FICHA TÉCNICA



Notas La autora se entrevista con Hugo Arrevillaga, a propósito de la obra Incendios

Referencia Alegría Martínez, “Hugo Arrevillaga. El teatro, una ventana al mundo”, en Laberinto, núm. 393, supl. de Milenio, 25 diciembre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Hugo Arrevillaga. El teatro, una ventana al mundo

Alegría Martínez

A sus 35 años de edad, Hugo Arrevillaga es el mejor director de su generación, que resultó asimismo el más brillante de este año, al proponer Incendios de Wajdi Mouawad, puesta en escena que devolvió al espectador la fe en el prodigio escénico, ese que transforma nuestro interior cuando palabras, movimiento e imagen, se deslizan nítidas hasta la guarida de lo que ignoramos sobre nosotros.

Entrevistado en un patio de butacas vacío, el director responde sobre el camino que transitó hasta llegar a este inusitado logro, cuyo éxito atribuye desafortunadamente a una dolencia de la sociedad.

–El discurso del autor –asevera–, expone de manera contundente la violencia de la guerra en Medio Oriente y público y artistas incorporamos en Incendios esa guerra de manera similar a lo que vivimos. Este éxito que no sólo se ha dado en México, sino también en Francia y Canadá donde se ha escenificado esta obra, habla de que nuestra civilización está adolorida y la poesía del dramaturgo entra como un bálsamo a ayudarnos de alguna forma a encontrar esperanza en medio de un contexto de guerra que puede ser contra el narco, civil, interna o cotidiana como la que libramos a veces en la Ciudad de México.

“Esta gran aceptación, reside en que el autor nos incita a hacer una búsqueda exhaustiva, sangrienta, rabiosa dentro de nosotros mismos, a partir de la anécdota que es la indagación que emprenden dos hermanos gemelos sobre su origen y nos pide hacer un rastreo por lo que cada uno estamos tratando de encontrar con sus ausencias, temores y pérdidas. De pronto todos nos vemos involucrados en una guerra donde somos pequeños guerreros en persecución de la verdad, sea eso a lo que cada quien quiera llamar así”.

Incendios, estrenada en febrero de este año, consiguió a lo largo de su temporada que los espectadores salieran con anticipación de su casa para hacer fila y conseguir boletos. Al principio empezaron a formarse desde las 16 horas, posteriormente llegaron a la 12 del día, después a las 10 horas y en días recientes esperaban desde las 9 de la mañana a que se abriera la taquilla, lo que ocurría a las 18 horas. Fenómeno que no se había dado espontáneamente en nuestro teatro desde hace mucho tiempo.

–Cada función platico con los actores y les digo que es una maravilla obtener esta respuesta del público que lo único que hace es incrementar la responsabilidad artística que tenemos con este proyecto y con los siguientes. Más allá de buscar cubrir futuras expectativas, lo que se ha fortalecido en el equipo es un sentido de responsabilidad profunda del artista frente a su sociedad porque sabemos el impacto que puede tener el discurso y lo que esto genera en nuestra comunidad. Cuando una persona se acerca y me dice ‘gracias’ al oído, además de la belleza de su halago, lo primero que pienso es en que esa experiencia que acabamos de darle propicie una acción a favor de su sociedad, de su comunidad, de su familia o de sí.

Arrevillaga, actor, director, coordinador del teatro La Capilla y reciente miembro del Sistema Nacional de Creadores del FONCA, ha participado como actor en Alphonse de Wajdi Mouawad, se desempeñó como director residente para Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente que montó la Compañía Nacional de Teatro y ha dirigido Pacamambo, Litoral, Cuchillo y Willy Protágoras encerrado en el baño, todas escritas por el dramaturgo franco-líbano-canadiense.

–Aunque Mouawad nació en 1968 y yo en 1975, incluidas las diferencias culturales, podríamos ser ambos integrantes de una sola generación porque tenemos una preocupación muy grande por explorar la conciencia del ser humano y ver de qué forma la memoria juega un papel fundamental en la historia de los pueblos, personal, de ritos y en la construcción del futuro de las civilizaciones. Comparto totalmente con este autor la certeza de que la amistad es uno de los valores fundamentales del ser humano, vínculo capaz de transgredir todo, de vencer cualquier contexto de guerra, de generar lazos más estrechos que los sanguíneos. En sus textos, Mouawad dice: “Somos amigos como dos estrellas en el cielo” y frecuentemente en sus obras un personaje le dice a otros: “ustedes son los más hermosos amigos del mundo”. Esto es una filosofía de la vida que como artista he incorporado en las líneas estética, escénica y emotiva.

