FICHA TÉCNICA



Título obra El coleccionista

Notas de Título Basada en la obra de John Fowles

Notas de autoría Mark Heally / adaptación

Dirección Benjamín Cann

Elenco Bruno Bichir, Bárbara Mori

Escenografía Sergio Villegas

Notas de escenografía Felipe Lara / utilería y atrezzo

Notas de Iluminación Alain Kerriou / videoarte

Vestuario Jerildy Bosch

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Alegría Martínez, “Un fin sin horizonte”, en Laberinto, núm. 391, supl. de Milenio, 11 diciembre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Un fin sin horizonte

Alegría Martínez

El espectador que asiste a ver El coleccionista conoce de antemano el final de esta obra que nació como novela, escrita por John Fowles, llevada al cine por William Ryler y adaptada al teatro por Mark Heally. El atractivo reside en ver cómo es que Bruno Bichir interpreta al obsesivo Frederick Clegg, Bárbara Mori se asume como la estudiante de arte Miranda Grey, y de qué manera ambos, dirigidos por Benjamín Cann, se conducen sobre el escenario entre lo que sus fanáticos esperan de ellos y lo que le exige a cada uno su personaje.

Al principio de la función, la fama que precede a los actores, es un obstáculo para conseguir la aceptación inmediata de sus personajes, poseedores de rostros tan familiares. Bichir, quien le habla directamente al espectador sobre proscenio, desde la voz del plagiario, lucha para que el público entre a la convención y a medida que avanza la historia, los protagonistas transitan en el espacio como personajes.

Sin que se perciba en la sala el mínimo temor por el peligro que puede correr la chica, ni el odio por el victimario que al ganar la lotería decide sacar de circulación a la mujer de sus sueños y obligarla a relacionarse con él desde el encierro, este trabajo apuesta por un acercamiento a la obsesión y a la desesperación humanas.

Sergio Villegas, autor de la escenografía, propone un espacio negro que resume un estudio fotográfico en cuya parte superior se proyectan desde los ojos de la actriz, hasta la letra manuscrita de su personaje y cielos a color mediante el videoarte de Alain Kerriou; la parte inferior contiene la cama, un baño esbozado por una cortina plástica, alguna silla y, más tarde, una larga mesa que será a un tiempo pasarela de seducción y límite del juego.

Desde ahí, donde las escaleras y la puerta se erigen como el obstáculo mayor de dos personas que no pueden convivir en ese sótano extraído del mundo, el duelo por la supervivencia de los opuestos, se libra a partir de la verdadera intención que cada personaje esconde.

Lo que el ex cajero de banco, coleccionista de mariposas, fotógrafo aficionado y arrojado hombre con fortuna quiere, es caerle bien a su secuestrada, entenderse con ella a partir de conseguirle material para dibujar, vestidos y regalos. Lo que ella intenta es tener la inteligencia y la calma para convencer al hombre de que la deje libre.

En el supuesto de respetar acuerdos de privacidad, de cumplimiento de palabra, de ética y cortesía dentro de una circunstancia extraordinaria, en que la vida de la chica depende de la voluntad del hombre, los personajes de El coleccionista despliegan una gama de estrategias para alcanzar un fin sin horizonte.

El espectáculo consiste en acompañar a cada personaje por la ruta de su estrecho camino, en el que la tolerancia, la necesidad de establecer comunicación y la posibilidad de conseguir una pequeña victoria sobre el oponente, equivalen a un triunfo que apenas conseguido, se derrumba.

Mediante un texto inteligente, en el que tanto la mujer como el hombre, llegan a acercarse mediante breves juegos, la constante es la desesperación de ver perdido el objetivo en ambos casos, lo que hermana a estos dos seres en desdicha, relacionados a través de sus imposibilidades.

Los personajes se envuelven en un tramposo e inteligente mecanismo urdido por el autor, en el que se vale proponer y esperar, en tanto él como ella quisieran una transformación de vida luego de la experiencia juntos; laberinto que supone descubrir las cicatrices de un hombre que se atrevió a usar el poder para sí y las de una mujer que se autodoblega por liberarse.

Tanto la actriz como el actor, trabajan para su personaje, ella en la labor de construir a esta joven intelectual de clase media que confía demasiado en su poder persuasivo y él en perfilar a un hombre débil que trata de crecer y volverse otro ante la falsa imagen que ha creado de la mujer a la que idolatró, antes de atreverse raptarla.

Bárbara Mori trasciende su belleza y Bruno Bichir su encanto, para interpretar esta metáfora humana de insecto alado bajo la lupa del verdugo, y aunque de repente se dejan llevar por un juego de movimientos reiterados en el que a él le gana la simpleza y la desconcentración se apodera de ambos, las tablas del también director del Foro Shakespeare lo conducen a retomar la acción donde ésta había quedado, como si oyera la voz de un director invisible. La mano de Benjamín Cann es contundente.

El coleccionista es un juego escénico en el que el acertado vestuario de Jerildy Bosch, atrevido y setentero para ella y de mal gusto para él, así como la utilería y atrezzo de Felipe Lara, incluidas escenografía, elementos que confluyen en una armónica estética, apuntaladora del trabajo de equipo de esta compañía que responde positivamente al interés que Cann, Bichir y Mori generan, lo que contribuye a crear el entretenido engranaje de dos personas cautivas en la persecución de amor y libertad.