FICHA TÉCNICA



Título obra La lengua de los muertos

Autoría David Olguín

Dirección David Olguín

Elenco Humberto Solórzano, Rodolfo Guerrero, Gerardo Taracena, Miguel Concepción Macías

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Notas de Iluminación Rodrigo Espinosa / proyecciones

Notas de Música Rodrigo Espinosa / diseño sonoro

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Alegría Martínez, “Terrorismo a la mexicana”, en Laberinto, núm. 355, supl. de Milenio, 3 abril 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Terrorismo a la mexicana

Alegría Martínez

La lengua de los muertos nos arroja a un depósito de cadáveres donde hay una camilla, una mesa de carnicero con cuchillos y un banco. Ahí vemos a Belisario Domínguez como un hombre culto, ético, digno y firme en sus convicciones, ante un feroz Aureliano Urrutia, orgulloso de su devoción huertista y de su maestría anatómica y quirúrgica, victimario de uno de los más firmes opositores de Victoriano Huerta.

Escrita y dirigida por David Olguín, esta obra traslada al espectador a esa larga noche en que el diputado de Comitán fue sacado por la fuerza de su habitación en el Hotel Jardín, –que estaba en lo que hoy es Balderas e Independencia–, para llevarlo al Sanatorium del doctor Urrutia, –localizado en lo que hoy es General Anaya–, donde tiene lugar una intenso enfrentamiento físico-político-verbal entre los dos galenos.

Olguín elige la mítica versión de la historia que afirma que el sanguinario doctor, experto en disecciones, le cortó la lengua al miembro del Partido Liberal de Chiapas, aunque como lo advierte el propio autor en el programa de mano, ese hecho no ocurrió.

Esta opción le permite al dramaturgo y director un buen juego tanto a nivel dramatúrgico como de puesta en escena que alerta desde el manejo de la imagen de la obra, con una lengua como único elemento, a un espectador que en su mayoría desconoce los pormenores del asesinato del fundador del periódico El Vate y del Club Democrático.

Gabriel Pascal ilumina y construye un piso blanco sobre un cuadrado en el que destaca el cromado del mobiliario y de instrumentos quirúrgicos, donde hay un biombo que jamás sabremos lo que oculta; espacio escenográfico que acrecienta la ansiedad provocada por estar al mismo tiempo, frente a un espacio negro y abierto que evoca un lugar sin salida.

Los dos personajes, uno desde el poder y la venganza y el otro desde la convicción y el razonamiento, debaten ferozmente sus irreconciliables puntos de vista en unas horas límite en que Belisario Domínguez, amenazado y sobajado, sostiene que la verdad está en el sacrificio.

El texto de David Olguín, parte de una profunda investigación histórica sobre los personajes, sus acciones y la influencia que éstas han tenido en la vida política del país, material que mezcla con una ficción sarcástica que conduce al espectador a reconocer, entre el terror y la risa avergonzada, la herencia de un terrorismo a la mexicana ejercido a cuenta gotas por los hombres del poder.

Quizá en parte basado en las entrevistas que le hiciera José Juan Tablada al facultativo del exterminio, cuya tesis llevó por título La conservación de los cadáveres y de las piezas anatómicas, el dramaturgo construye con brillantez la ruta que conduce al público hacia el pleno reconocimiento del círculo vicioso que cerca nuestra política.

Olguín, introduce tanto al senador como al compadre de Huerta en un juego que a ratos ambos aceptan vivir en tanto personajes que “representan una escenita de teatro histórico”, con lo que otorga a la acción cierto humor en puntos álgidos del enfrentamiento.

Asimismo, el dramaturgo añade la presencia de José Hernández Ramírez, “El Matarratas”, lugarteniente de la Policía reservada de Huerta, vestido con pantalón de charro y camiseta guadalupana, a quien hoy reconoceríamos como un apestoso madrina de barrio bajo. Este cómplice de asesinatos que gustaba de coleccionar relojes propiedad de las víctimas, es un ejemplo fidedigno de estos personajes imprescindibles en las cloacas de nuestro entorno social.

Como si los personajes fueran extraídos de ultratumba, desempolvados de los libros de historia, reconstruidos a través de mitos y fragmentos de testimonios diseminados por años, David Olguín propone una obra con textura de pesadilla, en la que cada diálogo implica una reflexión profunda, una postura digna de análisis, una compleja construcción verbal con argumentos que se defienden heroicamente, aun desde la desventaja.

La proyección de potentes imágenes en blanco y negro de Rodrigo Espinosa, quien también realizó el diseño sonoro, en contraposición con la visión caricaturezca pero real del Matarratas y la de Victoriano Huerta en calzones con un saco militar de gala y lentes oscuros, llenan de signos reconocibles esta reflexión escénica sobre lo que nos conforma, gracias a esa herencia perversa por conseguir una paz artificial quitando del camino al que disienta.

David Olguín es uno de nuestros mejores dramaturgos. Director, editor y maestro de teatro, tiene, como muy pocos, las herramientas para conjugar los lenguajes de esta disciplina de forma que queden expuestas las contradicciones que nos conforman, ya sea que se trate como en este caso de un asunto histórico o de otra índole.

Sus actores: Humberto Solórzano, Rodolfo Guerrero y Gerardo Taracena o Miguel Concepción Macías, realizan una labor de resistencia actoral de buena factura en este espacio en donde el espectador puede ver lo que no pasó en la historia, al tiempo en que reconoce lo que ya antes de aquel entonces, no ha dejado de acontecer.