FICHA TÉCNICA



Título obra Desmontaje amoroso

Autoría Elena Guiochins

Dirección Dana Stella Aguilar

Grupos y Compañías Conjuro Teatro

Elenco Alejandra Marín, Carolina Contreras, Héctor Hugo Peña, Julio Escartín

Escenografía Fernando Santiago

Notas de escenografía Javier Aguilar / exposición plástica

Iluminación Édgar Armendáriz

Notas de Música Miguel Contreras / asesoría musical

Vestuario Rosa Rodríguez

Espacios teatrales Foro La gruta

Referencia Alegría Martínez, “La intolerancia como experiencia de vida”, en Laberinto, núm. 365, supl. de Milenio, 12 junio 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La intolerancia como experiencia de vida

Alegría Martínez

Las piernas desnudas de una mujer que emergen de una maleta roja sobre un fondo negro, es la imagen que alude a la obra Desmontaje amoroso de Elena Guiochins. Sugerente a partir de esta propuesta visual y del título, la puesta en escena resulta un accidentado viaje hacia los conflictos del ser humano en relación al amor, el sexo y los obstáculos ante el infinito deseo.

Escrita, según lo informa el programa de mano, a partir de la experiencia de vida del equipo artístico y de una guía establecida para improvisaciones, esta obra plantea un recorrido hacia atrás en la vida de dos mujeres y dos hombres jóvenes, donde están en juego, desde los asuntos más cotidianos hasta los obstáculos y los anhelos truncados.

La estructura no lineal del texto, ofrece la oportunidad de jugar con el orden de las escenas unidas por un núcleo temático, pero dispuestas a manera de un rompecabezas que destaca cada momento del discurso fuera de ataduras dramáticas estructurales.

Lo que en esta ocasión ofrecen los integrantes de Conjuro Teatro: Alejandra Marín, Carolina Contreras, Héctor Hugo Peña y Julio Escartín, dirigidos por Dana Stella Aguilar, se antoja irrenunciable en tanto deciden trasladar al escenario lo que quieren expresar en vez de interpretar lo que ya está escrito.

En este sentido, el trabajo es valioso y revela profundidad y búsqueda sobre la caprichosa y compleja naturaleza humana. La contundencia de algunas frases, la densidad de las interrogantes, la apertura y la claridad con que se hace referencia a circunstancias difíciles de la vida que intenta ser de pareja, dejan constancia del trabajo realizado.

Está claro que la experiencia de Elena Guiochins en el terreno de la escritura dramática, aunada a las aportaciones de actores y directora, dieron buen resultado en cuanto al trabajo del texto.

Desmontaje amoroso habla de esa batalla sin tregua de hombres y mujeres por satisfacer su deseo y de la imposibilidad de hacerlo. Aborda la lucha infinita en contra de lo que –en una pareja– uno quiere y el otro rechaza. Ubica la intolerancia hacia el otro, ya sea hermano, novia o esposo y la desgaja en una rápida escena.

Las partes de este trabajo contienen un brillo de manera aislada que a ratos pierden en el conjunto. Un ritmo que no se sostiene, una gama de tonos que equivocan la ruta y se contraponen, una excesiva utilización de oscuros, una especie de vacío que se abre paso en la concatenación de las escenas, obligan al espectador continuamente a retomar el interés de una ficción que se fuga de manera intermitente.

Quizá el grupo ponderó la urgencia de lo que sintió impostergable comunicar por encima de la forma de hacerlo y en ese tránsito los hallazgos se debilitaron.

Las imágenes de cuadros vivientes como los dos desnudos femeninos tras un marco gris, donde ambas actrices dejan ver a sus personajes cual Majas desnudas de nuestro tiempo, es uno de los logros de este trabajo, no obstante, cuando se llega a abusar del mismo recurso en otros momentos, sin el cuidado y el ritmo que éste exige, el efecto no se consigue.

La metáfora escénica en la que intervienen los cuatro actores que forman una fila al parecer interminable frente a una maleta en la que arrojan prendas en un acto de despojo interno y externo, es otro acierto dentro del discurso del amor y la atuodestrucción-reconstrucción de los involucrados.

Los cantos de las actrices que apoyan la creación de la atmósfera, la gracia y la espontaneidad con que la actriz que encarna a la azafata transita entre la posibilidad de ser la mujer más feliz y más tarde una absoluta desdichada, reúne otro número de aciertos.

Parece que este trabajo, estrenado el pasado mes de abril, que ya ha tenido la oportunidad de ser confrontado con el público a lo largo de varias funciones, requiere un ajuste urgente, una acción que apúntale el trabajo previo para evitar el dispendio.

Los espectadores están ahí, cautivos, ávidos, atentos y prestos a la interlocución sobre un sin fin de circunstancias que los personajes plantean y que atañen necesariamente a quien los mira. Las reacciones de cada observante demuestran que es de su interés lo que sucede sobre ese escenario negro donde de repente se abre una escotilla y sale pecho tierra una mujer que clama por conseguir algo.

Bajo una iluminación útil y sencilla de Édgar Armendáriz, un “estilismo de vestuario” cotidiano que mostró delicadeza y buen gusto en la lencería de las chicas, de Rosa Rodríguez, el mobiliario de acuerdo a la propuesta de Fernando Santiago, exposición plástica de Javier Aguilar, asesoría musical de Miguel Contreras e identidad gráfica de Víctor Arellano, el equipo de Desmontaje amoroso, puede redoblar esfuerzos para no perder lo obtenido.

Se trata de un trabajo joven al que se le dedicó una labor intensa de construcción, cuyo mérito debe poder destacarse también en la riqueza de los lenguajes elegidos, para ofrecer al público que siempre agradece escuchar, ver, percibir distintos puntos de vista sobre un tema que persevera en encontrar una plenitud que no le es propia.