olor a ofensa en cada ocasión, es referente fundamental de la ficción mediante sus reacciones nutridas de preguntas, de sentencias, de juicios, negados de antemano por los señores, dueños únicos de la palabra y la acción.

El actor Mauricio Isaac, responsable de crear al personaje más cercano a un ciudadano común, a un mexicano que quiere impedir actos atroces, cruza por la cuerda floja de las tentaciones en un cómico y trágico trance hacia el descubrimiento fatal de su verdadero yo, a manos de un manipulador mayor dentro de esta ficción, nacida de nuestra verídica tragedia nacional.

Vestidos por la diseñadora Estela Fagoaga, quien subraya las características de estos personajes con un traje sastre oscuro para el aspirante a gobernador, una guayabera blanca y pantalones claros para el que quiere dejar una obra grande, un mandil a rayas con pantalón oscuro y camisa blanca para el mozo casi silente, y mezclilla con camisa de algodón y saco de pana para el poseedor de flacos principios; los hombres de esta farsa son seres reconocibles, habitantes comunes de nuestro panorama cotidiano.

Civilización, es la invitación a presenciar un encuentro privado en el que se juega lo que es público por derecho. Es percatarse de hasta dónde perfora el suelo el colmillo retorcido de los políticos que nos han gobernado por años, es ir a reírnos de nuestra tragedia, que en la situación actual está muy lejos de dejar caer el telón.