FICHA TÉCNICA



Título obra Roma al final de la vía

Autoría Daniel Serrano

Dirección Alberto Lomnitz

Grupos y Compañías Scape Girls

Elenco Julieta Ortiz, Norma Angélica

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Alegría Martínez, “Tras el deseo”, en Laberinto, núm. 409, supl. de Milenio, 16 abril 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Tras el deseo

Alegría Martínez

Los límites de un pueblo junto a las vías del tren, la ilusión y la seguridad que proporciona acomodarse a lo conocido, dan paso a la amistad de dos niñas que crecen, hasta que la edad las conduce a la aceptación de su vida.

Roma al final de la vía es el título de la obra escrita por Daniel Serrano que dos actrices eligieron llevar a la escena como proyecto propio. Julieta Ortiz y Norma Angélica decidieron concretar este proyecto al que le dieron forma a distancia, entre Los Ángeles, donde se desenvuelve artísticamente Ortiz, y México, donde reside Norma.

La tecnología, el arrojo y la perseverancia de estas artistas permitieron la coronación de este montaje que dirige actoralmente Alberto Lomnitz y al que el Teatro de la Paz le abre temporada.

Las cualidades actorales de esta dupla de artistas, pone en evidencia su experiencia sobre el escenario, así como la capacidad de ubicar su objetivo y trabajar en esa ruta sin esperar a ser seleccionadas o rechazadas por instituciones, productores o directores.

Scape Girls, nombre del grupo que ellas forman, lleva al escenario la vida de dos mujeres que no se atrevieron, –como en cambio sí lo hacen sus intérpretes–, a cumplir su sueño, su palabra, su única posibilidad de asumir lo que implica echarse a andar tras el deseo.

El trabajo posee valiosos elementos como la mancuerna de ambas actrices que en sus diferencias encuentran el contrapunto, tanto en la esencia de sus personajes como en su manera de abordarlos para construir una profunda relación.

Arrojadas a la creación de un personaje veraz, enfrentadas al reto de crecer de los 7 años a los 80 frente al espectador, Julieta Ortiz y Norma Angélica, echan mano de su bagaje artístico, de su honestidad sobre la escena, de su capacidad para poder ser amigas de alguien, de su dominio gestual, corporal, de construcción y lo que se observa es un buen dueto escénico en crescendo.

Las actrices se vinculan desde su objetivo para que los personajes en su motivación individual y conjunta, puedan descobijarse, tenderse trampas, ocultar verdades que la otra conoce y jugar al ras de los sobreentendidos sin reproches; reírse, llorar, provocarse y en este vaivén emotivo, el espectador las acompaña dócilmente.

Puestas ahí, sobre una rampa en la que hay un rectángulo y dos cubos, que pueden ser árboles, bancas, peñascos, bardas o vagones abandonados, Evangelina y Emilia, las dos amigas, se encuentran para contarse secretos, para asombrarse en el descubrimiento de vivir novedades y para intentar el escape hacia un lugar ideal, donde lo cotidiano puede desvanecerse para abrirle paso a los sueños y a la belleza.

Los diálogos de Daniel Serrano, desde que los personajes son jóvenes, hasta que llegan a ser ancianas, reflejan el conocimiento que el autor tiene de este universo complejo en el que se llega a algunas verdades mediante ligeras mentiras, en el que hay un humor que puede herir a la otra, pero no traspasar el límite de la solidaridad y la tolerancia en el que sobre todo hay dos personas que se tienen una a la otra, para lamentarse y sentir que juntas lograrán su objetivo.

La virtud mayor de este texto está en ese juego de palabras, de frases que revelan la vida de personas comunes a la orilla de la esperanza. Un perchero a cada lado del escenario provee a las actrices de la indumentaria que cambiará a la par que su actitud y su cuerpo a medida que pasa el tiempo, mientras unos acordes de guitarra sumergen el ánimo del espectador en una extraña nostalgia, previa a cada episodio.

Quizá la música que acierta directamente y cada vez en la baja de ánimo, el estruendo que anuncia el arribo del tren, la manera en que éste inunda el escenario y la velocidad que las actrices imprimen a su llegada, impida en la ficción un posible abordaje; sin embargo, este cúmulo de efectos puede justificar en la mente del espectador la barrera de los personajes, que es más bien interna y que ambos intuyen desde su ansiedad por huir, por ello, quizá un modo distinto de acechar la ilusión cada vez que ésta se acerca, unos acordes neutrales entre cada escena o una posibilidad de atisbar en la incertidumbre, podría ayudar al espectador a esperar algo distinto en cada oportunidad.

El desaliento se aposenta en los rincones del escenario a partir de lo que viven y en contra de lo que desean vivir los personajes, pese a una propuesta coreográfica final que intenta jalar de los vellitos a la esperanza y que en realidad no hace falta.

El espectador podrá descubrir, sin necesidad de un bocado dulce, la riqueza que los personajes poseen en cada aliento, la alegría de una unión sin pretensiones, la posibilidad de escuchar la propia voz gracias al que escucha y la fuerza de la complicidad.

Sobre todo, el público será testigo de la experiencia que deja en los personajes el trayecto hacia un horizonte anhelado; espejismo que los mantiene asidos a algo que jamás dejan de ver como una posibilidad.