FICHA TÉCNICA



Título obra Bosques

Autoría Wajdi Mouawad

Dirección Hugo Arrevillaga

Grupos y Compañías Tapioca Inn

Elenco Úrsula Pruneda, Rebeca Trejo, Concepción Márquez, María Keller, Alejandro Reza, Antón Araiza, Violeta Sarmiento, Jorge León, Pedro Mira, Raúl Villegas, Adrián Vázquez

Escenografía Atenea Chávez

Iluminación Auda Caraza

Música Ariel Cavalieri

Vestuario Mario Marín del Río

Espacios teatrales Teatro Benito Juárez

Referencia Alegría Martínez, “Travesía de dolor, amor y promesas”, en Laberinto, núm. 420, supl. de Milenio, 2 julio 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Travesía de dolor, amor y promesas

Alegría Martínez

Bosques es un trabajo de largo aliento, una travesía compleja, dolorosa y de hallazgos hacia los temas en los que indaga el dramaturgo Wajdi Mouawad, como la guerra, la familia, la identidad, el exilio, la infancia, el abandono, en los que el director Hugo Arrevillaga profundiza para su verificación escénica.

Se trata de un trabajo que viaja en el tiempo desde 1870 hasta el 2003; cruza guerras como la francoprusiana, la Primera y Segunda guerras mundiales, la matanza de la mujeres del Politécnico de Montreal en 1989 y hurga en las raíces de un árbol genealógico en el que seis mujeres exponen interrogantes vitales relacionadas con su origen, su identidad, su esperanza, su familia.

Como tercera y última parte de la tretralogía La sangre de las promesas de este autor líbano-franco-canadiense nacido en 1968, que integra Litoral, Incendios y como epílogo Cielos, Bosques reproduce la forma que tiene este dramaturgo de contar historias mediante escenas raudas, prácticamente simultáneas, en las que transcurren diversas épocas y circunstancias, y los personajes se diversifican interpretados por 11 actores y actrices que encarnan a 37 de distinta edad y procedencia.

Bosques es un concentrado de historias que se descubren al paso de una joven llamada Lobo, que a los 18 años de edad, impulsada por un paleontólogo que la acompaña, se da a la búsqueda de sus antepasados a partir de la certeza del personaje masculino, de que conocer ayuda a entender para encontrar la paz.

Hugo Arrevillaga ha conseguido que un grupo de espectadores siga la huella de su trabajo enfocado en la obra de este autor, inmenso logro para una compañía independiente como Tapioca Inn –en un país donde el teatro no es una prioridad–, al que sin embargo acecha un peligro: mantener los resultados obtenidos previamente o superarlos, lo que implica un objetivo mayor que es imprescindible tener en cuenta.

Después del éxito escénico que implicó el montaje de Incendios, en el que, entre muchas otras virtudes, no había obstáculo alguno entre el espectador y los actores gracias a la escenografía de Auda Caraza y Atenea Chávez, en esta ocasión la escenografía de Chávez, útil y funcional en muchos momentos, pone distancia horizontal y vertical entre el espectador de Bosques y los actores, lo que impide, en distintos momentos, la imprescindible y ansiada comunicación.

La construcción de una especie de pequeño coliseo sobre el escenario, que en automático alude a un espectáculo público de otra naturaleza, permite las entradas y salidas raudas de los personajes que horadan la escena; los breves espacios ocultos tras mínimas puertas hechas con fragmentos de madera clavados en aparente caos, los elementos que emergen de ahí para convertirse en banca o cama de hospital, resuelven muy bien las necesidades del montaje.

Sin embargo, esta construcción, que es también donde el público toma asiento, impide una completa visión de la acción y de lo que sucede en los extremos; cuando el espectador de al lado se inclina o cruza la pierna, un trozo de escena se fragmenta irremediablemente, además de que la estructura, hecha en madera, se mueve en un ligero temblor cada vez que alguien se reacomoda, detalle que nos expulsa de la ficción para sumergirnos en el temor de una caída estrepitosa y fatal.

Este hecho, que pudiera parecer un detalle nimio frente a la inmensidad e intensidad de la obra de Mouawad, influye negativamente en la labor del director, de los creativos y en la interpretación de los actores.

No obstante, Bosques es una obra con grandes y brillante momentos que se quedarán en la memoria visual y emotiva del espectador para vivir y renovarse sin necesidad de tener que evocarlos, pero la exigencia de este texto a todos niveles, deja al descubierto desequilibrios que rompen tono y ritmo.

Escenas como las que interpretan Concepción Márquez y María Keller como una abuela abandonada y su rabiosa nieta, así como la despedida amarga y solidaria entre dos amigas entrañables a cargo de Úrsula Pruneda y Rebeca Trejo, o la brutalidad del señor Keller que construye Alejandro Reza, son parte de las virtudes de este montaje.

La obsesión extrema de Alberto Keller que interpreta Antón Araiza, el dolor líquido de Odette Keller que encarna Violeta Sarmiento, el infinito peso sobre Edgar Keller que sostiene Jorge León, el motor interno que impulsa Pedro Mira en la circunstancia del paleontólogo Douglas Dupontel, el Luciano de Raúl Villegas y el Edmundo de Adrián Vázquez, conforman pasajes clave de esta travesía de dolor, amor y promesas.

Con iluminación de Auda Caraza, vestuario de Mario Marín del Río y música original de Ariel Cavalieri, Bosques lanza dardos certeros sobre la tragedia del ser humano inmerso por siglos en guerras que dejan una herencia de odio por generaciones.

Los muertos, como la mujer sin identidad asesinada en Dachau, primer campo de concentración nazi, de donde parte la búsqueda de esta historia; el odio entre pueblos hermanos y familias, la posibilidad de encontrar el sentido de quiénes somos y qué hacemos aquí, están en cada hoja de este inmenso árbol genealógico de extensas raíces.