FICHA TÉCNICA



Título obra Café des -k- feinado (más allá del insomnio)

Autoría Antón Araiza

Dirección Antón Araiza

Notas de dirección Ricardo Zúñiga / asistencia de dirección

Elenco Patricia Kurczyn, Alejandro Belmonte, Aldo Escalante, Quetzalli Cortés, Luis Durán, Andrés Tena, Regina Flores, Rocía Bengoa

Espacios teatrales Cafetería del Centro Cultural del Bosque

Notas de productores María Daniela Aguilera / asistencia de producción

Referencia Alegría Martínez, “Con sabor a buen café”, en Laberinto, núm. 422, supl. de Milenio, 16 julio 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Con sabor a buen café

Alegría Martínez

El espectador es un comensal más a la mesa donde llegará alguien a compartir su historia, a externar lo que trae dentro. Una cafetería, entre micheladas, pastel y café con crema batida, es el escenario que abarca a todos; los que hablan y los que escuchan, los que son tomados por asalto como interlocutor y los que miran en silencio las reacciones de los demás en el mínimo escenario de su mesa.

El actor está en circunstancia, su personaje toma asiento entre ocho personas que esperan su llegada para saber lo que le acontece. La mesa está servida, los meseros aún toman órdenes aisladas a señas; el espectáculo ha comenzado al mismo tiempo en ocho mesas.

Una mujer mayor frente a su malteada, se dirige a un espectador como si fuera su hijo, le reclama y le agradece, le confiesa y se disculpa; la soledad la ha vuelto latosa, repelente; su necesidad infinita es el obstáculo. El supuesto hijo se apena, reacciona a lo que oye, se ríe por la impostura, por la risa de sus amigos; el espectáculo absorbe a todos.

Un delgado joven con corbata oscura se acerca molesto a una chica que recibe un ácido reclamo por haber roto su relación. La joven abre más sus ojos inmensos, se compadece del personaje, se asombra por ser la contraparte de una historia que empieza a conocer, por ser el blanco del dolor y la ira del chico. El silencio resalta el pesar que el hombre siente. La sonrisa de la joven abraza al personaje del otro lado de la mesa, pero el actor debe ser fiel a su personaje.

“¡Órale, casi lloro!” dice uno de los comensales en cuanto el actor se aleja de la mesa. Los comentarios vuelan entre la expectativa de lo que viene. La obra se titula Café des -k- feinado (más allá del insomnio).

Antón Araiza es el escritor y director de esta experiencia escénica que parte de un hábito común como lo es compartir un brebaje que al primer trago descubre un acantilado de contradicciones, de tragedias cotidianas, de disyuntivas y oportunidades.

La metáfora que plantea Araiza desde su título, entre la opción de beber un café de verdad o uno descafeinado, ubica a sus personajes ante la posibilidad de enfrentar a cabalidad la existencia, o engañarse para que ésta no les afecte.

Sus personajes, vivos y actuales, en la piel de quienes los interpretan, transforman la atmósfera de un simple local de café, en un ente orgánico que parece respirar a un tiempo, excitarse en conjunto ante la sola idea de tener a alguien que habla de sí a su lado y expone sin presentaciones ni formalismos, situaciones de amor, de esperanza o de muerte.

La amiga que se encuentra con su par y libera su emoción ante la posibilidad de un nuevo amor, el hombre sostenido a un alcohol para sobrevivir a su avalancha de pérdidas, el deseo petrificado de un joven por otro ante el temor de sentir algo, la toma de conciencia sobre la falta de tiempo para dar cauce a la vida antes de que llegue la muerte, la elección de otra realidad para continuar de pie amparada en viejos anhelos y el incomprensible deseo de matar, es parte de lo que hay detrás de este Café des -k- feinado.

Los actores que participan en este suceso escénico, no tienen el camino fácil y esto es parte del atractivo. Al irrumpir en la atmósfera de cada mesa sin la protección natural de un escenario, la convención teatral adquiere otras reglas del juego. La cercanía con los espectadores, sus reacciones, sus respuestas, su propio temor a involucrarse en cada historia y a ser visto, intervienen en la ficción que el actor debe mantener a toda costa.

La vendedora de dulces con boa de plumas al cuello, reminiscencia de la artista que quiso ser, abraza su bolsa de agua caliente y mira a su amado en la nada como el verdadero amor que por segundos habita su espacio y lo abandona sin cesar en cuanto llega.

Los demonios de la emotividad se desatan ante una mesa y la mayoría de los actores logran contra todos los obstáculos, finalizar su monólogo con un buen remate. Sin embargo, cabría ajustar finales que desconciertan y rompen con lo logrado, como el monólogo de la amiga que entra abierta al encuentro y termina sin despedirse, en un abrupto corte de actriz que se levanta y se va hacia otra mesa, sin poner fin a lo que dio inicio.

Cabría acordar entre el director y los actores, en qué momento y cómo se puede, ya que está el personaje entre otros comensales, tomar acuse de lo que sucede en su entorno, tal cual hizo Luis Durán con los gritos de otro personaje, al tratar de acallarlos sin romper su acción. Asimismo se podría sopesar la prudencia de que la madre sola pueda dirigirse a los demás o apenarse de que la escuchen o intentar conseguir cómplices silentes; el asunto es apuntalar lo que se ha conseguido y no romper la ficción a contracorriente.

Patricia Kurczyn, Alejandro Belmonte, Aldo Escalante, Quetzalli Cortés, Luis Durán, Andrés Tena, Regina Flores y Rocía Bengoa, actores, junto con Ricardo Zúñiga, asistente de dirección y María Daniela Aguilera, asistente de producción, proponen, de la mano de Araiza, un teatro con sabor a buen café, con el matiz amargo, dulce, o de humor que cada sorbo contiene.