FICHA TÉCNICA



Título obra Tres para el almuerzo

Autoría Gabriela Ochoa

Dirección Gabriela Ochoa

Grupos y Compañías Grupo Conejillos de Indias

Elenco Jaqueline Serafín, Jorge Núñez, Juan Carlos Medellín, Romina Coccio

Escenografía Felipe Lozano Schmitt y Hugo Pérez

Notas de escenografía Iker Vicente y José Antonio Garduño / arte, unidad y adaptación

Iluminación Martín López Brie

Música Gerardo Ochoa

Vestuario Jaqueline Serafín

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Alegría Martínez, “Tragedia sin sangre”, en Laberinto, núm. 403, supl. de Milenio, 5 marzo 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Tragedia sin sangre

Alegría Martínez

Una mujer hastiada languidece entre los muebles de su cocina mientras amasa, espera, recuerda y escucha la voz sentenciosa de su madre y la de un antiguo amante; este es el panorama de la obra Tres para el almuerzo, escrita por Gabriela Ochoa que se presenta bajo su dirección.

Propuesta joven que despliega la desolación infinita de alguien auto-impedido para cambiar su circunstancia. Obra finalista del premio joven de dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo 2010, que resulta un aliento en tanto la dramaturga elige y desarrolla un tema complejo mediante un guión de acciones, más que de palabras, que alude a la simbología de los objetos e indaga en el significado de lo que se calla.

A diferencia de algunas generaciones de dramaturgos jóvenes que se conforman con escupir lo que necesitan liberar y que no tienen la disciplina de construir una estructura, ni desarrollan lo que exponen, este texto avanza y consigue comunicar el círculo enviciado en que se transforma la vida de una persona cuyo ánimo se encuentra en estado de descomposición.

Tres paras el almuerzo es una tragedia de nuestros días sin sangre, alaridos ni heridas visibles, pero también sin héroes ni villanos dedicados a torcer el camino de otros. En este caso, la protagonista se abandona y se atrinchera en el único lugar donde aún respira, al lado de un radio que transmite anuncios de antaño y propaganda política de un pasado reciente; junto a un horno que esconde objetos amados en otra época y secretos entre recetas de cocina y una que otra remolacha.

El marido, la pareja de otra época y la madre, son personajes que acuden a la mujer para exigir, criticar y cuestionar a esa especie de molusco femenino que reacciona a ratos. Hasta aquí la dramaturgia va por buen camino.

Quizá debido a que la función vista, corrió a cargo de la misma autora y no de la actriz Jaqueline Serafín, quien por causa de fuerza mayor no pudo esta vez representar su papel de Minerva, la puesta en escena no logró coronar las virtudes del texto.

Aunque el desempeño de la joven autora como actriz, mostró un buen manejo corporal y momentos brillantes, la escenificación careció de ritmo. Nunca se produjo la atmósfera necesaria. Las fugas de ficción llegaron a acumularse hasta que los sucesos sobre el escenario dejaron de cobrar importancia.

Cuando una compañía debe afrontar un imprevisto y resolverlo antes de pensar en cancelar la función, el espectador presencia un suceso heroico, pero espera que todo fluya, como si estuviera previamente calculado.

Es evidente que Gabriela Ochoa, como autora y directora de la obra tiene claro su objetivo, sin embargo qué sucede cuando se autodirige sobre el escenario, ¿acaso se pueden cumplir los retos que la obra plantea a cada actor a partir de su rol asignado en un ensamble automático? O el grado de complejidad del texto impide a esta joven compañía abordarlo desde donde éste lo exige.

Habría que ver otra función con la actriz que ensayó meses para interpretar a la protagonista de esta historia. Lo que puede comprobarse es que los integrantes del grupo Conejillos de Indias están comprometidos con su quehacer, con la necesidad de exponer lo que les resulta imprescindible y en parte, aquí reside su valor.

El trabajo de Jorge Núñez y Juan Carlos Medellín, que requiere una mayor indagación en la naturaleza de sus personajes como el esposo y el ex amante de Minerva respectivamente, consigue no obstante buenos momentos, pero independientemente de que uno sea invisible para el otro, falta esa urdimbre secreta que los actores afianzan sin que sus personajes lo sepan.

La irrupción del personaje de la madre, que en la mayoría de los espectadores detona la risa, es un acierto que subraya la actitud exterminadora de algunas progenitoras cuya reprobación constante a su hija se traduce en la asfixia de sus aspiraciones. De cuerpo presente, o como una voz del subconsciente, el personaje interpretado por la actriz Romina Coccio, toma bien su lugar sobre el escenario, pero aún así, falta lograr la vinculación de actores y la de personajes.

Con una breve y congruente escenografía de Mobiliario base, integrado por Felipe Lozano Schmitt y Hugo Pérez, en la que domina el color verde y los muebles gastados; música original y diseño sonoro de Gerardo Ochoa, diseño de iluminación de Martín López Brie y vestuario de Jaqueline Serafín, esta obra da la sensación de que ocurre en una época pasada en la que se incrustaron unos jóvenes con conflictos actuales en envoltorio viejo, virtud del equipo; y del arte, unidad y adaptación de Iker Vicente y José Antonio Garduño.

El contraste entre el entorno propuesto, lo que se escucha y lo que se observa como una existencia en desuso, a manera de grito de alerta a cargo de esta joven compañía, aporta un buen impulso a un teatro naciente lejos de autoaniquilarse, por encima de elementos por pulir y de hallazgos por generar. Se trata de un trabajo que tiene algo importante que decir y busca la forma de hacerlo, incluso cuando –naturaleza del teatro– todo está en contra.