FICHA TÉCNICA



Título obra Zenzontle mongol

Autoría Alejandro Suárez Rangel

Dirección Hiram Molina

Elenco Alejandra Pino, Maribel Denis Montes Gutiérrez, Verónica Colín, Philippe Regnier, Armando Chávez, Jorge Alejandro Suárez Rangel

Escenografía Armando Chávez Salgado

Iluminación Jorge Alejandro Suárez Rangel

Música Jorge Alejandro Suárez Rangel

Vestuario Armando Chávez Salgado

Espacios teatrales Teatro La capilla

Referencia Alegría Martínez, “El margen de la existencia”, en Laberinto, núm. 383, supl. de Milenio, 16 octubre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El margen de la existencia

Alegría Martínez

Zenzontle mongol es un montaje ambicioso sobre los abismos de la mente, en el que el sexo parece la única posibilidad de proximidad humana. Se trata de un trabajo colectivo con texto de Alejandro Suárez Rangel y dirección de Hiram Molina que ubica a seis personajes en el margen de su existencia, ansiosos por generar un vínculo que no pueden mantener.

Debido a problemas de padecimientos psíquicos, de índole cultural, social, o por inmadurez, los personajes de esta obra se comunican –cuando lo hacen–, mediante agresiones o evasivas, a excepción del joven Manuel que a ratos se expresa con pinceladas poéticas, y de su mamá que lo ama desde la indeterminación.

Sobre un escenario desnudo en el que únicamente hay dos cajas de madera, una negra y larga que pudiera evocar un rústico ataúd y una pequeña que sirve como cajón-banco, los personajes dicen transitar por una azotea con tinacos, por la calle, la reparadora de calzado de Fidel, o por un hospital psiquiátrico.

Allí, donde cada uno pisa el espacio que verbaliza, también hablan sobre el momento en que se encuentran, dicen lo que sienten, reaccionan con palabras al golpe o al dolor que se les infringe cuando expresan que eso les acontece, de modo que el espectador colabora más de lo habitual para completar lo que se menciona, debido a que en ocasiones sólo se alcanza a ver una leve reacción, mientras se escucha la narración del efecto.

Esta propuesta, que resulta eficaz por momentos, podría serlo a lo largo de la escenificación y aun crecer, si actores y director trabajaran arduamente en exterminar los vacíos de significado tanto en lo relativo a la expresión del cuerpo en el espacio, como en lo que conlleva cada palabra.

Su grito escatológico, soez, cargado de deseo sexual contenido, de desesperanza y violencia frente a un mundo amnésico, discriminador y sordo, requiere de una traducción cuidadosa y precisa, no sólo de lo que se intenta comunicar, sino sobre todo de cada movimiento, de cada paso sobre el escenario, así como del objetivo de las miradas.

Por otra parte, es fundamental dedicar atención a la creación de atmósfera y a la construcción de una ficción que impida las fugas inútiles, de modo que el espectador esté más receptivo a la hondura que se intenta plantear desde el escenario, en vez de exclusivamente atento a las palabras para darse por enterado.

Llegados a este punto es indispensable reflexionar sobre la interlocución con el espectador porque de otra manera, todo trabajo escénico es vano. Si bien es cierto que este montaje cuenta con logros dispersos a lo largo de las escenas, también lo es que mucho trabajo realizado se dispendia por falta de rigor y de equilibrio entre el planteamiento de lo que dice el texto y la manera en que se traslada al lenguaje teatral.

Pareciera un común denominador el hecho de que para algunos grupos jóvenes, lo importante es lo que quieren decir sin importar que salga en vómito o escupitajo, como si se inflamara su cuerpo de un grave mal que arrojan desde el escenario para liberarse sin pensar más que el desahogo.

Podríamos preguntarnos en estos casos si el espectador volverá de nuevo, si comunicará la experiencia como parte de algo valioso o fundamental para ser vivido, o si llegará a sentir que aunque algo de lo que se expresa puede importarle, prefiere no involucrarse y dar la vuelta a la página y la espalda al teatro que tanto le exige y poco le retribuye.

Cabría pensar que sin receptor el teatro pierde todo sentido y continuar entonces la reflexión sobre el destinatario de cada trabajo, fuera de toda complacencia, en efecto pero dentro de la claridad y la calidad de signos que esta disciplina exige.

Zenzontle mongol parece un grito desesperado y urgente desde un lugar lejano al que pocos se acercan con los sentidos dispuestos, porque no sólo habla de un joven con determinada discapacidad mental, de una madre con otro padecimiento también cerebral, de un hombre indolente que sólo piensa en sexo, de una adolescente depresiva rechazada por una madre castrante y presta a la actividad sexual y de un paciente de psiquiátrico con delirio de persecución, sino que todo esto se expone sin haber depurado el lenguaje.

Este grupo integrado en su reparto por Alejandra Pino, Maribel Denis Montes Gutiérrez, Verónica Colín, Philippe Regnier, Armando Chávez y Jorge Alejandro Suárez Rangel, contó con escenografía y vestuario de Armando Chávez Salgado, diseño sonoro e iluminación de Jorge Alejandro Suárez Rangel, y diseño gráfico de Verónica Bujeiro.

Su aportación está en subrayar, desde la verbalización, la habilidad humana para destruirnos junto con quienes nos rodean dentro de la cotidianeidad de la indiferencia, cuando aquél señalado como enfermo mental es el único capaz de traducir a un mejor lenguaje intenciones y deseos, que se estrellan en la indolencia general y en el dolor de una joven que no se permitirá crecer más.

Con todo, si el objetivo de expresar desde un escenario este mapa de la imposibilidad, mediante la capacidad actoral para crear mundos que no pueden tocarse, a partir de la certeza de que pueden ser percibidos con la contundencia de que ahí están, por qué no detenerse a construir lo que es tan urgente comunicar.