FICHA TÉCNICA



Título obra Lascuráin o la brevedad del poder

Autoría Flavio González Mello

Dirección Flavio González Mello

Elenco Carlos Cobos, Moisés Arizmendi, Erando González, Evangelina Sosa, Jorge Zárate

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Vestuario Cristina Sauza

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Alegría Martínez, “Lascuráin a fuego lento”, en Laberinto, núm. 381, supl. de Milenio, 2 octubre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Lascuráin a fuego lento

Alegría Martínez

Cinco años después de haberse estrenado Lascuráin o la brevedad del poder, su actual reestreno encuentra a un público que ya no está dispuesto a reírse tanto de la influencia que el poder ejerce en nuestros gobernantes, ni de la impunidad con que algunos han actuado, independientemente del partido al que pertenezcan.

Dentro del alud de festejos bicentenarios, esta obra de Flavio González Mello resulta un acierto al ubicarse lejos del oropel y las porras vanas para ser reapreciado dentro de la curva descendente de nuestra actual realidad política y social.

Los tintes más intensos que adquiere el montaje, que sigue provocando risa a partir del paulatino cinismo que se apodera del personaje principal, terminan por proyectar con mayor claridad la herida de muerte con que pervive nuestro sistema político mexicano.

Quizá porque cada uno de los muertos que acumula a diario lo que se ha dado en llamar “el crimen organizado”, es parte ya de nuestra vida cotidiana, lo mismo que los secuestros y el atropello a los derechos humanos, la obra de Flavio González Mello se vuelve más dura en su crítica, no sólo a un periodo presidencial mexicano, como bien lo dejó escrito Lorenzo Meyer en el prólogo a la edición del libreto (Ediciones El Milagro, 2006), sino también a ese enquistado germen de la corrupción que parece inmortal.

La misma obra que vimos hace un lustro en el Teatro Orientación del INBA, cuenta con la práctica y original escenografía que iluminó desde entonces Arturo Nava y con el adecuado vestuario de Cristina Sauza. Incluso dos de los actores, Carlos Cobos y Moisés Arizmendi, vuelven a interpretar los personajes del fotógrafo y el ordenanza respectivamente.

Los cambios para el montaje actual, que dirige de nuevo el propio González Mello, consisten en que el Presidente interino, Pedro Lascuráin, ya no es encarnado por Héctor Bonilla, sino por Erando González y la telefonista, en esta ocasión por Evangelina Sosa y no por Fabiana Perzabal, lo cual da como resultado una puesta en escena diferente.

Bonilla es un actor muy querido por un público que lo festeja y aplaude en el papel que haga. Erando, sin embargo, de gran trayectoria en el teatro principalmente, no goza de ese amor incondicional. No obstante, el también músico y maestro contribuye con su trabajo actoral a darle distintos matices a la obra de González Mello, en tanto construye un Lascuráin que se va descarando a fuego lento y cuya caída termina por ser más dramática en tanto el actor no goza de simpatía previa.

Por su parte, la actriz Evangelina Sosa, que hace el papel de una telefonista más ingenua que la interpretada por Perzabal, subraya acertadamente, con la actitud de su personaje, la falta de valores del Presidente interino.

La fortuna de contar de nuevo con el excepcional actor Carlos Cobos –que alternará funciones con el también estupendo Jorge Zárate–, apoya contundentemente la relación entre el experto fotógrafo presidencial, que es su personaje, y el inseguro Lascuráin, con quien establece un vínculo de dependencia que el espectador disfruta ampliamente.

Cobos logra que su obsesivo retratista, sea indispensable para el Presidente interino que duró 45 minutos en el poder, como lo llega a ser también para un público que recibe cada una de la gama de tonalidades que el actor imprime a su personaje.

Persuasivo cuando el Interino está cierto de que su mandato durará “menos que una siesta”, adulador como todo artista de la lente al que se le escapa por segundos la foto de su presa, psicólogo para exprimir de su víctima la actitud precisa que quiere retratar, servil cuando el usurpador en potencia ha caído bajo la seducción del poder; autoritario al convertirse casi en el secretario particular del soñador y siempre firme en la persecución de su objetivo, Carlos Cobos entrega su experiencia acumulada en cinco años para retomar un personaje que maduró deliciosamente en ese lapso.

El ordenanza, a cargo de Moisés Arizmendi, conserva la prestancia del que vimos años atrás y muestra a un personaje con más contradicciones encriptadas.

Lascuráin o la brevedad del poder, es una buena muestra de los millones de rostros del Bicentenario al presentarse hoy en esta enfebrecida época de festejos, cuando ya desde su estreno y publicación constituyó una obra de ficción, crítica y certera, sobre nuestros vicios políticos, hecha con ingenio, humor y conocimiento.

Los inasibles temas de nuestro reciente pasado histórico, necesariamente político, lanzan inquietudes, interrogantes y críticas a ese equívoco proceder que nos ubica al lado del supuesto ganador, a la espera de unas cuantas migajas.

La presente obra de González Mello, quien se ha dedicado con rigor a desarrollar un buen teatro dentro de este género, fue y es hoy de nuevo, un texto en el que nos vemos claramente como país, dentro de un microuniverso en el que la risa genera nuestro autoreconocimiento, aunque no sea en la mejor de las circunstancias.