Especialista en la obra de Mouawad, de quien el próximo año montará La sangre de las promesas, título de la tetralogía que agrupa Litoral, Incendios, Bosques y Cielos, de este autor como parte de su proyecto de ingreso al Sistema Nacional de Creadores, Arrevillaga hace referencia a la muerte y por ende a la ausencia, como un elemento particular que lo conecta con la obra de este dramaturgo de la contundencia poética.

–En Pacamambo, hay un personaje que dice: “Si decides vivir, decides sobre todo morir. Son las reglas del juego”. Entender eso es muy complicado. Cuando acabas de perder a un ser querido, dejar que eso resuene en tu conciencia, en tu corazón, en tu memoria, sana el camino de alguna manera. Yo perdí a mi madre y estoy triste pero estoy muy feliz ahora al valorar todo lo que ella dejó en mí y esto es parte de lo que he podido dialogar con el autor a través de su obra, lo que ha propiciado que pueda dialogarlo con otros artistas y ha dado paso a esta comunicación con los espectadores, a la posibilidad de una luz, de una tranquilidad al menos. Es a partir del teatro de Mouawad que sigo estableciendo un diálogo directo con mi madre, que he logrado entender profundamente lo que Esther Seligson susurraba tanto al oído: “hacer del teatro el lugar ideal para dialogar con la memoria”.

Al preguntarle a Hugo Arrevillaga Serrano, alumno de Seligson, José Ramón Enríquez, Boros Schoeman, Emma Dib, Sandra Félix, cómo es que ha podido depurar su labor con los actores hasta llegar a la etapa actual, responde que escuchar y confiar más en su intuición son parte de lo que siente como fortaleza mayor a nivel dirección.

–Siempre he pensado que el director se va formando a partir del diálogo que establece con los diferentes actores y creativos con quienes colaboro. Jamás he podido tomar una clase de dirección escénica, mi formación ha sido la práctica a partir de mi experiencia como actor y de conocer los mecanismos del teatro desde dentro y de las escenas. Debes ser muy meticuloso, generoso, transparente y humilde, en mi caso, amoroso, trato de serlo y ahí entra la escucha y el trato a profundidad. Intento atender a cada actor en sus dudas, necesidades y temores que propicia el discurso del dramaturgo en ellos y ahí es donde encuentro las primeras imágenes escénicas e intuiciones.

A buena distancia del director dictador, Arrevillaga no obliga a ningún ser humano a hacer algo que no puede, no quiere o ni siquiera imagina hacer. Para él es fundamental estar hombro con hombro con los actores para poder generar la ficción.

–Se trata –dice– de generar un círculo de energía, de diálogo y de confesión en el sentido que propone María Zambrano: la realidad se encuentra a partir de este inicio de confesión en que la sociedad o la civilización encuentran sentido a partir de que hay alguien que escucha a otra persona.

“Mi trabajo al inicio de un montaje es abrir una ventana desde la cual el artista, actor o creativo puede ver el mar; un horizonte que podrá ser prometedor, tormentoso, enorme, vasto desplegándose frente a él y ante ese panorama, vuelca toda su conciencia y entra en sintonía con su parte creadora fundamental”.

Cuestionado respecto a ese elemento imprescindible que lo sostiene en el teatro antes que en cualquier otra profesión, Arrevillaga responde:

–Empezamos a dedicarle la vida al teatro porque cuando se abre esa ventana y somos 15 personas que generamos un nuevo discurso total, se abre paso a lo que llamaría energía mística y todos juntos encendemos una sola mecha, eso es lo que sustenta todo el espectáculo, es la llama primera y última que se mantiene permanentemente durante toda la vida del espectáculo; luego viene la parte en que el espectador une su discurso y ahí, hombro con hombro todos, ya sea que estemos a favor o en contra, se establece este diálogo maravilloso que propicia el teatro.