FICHA TÉCNICA



Título obra Los insensatos

Autoría David Olguín

Dirección David Olguín

Elenco Rodrigo Espinoza, José Concepción Macías, Humberto Solórzano, Ramón Barragán, Luis Mora, Rodolfo Guerrero, Maricela Peñalosa, Raúl Espinosa Faessel

Escenografía Gabriel Pascal

Vestuario Lidia Ruiz

Notas de vestuario Sergio Ruiz / asesoría

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Alegría Martínez, “Insensatez”, en Laberinto, núm. 385, supl. de Milenio, 30 octubre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Insensatez

Alegría Martínez

No hay país para el festejo en este México del desniñadero, grita David Olguín en las voces de siete locos que ríen, chillan, preguntan, se convulsionan, se agreden y esperan se reconozca su independencia desde una cámara de seguridad de manicomio, envueltos en un laberinto demencial que corea rítmicamente el progreso de un país en retroceso.

Olguín escribe y dirige Los insensatos, obra que introduce al espectador en una ficción apuntalada por crueles verdades, paradójicamente dichas por seres que no son de fiar; orates que bordean la locura en su búsqueda desesperanzada de hacer verídico un anhelo que en el desconsuelo de su persecución se les volvió inalcanzable.

Sobre un piso blanco y frío, entre altas paredes grises y ante una reja blanca, junto a un par de argollas que sobresale del muro, la contención y la mordaza se cierne sobre la vida de estos despojados.

En ese lugar donde parece que nada bueno tiene cabida, gracias al diseño escenográfico de Gabriel Pascal que descubre un rectángulo de muro superior, del que a veces se asoma un fantasma o la pierna de un alienado, ahí, donde una ínfima apertura da la ilusión de comunicación con los de afuera, se abre paso una embarcación de espejismo.

La tina que es barco, nave de locos en la enjundia de hallar una posibilidad en el mar de la nada, transporta siete almas hacia un horizonte que sólo ellos pueden ver en una estampa entrañable de la lúcida insensatez.

Los lunáticos de esta aventura abrazada con fuerza a la realidad, no usan prendas que puedan darnos señales concretas de quién es cada uno, excepto la actriz fantasma que interpreta a Ofelia y el actor apodado Amuleto Malatesta que usa botas y trapo negro a manera de capa.

Los demás cubren su cuerpo con los blancos y delgados pantalones bajo batas sanitarias en ese afán del cerco hospitalario por la despersonalización.

El vestuario de Lidia Ruiz, asesorada por Sergio Ruiz, remite a esa desnudez vulnerable, expuesta al frío y a la mirada de quien anulará a esos pacientes como seres dignos de ser tomados en cuenta.

El trabajo de actuación, de creación de personajes, de apropiación, de inmersión en la circunstancia, por parte de cada uno de los actores, labra el perfil de cada hombre cercenado de una sociedad que los crea para destruirlos.

Rodrigo Espinoza interpreta a Amuleto, actor y líder entre los internos, perdido entre los parlamentos de Shakespeare, el papel del fantasma, el espectro de Ofelia y su propia nebulosa.

José Concepción Macías es Cruz Cruz, sórdido en medio de la añoranza de un sexo femenino.

Humberto Solórzano, quien representa a Cordero Pérez y Pérez, el rehén de los desquiciados y escribano, es el puente que permite fundir los límites de cordura y locura, al tiempo en que transmite la dulzura, el fingimiento o la desesperación de unas cartas sin destino.

Ramón Barragán, el irredento Septiembre que se reivindica como homosexual, es el portador del aliento y la sonrisa, mientras que el joven Luis Mora, Pajarito, encarna dulcemente la ternura del desaliento.

Rodolfo Guerrero, Macabrillo, es ese político mexicano que concentra nuestros vicios. Maricela Peñalosa: la Ofelia oculta en toda actriz a punto de un barranco interminable. Y Raúl Espinosa Faessel es el Sean del emblema en pie de una silente lucha.

Todos son parte ahora del rostro, la mueca, la huella de esa Castañeda hoy inexistente creada por Porfirio Díaz que quiso dejar monumentos al poder mediante la construcción de edificios.

Con una gran amplitud de lecturas, esta compleja obra de David Olguín que abre canales hacia rutas diversas, es, además de una crítica reflexión al festejo bicentenario, una mirada elocuente hacia un pasado político que se regodea desde entonces en la falacia.

Es una herida expuesta a la discriminación creciente que intenta borrar a indigentes, prostitutas, homosexuales y adictos.

Los insensatos es un abrazo fraterno a todos esos seres humanos que viven fuera de lugar, perpetuamente a la sombra de sí y del mundo; asimismo es un homenaje a los actores, a aquellos en pos de la palabra, de la edificación en el aire; constructores de sueños y de delirios.

Cierto es también que la cascada de palabras de alta densidad en boca de los actores, pesa en el ánimo de algún espectador que acaso busca una historia de fácil comprensión.

El goce llegará tras la calma y disposición para sumergirse en el sentido de la llamada insensatez, en las coincidencias irrefutables a cien años de distancia, en los vínculos con esos hombres de pies descalzos que ya no podrán ser parte de la desmemoria, en las imágenes de vida que nos otorgan estos personajes al borde del vacío desde el encierro.