FICHA TÉCNICA



Título obra La piedra de la paciencia

Notas de Título Basada en la novela homónima de Atiq Rahimi

Notas de autoría Daniel Giménez Cacho / adaptación

Dirección Daniel Giménez Cacho

Elenco Daniela Schmidt, Cristina Giménez Carrera, Marisol Giménez Carrera, Luis Mora, Adonay Guadarrama, José Cremayer, Daniel Victoria

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Notas de Música Miguel Hernández / ambientación sonora

Vestuario Beatriz Russek

Notas de vestuario Beatriz Russek / teñido de textiles

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Alegría Martínez, “Túneles de la memoria”, en Laberinto, núm. 417, supl. de Milenio, 11 junio 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Túneles de la memoria

Alegría Martínez

Los caminos de la violencia y sus efectos en la historia de mi país de origen son indescifrables, ha dicho el escritor Atiq Rahimi (Kabul, 1962), asilado político en Francia, autor de la novela La piedra de la paciencia, que Daniel Giménez Cacho adaptó para el teatro y dirige con la hondura que exige un texto que transita entre la sangre, Dios, el sexo, la inocencia, la locura, la muerte, los bombardeos, la tradición, las confesiones, los asaltos y el recuerdo de un cuento de imposible final feliz.

Dentro de una casa-habitación de muros blancos con huellas de disparos en el techo, donde una ventana con cortinas que atrapan el vuelo de seis golondrinas en papel, da cuenta de la noche y el día, se encuentran personajes y espectadores.

Encerrados entre dos pesadas puertas de madera azul a cada extremo de una estancia rectangular diseñada e iluminada por Gabriel Pascal, en la que hay tapetes, vasijas y un hombre inmóvil con esposa al lado, los espectadores están realmente dentro de una vivienda que resiste bombardeos, asaltos y verdades que huyen de su asfixia.

Giménez Cacho crea una gran obra para la escena a partir de esta novela Sangue sabur (La piedra de la paciencia), que en 2008 ganó el premio Goncourt –entre los más importantes en lengua francesa– al transformar una desgarrada poesía en prosa, en diálogos para personajes que están ahí, encerrados ante un espectador que viaja a los túneles de la memoria, el dolor y la rebeldía de una mujer que por primera vez habla para escucharse y sentirse escuchada por un marido en estado vegetal que jamás, al gozar de salud, le ha regalado una mirada, o un beso.

Invitado silente a la recámara de un cuerpo que respira como única actividad, el espectador es testigo de la transformación interna de una mujer afgana, madre de dos hijas, que mientras cuida de su esposo herido al paso de días en que nada parece cambiar, se permite dirigirse al hombre como le hablaría a la piedra mágica de la mitología persa, a la que se le cuentan penas, sufrimientos y miserias; el cúmulo de lo que a nadie podemos decir, para que absorba palabras y secretos hasta que un día explota, con lo que el hablante queda liberado.

Lo que consigue este brillante trabajo de Giménez Cacho y de cada integrante de su equipo, es introducirnos entre cantos, balazos, rezos, explosiones, irrupción de soldados, toda una ambientación sonora creada por Miguel Hernández, a ese universo en el que la actriz Daniela Schmidt, retoma cada herida padecida por su personaje, desde la sumisión hasta el cuestionamiento, la rebelión, el arrepentimiento, la liberación y el reconocimiento de lo acontecido.

En esta purificación demoledora, junto a una presencia masculina inerme que le genera compasión y rechazo, el personaje femenino descubre ese orgullo masculino ligado a la sangre que ostentan los habitantes de su pueblo, al tiempo en que pierde el miedo que la ha mantenido a distancia de un hombre y un Dios ausentes, en los que sin embargo ha creído durante años.

Los golpes recibidos, el rechazo, el maltrato continuo, las interrogantes sobre cómo amar a un héroe, la venganza inocente, el rechazo, la falta de caricias y también la culpa, forman parte del torbellino que envuelve a esta mujer, amordazada por sus secretos que finalmente da salida a lo que llama su propia voz sepultada por años.

Giménez Cacho contó con el diseño de vestuario y teñido de textiles de Beatriz Russek, que sumerge a los testigos de esta tragedia cotidiana en ese mundo de diseños, colores, calados y bordados finos en el detalle y en la belleza de su confección, color y textura.

La actuación de las niñas Cristina y Marisol Giménez Carrera, le suman una calidad aún más profunda a esta mirada humana en su crudeza, en la que su breve presencia acentúa esa zozobra con la que conviven sus personajes desde una inocencia al margen.

La interpretación de Luis Mora, como el joven soldado con rasgos salvajes y humanos a un tiempo, otorga en tres cortas intervenciones, una visión de la historia de su personaje, de su cambio, de su flaqueza y ternura cercadas por abuso y armamento.

Adonay Guadarrama en el papel de Él, contenido hasta el límite y veraz en su desempeño, así como José Cremayer y Daniel Victoria en el rol de soldados sin alma –como los muyahidin que dieron muerte al hermano del propio Atiq Rahim– completan esta compañía que propone un teatro de calidad, arriesgado y sin concesiones.

La meticulosa dirección escénica de Giménez Cacho, su obsesión por llegar a los últimos rincones de esta historia nacida en el 2005 –cuando Nadia Anjuman, poeta afgana de 25 años y amiga del autor, fue asesinada por su esposo en Herat– el arrojo de abordar desde lo más atroz hasta la ternura y las distintas fases de la verdad, la paciencia para conseguir de los actores la inmersión a este mundo, hacen de esta obra, una experiencia por la que hay que acudir.