FICHA TÉCNICA



Título obra Gotas de agua sobre piedras calientes

Autoría Werner Fassbinder

Dirección Martín Acosta

Elenco Tomás Rojas, Laura Almela, Inés de Tavira, Ricardo Polanco

Escenografía Jorge Ballina

Iluminación Matías Gorlero

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Alegría Martínez, “Seducción alevosa”, en Laberinto, núm. 415, supl. de Milenio, 28 mayo 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Seducción alevosa

Alegría Martínez

Werner Fassbinder (1945-1982) nos sacude de nuevo con una obra que escribió a los 19 años de edad, en 1965, al poner en evidencia la involución del ser humano en el terreno amoroso, su capacidad para hacer trizas al otro y su propensión al derrumbe, vía la seducción alevosa, la dependencia y el perverso juego de poder anclado en el sexo.

Martín Acosta dirige Gotas de agua sobre piedras calientes, obra del autor, productor, director de teatro, televisión y representante fundamental del cine alemán, que deja a su personaje principal en libertad de denigrar al límite a un joven en la orilla de la duda sobre su preferencia sexual y la ilusión de lo que podría ser amar a un semejante.

Anclados ambos personajes masculinos, uno joven y otro maduro, a los ecos de su respectiva relación con la exnovia y la exesposa, el caos interior que genera en los cuatro una caricaturesca, aunque trágica persecución hacia su objetivo, genera –sobre todo en el joven–, una temperatura de ebullición capaz de hacerlo trepidar, como lo hace una piedra hirviente en contacto con el agua.

El escenario despliega ante el espectador un cuadro de grandes dimensiones, como si se tratara de una obra de arte enmarcada que cuelga de un muro, cuyo peso le hace perder la horizontal del orden y el equilibrio.

En este espacio escenográfico diseñado por Jorge Ballina, donde el tapiz de la estancia y el mobiliario, incluidos sofá, consola, bicicleta, aspiradora, mesa y sillas, nos ubican en un departamentos de los años 70 las puertas se han hundido en más de un 50 por ciento, de modo que los personajes escalan al piso si proceden del interior y descienden si van hacia adentro. En esta especie de recibidor en declive permanente, se ve el tremendo esfuerzo de los personajes por avanzar erguidos en un terreno imposible.

El acierto de esta propuesta espacial, se une al meticuloso y brillante trabajo de Matías Gorlero, que diseñó la compleja iluminación para esta estancia delimitada en todas sus laterales, de manera que pudiera llegar la luz a través de las puertas de cristal ubicadas a cada extremo del escenario, como si se tratara de observar a unos pequeños seres dentro de un armazón de caja de zapatos abierta, cuyo piso es uno de sus lados más largos, lo que genera la sensación de estar ante una irrealidad que nos azota con la crudeza de lo que en verdad acontece intramuros.

Los personajes se conducen como si tuvieran un radar oculto en el sexo. A partir de ese aparato que los atrae, se produce una relación en la que el control que ejerce Leopold el hombre mayor, sobre el joven Franz, se sostiene con ofensas y humillaciones que arrinconan al chico, desprovisto de defensa alguna.

En este hábitat donde rigen las imposiciones y la voz del mayor y más fuerte, el joven se pierde, vibra sin control y naufraga ante el desprecio constante, el abuso, el acoso de su ex y la presencia de la exmujer de Leopold.

Tomás Rojas despliega su capacidad actoral para interpretar a un manipulador bisexual, lleno de matices que seduce cual monstruo insaciable a cuanto ser humano le parece atractivo, mientras por otra parte, exhibe la debilidad de un personaje sin centro, presa de la ira y del desbordamiento continuo.

Laura Almela, intérprete de Vera, exmujer de Leopold, contiene su registro de actriz capaz de encarnar personajes inmensos, para dar vida a esta mujer sarcástica en una resignación congelada, acotada por la adicción a un Leopold que sólo aprecia el placer que su mujer-objeto puede proporcionarle para desecharla.

Almela, sin que en este caso su personaje sea el de la transexual en que la convirtió el cineasta Francoise Ozon al adaptar esta obra al cine, canta Sueños en alemán, mientras toca el acordeón en un concentrado escénico de la aceptación de una subcondición que estremece.

Inés de Tavira es Anna, la exnovia del joven, desenvuelta y en posesión de su personaje a ratos dueño de sí, sólo para elegir al nuevo sujeto de su dependencia.

Ricardo Polanco como Frank, carga con el peso enorme de un personaje que le va bien por la edad y que sin embargo a ratos hace tambalear al actor por encima de su esfuerzo para salir avante de un reto mayor que lo urge a apuntalar la calma de modo que el artista pueda vislumbrar al mismo tiempo, una época de liberación sexual que le es distante y el despeñadero de un personaje que no debe arrastrar consigo a quien lo encarna.

Martín Acosta es fiel a los principios del autor, tanto a su necesidad de delimitar los espacios, como a la urgencia de plasmar la inmensa soledad humana, la asfixiante cadena cotidiana de acciones pueriles y el dominio de alguien sobre otro que se abandona en la ruta de la seducción y el sexo.

Gotas de agua sobre piedras calientes es una obra para ir a verse en la indefensión y la soberbia de la interdependencia, que mueve a risa y espanto en una época que se apega con nostalgia a lo retro más allá de la decoración, la actitud y la imagen.