FICHA TÉCNICA



Título obra Por el gusto de morir bajo el volcán

Notas de Título Basada en la obra Bajo el volcán de Malcolm Lowry

Notas de autoría David Hevia / adaptación; Sandra Schiffner / dramaturgia

Dirección David Hevia

Notas de dirección Sandra Schiffner / asistencia de dirección y dramaturgia

Elenco Rafael Sánchez Navarro, Marina de Tavira, Luis García, María del Carmen Félix, Sergio Cataño, Miguel Cooper, Miguel Conde, Miguel Ángel López, Ingrid Espejel

Escenografía Julia Reyes Retana

Notas de escenografía Efraín Pérez / atrezzo

Iluminación Julia Reyes Retana

Notas de Música Pedro de Tavira Egurrola / escenofonía

Vestuario Lissete Barrios

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Notas de productores Dinorah Medina / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Bajo la sombra de Lowry”, en Laberinto, núm. 389, supl. de Milenio, 27 noviembre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Bajo la sombra de Lowry

Alegría Martínez

Adicto a obras en las que el ser humano se encuentra sitiado por circunstancias irreversibles, David Hevia adapta la reconocida novela de Malcolm Lowry Bajo el volcán y la dirige con el título de Por el gusto de morir bajo el volcán, obra cuyos personajes toman forma y lugar sobre el evocador escenario de las cantinas habitadas por el cónsul Geoffrey Firman y algún rincón del viejo Hotel Casino de la Selva.

La proeza dramatúrgica que consigue Hevia al trasladar el cosmos etílico, desahuciado, culto, político y alterado del protagonista de la novela, es de gran valor en tanto los elementos esenciales del texto están presentes mediante desgarradores y poéticos parlamentos adjudicados a cada personaje, en una buena elección de los fragmentos clave sobre una realidad que se vuelve mezcla viscosa de añejas emociones en contrapunto.

Como director, Hevia traduce un cúmulo de significados diversos mediante la luz que se cuela por el muro de tablones de cantina, el paso breve del ataúd de un niño, la figura de la Virgen de los Desheredados; la presencia de un gallo, alguna raqueta de tenis, sillas metálicas con marca de cerveza nacional y enigmáticas mujeres de pueblo que juegan al dominó, sirven tragos y consejos, o atienden al cónsul como si algún secreto simultáneo se escurriera entre sus silencios.

La actuación de Rafael Sánchez Navarro y Marina de Tavira en los papeles de Geoffrey Frimin y de su ex esposa Ivonne, en el momento en que ella vuelve al valle de Quauhnahuac, sostiene la insoportable tensión de una relación hecha pedazos entre dos personas que no logran en presencia del amado, la intensa cercanía con que se aman a distancia.

Heroicos en su trabajo actoral, tanto ella como él, sostienen esa permanente y frágil postura en que están sus personajes: constantemente fuera de lugar y ante el desplome de una esperanza infestada de amargura que ambos quieren disolver desde la imposibilidad; como si un gigantesco imán los atrajera a su polo negativo, mientras ella se resiste y logra apenas asir de un hilo al hombre que quiere a su lado.

Los personajes del cónsul y su ex mujer están inmersos en esa burbuja invisible que encierra a quienes vivieron intensidades amorosas, separados y unidos por el alcohol que el diplomático bebe, y ella secreta sin poder evitar esa unión rasgada que los destruye en una lentitud extenuante en la que ambos se conducen con síntomas de una existencia al borde.

Sin embargo, algunos de los personajes que se relacionan con la pareja, parecen llegados de otra realidad, otra época y otra circunstancia, según les toque interactuar con cada uno. Aunque también sucede que por momentos (por ejemplo, cuando Luis García es Cervantes, o María del Carmen Félix es doña Gregoria y Sergio Cataño se adentra suavemente en la densidad de la atmósfera) que el hechizo retorna a la escena.

El elenco, del que también participan Miguel Cooper, Miguel Conde, Miguel Ángel López e Ingrid Espejel, a pesar del intento por mantener la ficción sin fugas, ésta no se sostiene de manera constante, sobre todo en los casos en que deben interpretarse dobles papeles.

Los personajes de la novela y la obra están ubicados hace más de 70 años en Cuernavaca y aunque algunos pudieran tener semejanzas externas con la gente de hoy, se aprecian sutilezas –fuera de la pareja protagonista– en la actitud, la forma de reaccionar, de hablar, de conducirse, de peinarse y de vestir, que rompen con la época evocada por la historia, lo que provoca fisuras en el montaje.

El diseño visual que debió unificar criterios entre los distintos profesionales del equipo creativo que intervienen en la puesta en escena, muestra algunos desniveles que debilitan el trabajo en conjunto.

El diseño de escenografía e iluminación de Julia Reyes Retana, consigue recrear en un solo espacio con paredes de tablas en madera, algunas sillas y mesa metálicas, un sillón, una maceta y una barra de cantina, todos los lugares de la acción, mediante traslados sencillos de algún elemento.

El diseño de vestuario de Lissete Barrios, en el caso de los protagonistas es eficaz y de buena factura, a pesar de detalles como el gorro de nadar que usa Ivonne que en esa época era de distinto material y forma, lo mismo que su pinza de cabello y el traje de baño de Hugh, que probablemente fue comprado en Squalo; detalles, que entre muchos más, rompen con el marco referencial de la época que en otros rubros sí trata de respetarse.

La escenofonía de Pedro de Tavira Egurrola, es un buen trabajo que arropa la acción, al hacer que el espectador escuche las campanas de la iglesia, el ruido de los camiones que pasan por la carretera, cierta acústica de festejo y lamento, así como algunas canciones y sonidos de lo que fuera la Quaunáhuac de aquel entonces.

Con atrezzo de Efraín Pérez, diseño gráfico de Paco Argumosa, asistencia de dirección y dramaturgia de Sandra Schiffner y producción de Dinorah Medina, a esta propuesta de gran aliento quizá le faltó tiempo para afinar detalles, posee concentrados memorables, así como buenas dosis de humor y sarcasmo a los pies del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.