FICHA TÉCNICA



Título obra Un Dios salvaje

Autoría Yasmina Reza

Notas de autoría Claudia Romero / adaptación

Dirección Javier Dualte

Notas de dirección Rina Rajlevsky / directora residente

Elenco Ludwika Paleta, Mónica Dionne, Rodrigo Murray, Flavio Medina

Escenografía Alicia Leloutre

Vestuario Mariana Polski

Espacios teatrales Teatro Fernando Soler

Referencia Alegría Martínez, “Patéticamente divertida”, en Laberinto, núm. 397, supl. de Milenio, 22 enero 2011, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Patéticamente divertida

Alegría Martínez

Un Dios salvaje trata de algo absolutamente intocable: los hijos. La obra de Yasmina Reza aprieta el dedo ahí donde más nos duele y activa certeramente los vicios adultos que reproducen a diario los pequeños habitantes de nuestra casa mediante voz, gestos y actitudes aprendidas de esos padres que exigen a gritos lo que ni siquiera ellos con capaces de cumplir.

Resulta patéticamente divertido ver cómo dos parejas pierden el control cuando intentan un diálogo para lograr que sus hijos puedan convivir sin violencia. La dramaturga conduce al espectador por el canal de mugre bajo la superficie de dos matrimonios en putrefacción, dentro de un cómodo departamento de clase media, donde al cabo de una horas, las buenas intenciones ruedan bajo la incapacidad de cumplir con el objetivo de ser civilizados.

Nacida en París y autora de obras como Arte y conversaciones después de un entierro, ganadora en varias ocasiones del Premio Moliére, máximo galardón en su país, Reza expone sin piedad a dos parejas en una situación complicada, donde se mezclan el odio y la buena educación, el deseo de venganza y las ganas de conciliar, la culpa y la desconfianza.

Los poseedores de la patria potestad de agredido y agresor, se reúnen para redactar los hechos de modo que todos obtengan satisfacción, pero el significado de las palabras produce el primer desacuerdo que entre café, pastel de manzana y frases de cortesía, crece hasta llegar a la ofensa, primero entre parejas y después entre cónyuges que no saben qué hacer ante la impotencia y la acusación.

Lo divertido del conflicto que plantea Un Dios salvaje, consiste en observar cómo cada personaje se deja rebasar por sus impulsos hasta perder penosamente la compostura frente a dos desconocidos. Lo patético está –salvo la exageración de las reacciones que provocan la franca risa del espectador– en lo que dicen, hacen y sienten los personajes de esta obra: la irrupción de un “Dios salvaje” que nos domina ante la vulnerabilidad de nuestros cachorros.

Escuchar y ver a alguien insultar al verdugo de su hijo es ya un acto liberador que detona la risa por la imposibilidad de hacerlo en la vida real; acierto de la dramaturga que los actores y la directora residente Rina Rajlevsky, explotan al máximo, aunque de repente exageren hasta la farsa, que aún así funciona como espectáculo purificador, por increíble y pueril que parezca.

Lo esencial de Un Dios salvaje, es ese fiel perfil que la escritora esculpe a partir de cada diálogo entre esos monstruos, creadores de engendros idénticos que ignoran la manera de mantener la armonía y el respeto entre sus semejantes, cuando le exigen a punta de errores.

Ver a la hermosa Ludwika Paleta en el rol de una estirada y educada madre de familia, en uno de los más repulsivos desfiguros, mueve a la ternura y la compasión, mientras el patán de su marido, hombre corrupto y sin escrúpulos, es castigado por la joven que tiene un arranque de valor ante un cúmulo de infelices años.

Por su parte, la intensidad de Mónica Dionne en el papel de la escritora y culta madre del agredido, progresa hasta la explosión en un buen trabajo actoral que revierte la intención pacificadora de su personaje en una mezcla de dolor, furia y auto devastación.

Rodrigo Murray, quien encarna a un comerciante de productos para el hogar, descubre ante el público un registro de actor que ha madurado en la construcción de personajes complejos, bagaje de apoyo para la creación de Miguel, este personaje común, inmerso en una infinidad de reacciones externas e internas en contradicción constante.

Flavio Medina, convincente en su proceder de patán sin remordimientos, hombre que se toca los genitales impúdicamente y hurga en su nariz o en su oído con desenfado, es arrastrado más tarde por el vértigo de una acción que ha desnudado los falsos principios; circunstancia en la que el actor se olvida de esas pequeñas tareas escénicas que apoyan a un personaje ruin pero bien vestido.

Bien adaptada para México por Claudia Romero, a partir de la versión argentina de Fernando Mallorens y Federico González del Pino, esta puesta en escena dirigida por el argentino Javier Dualte, cuenta con una eficaz escenografía contemporánea de Alicia Leloutre y un buen diseño de vestuario de Mariana Polski; trabajo que en conjunto que nos hace partícipes de esos conflictos que se viven a muerte, con la actitud de: no pasa nada.

Probada esta obra a través de su éxito y sus cientos de representaciones en países como Londres, España y Argentina, su aportación es conducirnos risueños al desencanto de lo que somos; al reconocimiento de que no alcanzamos a ser lo que pretendemos. Un Dios salvaje, nos deposita en el terreno de un peligroso juego, cuyas reglas rompemos continuamente cuando de nuestro hijo se trata.