FICHA TÉCNICA



Título obra El amante

Autoría Harold Pinter

Notas de autoría Rafael Spregelburg / traducción

Dirección Iona Weisberg

Elenco Marina de Tavira, Antonio Rojas

Escenografía Sergio Villegas

Iluminación Matías Gorlero

Música Mario Santos

Vestuario Emilio Rebollar

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Alegría Martínez, “Palabras como navajas”, en Laberinto, núm. 413, supl. de Milenio, 14 mayo 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Palabras como navajas

Alegría Martínez

El argumento de la Academia Sueca al conceder el premio Nobel de Literatura a Harold Pinter en 2005, dice que la obra del autor británico “descubre el precipicio bajo la irrelevancia cotidiana y las fuerzas que entran en confrontación e irrumpen en los espacios cerrados de la opresión”. El amante, en versión de Iona Weisberg, acentúa con jazz, estética retro y erotismo este juego sin vencedor en terreno sinuoso.

La directora acepta el reto que el autor de más de 29 obras propone con El amante y en lugar de ubicarse en la solemnidad o el temor ante un texto complejo, como suele hacerse, elige hacer un divertimento en serio de modo que los personajes tengan la habilidad de los jugadores de azar, arropados por el misterio de lo que está por ocurrir.

Llevada a escena infinidad de ocasiones, esta obra canónica de Pinter (1930-2008) nos hace pensar que en esta ocasión podría titularse La amante, por la actitud del personaje femenino que en apariencia lleva las riendas, no tanto por lo que dice mediante sus diálogos, sino precisamente por lo que hace sin decir.

Sin embargo la revancha también está contemplada y es en esta parte del trayecto de los personajes en la que Sarah –interpretada por Marina de Tavira– pierde terreno supuestamente ante su esposo, Richard –a cargo de Antonio Rojas– que en apariencia ha convenido en un juego delicado que pronto deja ver las espinas de una verdad que ambos conocen y repelen.

La necesidad de fugarse de una realidad asfixiante, envuelve a esta pareja en una segunda realidad que da una pista al espectador de lo que tanto ella como él, quienes se tratan con cortesía y se responden con crudeza, ignoran sobre sí, sobre el otro y que, por tanto, están incapacitados para comunicarse.

El también autor de 24 guiones –entre éstos El sirviente y La mujer del teniente francés–, 57 ensayos, una novela, cientos de artículos y poesía, afirmó que como dramaturgo dejaba que cada personaje agrediera a los demás hasta alcanzar resultados, lo que encuentra su contrapunto en el montaje de Weisberg, quien añade algunos tramos de movimientos coreográficos, como si se tratara de personajes de cine mudo, lo que subraya la calidad de la violencia que éstos destilan con ironía.

Como si las palabras fueran navajas o guillotinas, los personajes de El amante abrillantan el filo de sus armas para enfrentar a su opuesto, mientras se da una seducción agresiva que evita toda cercanía espiritual.

Los personajes están solos en compañía, encerrados en una limpia estancia diseñada por Sergio Villegas, donde el mobiliario mezcla elementos de los años 60 con funcionalidad actual y hasta donde la iluminación de Matías Gorlero introduce el nuevo día y el ocaso, al ritmo de los contactos sexuales y desencuentros humanos detrás de las persianas.

Iona Weisberg introduce la escena silenciosa y veloz de un acto sexual mecánico que Pinter no acota y que establece ante el espectador lo que el dramaturgo propone entre diálogos y silencio.

La manera en que la directora hace que se acerquen sexualmente estos personajes en su diversidad, es intermitente y abrupta, mientras que los instantes de desnudo en que la pareja está de pie frente a la ventana, cambian el ritmo y la consistencia erótica de tal modo, que es entre esa distancia, sin tocarse, cuando más cerca logran estar.

En contraste con toda esa parafernalia de la intimidad que el texto integra, Iona Weisberg conduce a “Sarah” hacia una intimidad individual y honesta cuando se cambia de ropa ante un espejo. Escena ausente en el texto del dramaturgo que aproxima al personaje hacia un público que tendrá oportunidad de observar, más tarde, cómo se derrumba, cómo sin gritos se despeña hacia un abismo interno amenazador.

Antonio Rojas y Marina de Tavira, entran al ritmo del jazz de Mario Santos, en el que movimiento, gesto y armonía nos arrojan a la caricatura que esta pareja se ha construido para sobrevivir a sí misma.

El vestuario de Emilio Rebollar, en un guiño de épocas acorde a la estética del montaje, propone diseños que transitan por el tiempo mediante prendas de buen gusto que visten a estos personajes para estar cerca y de frente a un público que observa cómo se dan la espalda entre sí.

La traducción de Rafael Spregelburg, director argentino, conocedor de la dramaturgia de Pinter, entrega un buen texto para su verificación escénica que únicamente debió adaptarse en la eliminación del “vos” y el cambio de nombre de la flor a que se alude en alguna de las escenas.

Esta versión de El amante, del dramaturgo cuya postura estuvo a favor de la verdad y la dignidad humana, respeta los elementos clave de su obra, mientras hace una extensión del ritmo más allá de palabras y pausas, del movimiento, del gesto, de un humor áspero y realiza una exposición bella y valiente del cuerpo humano, que puede hablar por sí mismo.