FICHA TÉCNICA



Título obra Trabajando un día particular

Notas de Título Basada en Una giornnata particolare, de Ettore Scola

Elenco Laura Almela, Daniel Giménez Cacho

Iluminación Gabriel Pascal

Notas de Música Rodrigo Espinosa / diseño sonoro

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Alegría Martínez, “Sin director ni tropiezo”, en Laberinto, núm. 357, supl. de Milenio, 17 abril 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Sin director ni tropiezo

Alegría Martínez

Trabajando un día particular es la posibilidad de pasar la mirada por el tatuaje emotivo que nos dejó la cinta de Ettore Scola, Una giornnata particolare, y es también la invitación a disfrutar un juego escénico cercano y violento en el que la ternura se asoma breve, entre los pliegues de la soledad y el miedo.

Los creadores de El Milagro han conseguido mantener un foro vivo, con espectadores que pelean, suplican su entrada o adelantan el pago para el otro día.

Los actores esperan a la puerta del teatro y entran al escenario seguidos de los presentes, a quienes hablan de manera familiar hasta que empieza la acción ubicada aquel 6 de mayo de 1937 en Roma, donde la mayoría de sus habitantes recibían con júbilo la visita de Adolfo Hitler.

Jóvenes que nunca han visto la cinta en blanco y negro, estrenada en 1977, en la que Marcello Mastroianni y Sophia Loren dieron vida a Gabrielle y Antonietta, entran dóciles, igual que los amantes de esa obra de arte, a la ficción propuesta por Laura Almela y Daniel Giménez Cacho, que se interrumpe y se reactiva con eficacia al ritmo que la pareja decide.

Sin director de escena, como anunciaron antes de su estreno, la pareja de actores se lanzó al reto de presentar en teatro esta historia excepcional, en la que una mujer y un hombre se toman la libertad de acercarse a su vecino y de mirarse a través de alguien desconocido y opuesto.

Sobre un escenario negro, desprovisto de los elementos escenográficos que ocultan laterales y fondo, los actores utilizan una mesa, dos sillas, libros, una mesita de servicio con café y algunos trastos, sábanas, maletas, un mantel, una soga, un carrito para mandado y un indispensable gis o tiza. Con eso crean el interior de dos departamentos en un gran edificio.

Como si el espectador hubiera entrado a la sala de estos actores, ellos se despojan de sus personajes para pedir cigarros, dulces, o cruzar dos palabras con el público y luego volver a ser Gabrielle y Antonietta; la comunicación a tres bandas fluye en una complicidad deliciosa.

Los actores construyen un territorio de libertad sobre el escenario donde se sienten cómodos y extienden esta sensación al patio de butacas, donde también se percibe la opresión que sus personajes transpiran; ella desde su fascismo, en el encierro del quehacer doméstico y su ignorancia, y él desde su desesperación ante la imposibilidad de contemplar un futuro en la Italia del autoritarismo y la homofobia.

La iluminación de Gabriel Pascal enfatiza y apoya la comunicación entre personajes y público, abre la visión en ambos espacios. El diseño sonoro de Rodrigo Espinosa nos traslada a ese entorno de festejo militar con música, discursos y aviones, que a ratos nos empuja al silencio y después a escuchar, libres, las palabras que encierra ese edificio.

El interior de Antonietta y Gabrielle es expuesto en la sala, la estancia o la azotea de sus viviendas, el exterior amenazante de la Italia fascista se agiganta en el eco que irrumpe desde la calle y la radio, sostenida en un iPod que contiene la mano de Giménez Cacho.

Los actores se hacen guiños constantemente y el público goza del juego, porque, como en contadas ocasiones, la audiencia es tomada en cuenta para formar parte de lo que presencia y en esto reside un buen porcentaje de las virtudes de este montaje.

Laura Almela y Daniel Giménez Cacho hacen gala de su experiencia y crean a unos personajes que nos recuerdan a los de la cinta, pero que son otros, cercanos y con distinta textura.

La Antonietta de Almela tiene un dolor profundo y reseco, sus hombros cargan con un olvido inmenso que crispa su andar y su gesto, mientras que el Gabrielle de Giménez Cacho es explosivo y cauto, inquietante en su dualidad extrema.

La naturalidad con la que esta pareja de actores se arriesga al utilizar su voz para evocar el sonido de un timbre o de un teléfono, el juego que propone el dibujo in situ de elementos cotidianos, abre el escape a la risa de un espectador que lentamente se ha introducido en la opresión y el vacío de dos seres humanos que no podrán olvidar lo ocurrido este día.

La pareja de actores pone sobre la mesa con este trabajo la pregunta sobre la necesidad imperiosa de un director, porque habitan por completo el espacio, lo transforman, lo alejan o lo acercan sin cámara de cine, sin telón y sin guía.

Así, sin maquillaje, con un vestuario sencillo; él de gris con pantalón de vestir, camisa formal y chaleco, ella con vestido floreado de casa, chanclas con hoyo, calcetines enrollados y el pelo a capricho; actores y personajes que se entregan y comunican.

Por eso, cuando ningún telón baja para subrayar el final, los actores despojan a su personaje de su vestimenta a la vista de un público que no sabe si salirse, aplaudir o ponerse de pie, hasta que Laura, con el pantalón a media pierna confirma: “Ya, son libres”.

Entonces se cierra el juego, con el eco y la imagen de esta Antonietta y este Gabrielle, anclados con fuerza a aquellos que como éstos, se han vuelto parte nuestra.