FICHA TÉCNICA



Título obra Juegos siniestros

Autoría Anthony Shaffer

Notas de autoría Enrique Arce / traducción

Dirección Enrique Singer

Notas de dirección Alejandra Ballina / asistencia de dirección

Elenco Daniel Giménez Cacho, José María Yazpik

Escenografía Jorge Ballina

Iluminación Jesús Hernández

Notas de Música Alejandro Giacomán / dirección y adaptación musical

Vestuario Tolita Figueroa y María Figueroa

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Alegría Martínez, “Venganza a cuatro manos”, en Laberinto, núm. 387, supl. de Milenio, 13 noviembre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Venganza a cuatro manos

Alegría Martínez

Juegos siniestros de Anthony Shaffer, ha tenido dos versiones cinematográficas, la primera protagonizada por Lawrence Olivier y Michael Caine con dirección de Joseph L. Mankiewicz y la segunda con el mismo Caine en el rol que antes hiciera Olivier y con Jude Law, adaptada por Harold Pinter bajo la dirección de Kenneth Branagh; en esta ocasión llega al teatro en versión nacional protagonizada por Daniel Giménez Cacho y José María Yazpik con dirección de Enrique Singer.

Traducida con acierto por Enrique Arce, este thriller que inicia con la visita de un joven a la casa del marido de su amante, abre la posibilidad infinita del juego, la trampa, el engaño y la revancha; espiral en la que se desempeñan los dos personajes de esta venganza a cuatro manos.

No deja de extrañarnos que precisamente estos actores y este director, casi todos provenientes de un teatro en sus inicios independiente, más tarde universitario y después arriesgado, de gran hondura, se decidan por hacer una obra probada y reconocida como “una de las obras de suspenso más exitosas en la historia del teatro, desde su estreno en Londres en 1971”, obra que a ninguno de los tres les plantea gran reto porque ya han superado mayores dificultades artísticas.

Quizá la asignatura de la versatilidad que algunos profesionales de la escena conservan entre sus pendientes, los haya lanzado a esta aventura de la que salen bien; acaso con detalles por pulir a lo largo de la temporada, como un tono menos caricaturesco y una mayor tensión en el segundo acto para conservar, en la misma línea del primero, la atención del público.

El asunto es que este tipo de teatro, con las reglas del juego preestablecidas, está hecho con decoro, pero es difícil que la memoria no haga de las suyas y deje de proyectarnos imágenes, momentos y personajes que hemos visto previamente, gracias tanto a estos actores como al director y que surgen de textos de Shakespeare, de Copi, de Ibsen, Mamet, Berman, Lessing y una larga lista de autores.

El texto, que bien pudiera ser visto como un cómic vivo, plantea acciones y vueltas de tuerca a una velocidad centrífuga, de modo que los protagonistas ejercitan en escena su agilidad mental y física al encarnar a dos personajes que se alojan en el engaño para sobrevivir frente a un rival dispuesto a todo en un juego drástico. Sin embargo pareciera que ninguno de los dos actores se siente a gusto con su personaje.

El escenario giratorio del teatro Insurgentes, es usado a cabalidad bajo la escenografía de Jorge Ballina, quien crea la casa del escritor policiaco Andre Wyke, en piedra y madera con grandes ventanales, de forma que el espectador pueda ver un ángulo nuevo de ese hermoso hábitat a cada giro de la plataforma, como si pudiera meterse a cada uno de sus rincones.

La entrada de la casa con espejo de agua y sillas de jardín, el armario con abrigos, las puertas corredizas de cristal con marco de madera, la iluminación al interior de la residencia, los retratos gigantes del protagonista, las cabezas de animales cazados; todo es parte del movimiento vinculado a los acontecimientos que estos dos hombres viven al interior de esta morada.

Aunque Juegos siniestros es prácticamente una persecución implacable entre dos rivales de amor, donde la astucia está a prueba y todo lo demás deja de tener importancia, esta obra que ha cumplido largas temporadas en Londres y Nueva York, maneja entre el humor y el misterio, conflictos profundos de índole humano.

Debido al modo en que se eslabonan las acciones de estos personajes, entre los que uno de ellos va cambiando de objetivo a medida que avanza el tiempo, el motivo que conduce a cada quien a este engranaje de ardides, queda bajo una serie de sucesos que complican la trama y ocultan la intención original, exhibiendo finalmente a dos hombres fuera de sí.

Daniel Giménez Cacho, pelirrojo, con barba, bata y gazné, dentro de un personaje perturbado por el egoísmo y los celos, interroga, acosa persigue y planea desde la frialdad y la picardía que le exige el texto; el admirado actor está ahí, firme y presto al cumplimiento, inmerso en un juego contradictorio y difícil para alguien que deja su sangre en el escenario.

El personaje de José María Yazpik, con ropa casual y juvenil, ingenuo al inicio, se deja conducir a una situación difícil que lo obliga a una importante transformación, misma que este actor de amplio registro, capaz de personificar seres irreconciliables, equilibrará en corto tiempo.

Con vestuario de Tolita y María Figueroa, iluminación de Jesús Hernández, dirección y adaptación musical de Alejandro Giacomán y asistencia de dirección de Alejandra Ballina en una conjunción de trabajo armónico, Juegos siniestros es una opción de divertimento escénico.