FICHA TÉCNICA



Título obra El filósofo declara

Autoría Juan Villoro

Dirección Antonio Castro

Elenco Emilio Echevarría, Arturo Ríos, Pilar Ixquic Mata, Fabiana Perzabal, Edgar Parra

Escenografía Mónica Raya

Iluminación Rafael Mendoza

Música Miguel Hernández

Vestuario Mónica Raya

Notas de vestuario Amanda Schmelz / maquillaje

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Alegría Martínez, “Entre filósofos”, en Laberinto, núm. 377, supl. de Milenio, 4 septiembre 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Entre filósofos

Alegría Martínez

Juan Villoro sucumbe de nuevo al teatro y en su tercera incursión como dramaturgo, ejerció la libertad de plantear con aguda ironía el chantaje a altos niveles mediante el diálogo inteligente de dos pensadores contemporáneos, a quienes exhibe sin clemencia en su obra El filósofo declara.

El escritor, reconocido por su obra inscrita en géneros más apreciados que el dramático, asumió en esta ocasión el reto de proponer personajes tangibles sobre el escenario, hombres preocupados por el significado de las palabras, por su elocuencia y su filo, pero también seres humanos presos de su egolatría en su hábitat natural.

Hijo del filósofo Luis Villoro, Juan vierte en esta obra, con salero y conocimiento de causa, el espíritu propio de las discusiones entre hombres de sapiencia; neuróticos obsesivos que usan la palabra para herir, seducir e insultar con elegancia y socarronería.

Con mayor soltura para perfilar a sus personajes que cuando escribió su primer obra titulada Muerte parcial y con la confianza de conocer a fondo el entorno, al haber crecido bajo la tutela de un hombre, seguramente poseedor de algunas características otorgadas hoy a sus personajes principales, Juan Villoro invita al espectador a ser testigo de ricas conversaciones casi siempre vedadas al ciudadano común.

El autor de Efectos personales –ensayo– y receptor del Premio Rey Juan Carlos 2010, crea cinco personajes, tres de complejidad mayor, para dejarlos hablar y conducirse con espontaneidad, hasta mostrar abiertamente las fisuras humanas que labran su destino.

El juego que establece el autor entre dos filósofos, la esposa de uno de ellos, la sobrina y el chofer, introduce deliciosamente al espectador, en una esfera donde racionalidad, obstinación y conocimiento, reptan incesantes bajo la densidad de lo cotidiano para librar lo grotesco de la realidad.

A través de un lenguaje a veces rebuscado, como corresponde al perfil de sus personajes, pero siempre contundente y agudo, el dramaturgo crea diálogos con alusión al sexo, nutridos de sarcasmo y vetas de amor que sorprenden por su efectividad.

En este estrecho orbe generado al interior de una casa, quizá más presuntuosa en el diseño escenográfico de Mónica Raya –aunque eficaz–, que solicitado en el texto, por cierto, bien editado por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, se teje la urdimbre de nuestros vicios políticos, de ese intercambio implícito con fechas de pago.

Juan Villoro entrega esta vez una obra analítica, crítica y divertida con personajes poco desarrollados en nuestra dramaturgia nacional, a los que añade una mujer empeñada en desenmascarar a su esposo desde la idolatría al hombre y a su obra, un joven cazador de oportunidades intelectuales y una nueva escritora en busca de sí.

Con mayor fortuna y respaldo que su primera incursión en el teatro, al contar ahora con la dirección escénica de Antonio Castro, esta obra de Villoro ingresa por derecho al ámbito de la escena, donde el matiz de palabras y conceptos crece y se multiplica en la voz y el cuerpo de los actores.

Emilio Echevarría, quien ha trabajado en montajes memorables con directores como José Antonio Alcaraz, Ludwik Margules y Hugo Hiriart, entre muchos otros, vuelve al escenario con la plenitud de un trabajo escrupuloso de años que le permite aportar a su personaje del Presidente de la Academia de Filosofía, la astucia y el encanto de un retorcido hombre de nuestras letras y nuestra política.

Arturo Ríos, experimentado actor de obras como Los justos, dirigida por Margules, Mujeres que soñaron caballos de Veronese y Los baños, que dirigió Enrique Singer, interpreta ahora al Profesor, a quien le imprime mediante un trabajo de filigrana, una elocuente intermitencia mental que su personaje oculta en la inmovilidad.

Pilar Ixquic Mata, erige a un personaje de capacidad múltiple que saca partido de las circunstancias bajo una máscara provocadora e ingenua, contradicción que la actriz explota a favor de la escena.

Fabiana Perzabal, desde esa alegría de quien encuentra un refugio para renovarse, crea al personaje de la sobrina y Edgar Parra, quien construye un chofer con atributos ocultos, completan el elenco de este montaje en el que Antonio Castro consigue un trabajo de calidad, donde las palabras y lo que éstas encubren toman su lugar ineludible.

El maquillaje de Amanda Schmelz, apenas perceptible en el rostro de Arturo Ríos, para conseguir la edad del personaje que le falta al actor, así como la lesión del personaje de Echevarría y la decoración en los pies de Perzabal, contribuye con buen resultado a establecer la parte externa de estos personajes que siguen vivos al término de la función.

El trabajo de Rafael Mendoza, diseñador de iluminación, Miguel Hernández de audio y Mónica Raya de escenografía y vestuario, colaboran a que el espectador tenga la oportunidad de ser el espía silencioso del razonamiento sucesivo y persistente de dos hombres dedicados a esta labor, sujetos a su pesar, a la concreción del mundo.