FICHA TÉCNICA



Título obra Gorda

Autoría Neil Labute

Dirección Daniel Veronesse

Elenco Héctor Suárez Gomís, Juan Carlos Barreto, Lourdes Reyes, Mireia Gubianas

Espacios teatrales Teatro Fernando Soler

Referencia Alegría Martínez, “El delito de ser gorda”, en Laberinto, núm. 353, supl. de Milenio, 20 marzo 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El delito de ser gorda

Alegría Martínez

Hay una obra que se titula Gorda, o peor aún Fat pig (Gorda cerda) en el original del estadunidense Neil Labute. Gorda es una palabra hoy prohibida que se ha vuelto sinónimo de discriminación, rechazo y marginación. En el escenario, ella es corpulenta, él, aunque delgado, cobarde y sin virtudes; ambos protagonizan una historia que no llega a ser de amor.

El delito de ser gorda –que no gordo–, se paga muy caro en una sociedad como la nuestra, donde la talla extragrande en las tiendas de moda apenas le queda a una flaca con algo de carnita.

De la autoría del dramaturgo conocido como “el chico malo del teatro americano” especializado en abordar conflictos cotidianos que conducen a la mayoría de las personas comunes a una existencia trágica, Gorda, como sus otros textos dramáticos, expone un tema del que se habla apenas en la superficie, o de plano se calla.

Esta obra muestra impúdicamente cómo es que una mujer obesa, sin importar su inteligencia, sensibilidad, simpatía o conocimiento, no es más que alguien de cuya compañía resulta natural avergonzarse.

Neil Labute pone el dedo donde duele, el autor de obras como In a Dark, Dark House, Wrecks, Some Girl(s), This Is How It Goes, The Distance from Here, The Shape of Things, seguro de que la audiencia necesita un buen golpe, ha dicho que su trabajo es buscar las diferentes maneras de arruinarle a la gente un día perfecto.

Sin embargo, lo que este polémico dramaturgo hace es conducir a sus personajes a una situación límite en la que no tienen más remedio que actuar con la bajeza que los caracteriza.

Especialista en temas como el secuestro, la homofobia, el racismo, el sexismo y la crueldad, el autor, que ha aceptado la influencia de dramaturgos como Harold Pinter y David Mamet, propone a una mujer como personaje principal de una cauda de acontecimientos de los que no la salva su generosidad ni su inteligencia, porque está rodeada de humanos estúpidos, pendientes de lo que los demás opinen de ellos.

Divertida, cáustica y dolorosa, Gorda es una obra que nos rasga a través del grito de rechazo que por una razón u otra, todos llegamos a sentir en algún momento. Incluso el personaje que se supone guapo y delgado, toma una decisión a partir de la insoportable inseguridad que le da el ser señalado por estar junto a una mujer de talla grande.

¿De qué estamos hechos? Parece preguntarse el autor, como si no hubiera defecto que perseguir en los criticones.

Y lo que quizá se responda, apunta hacia la desconfianza que nos determina.

Daniel Veronesse, quien hace un año montó con excelencia en nuestro país Mujeres que soñaron caballos, obra que aún puede verse en cartelera, dirige esta vez a un elenco de éxito entre cierto sector de nuestro público.

Héctor Suárez Gomís, Juan Carlos Barreto y Lourdes Reyes, interpretan a los personajes que interfieren con la vida de la Gorda, representada por la actriz catalana Mireia Gubianas, cuyo encanto y buena presencia deja claro por qué ha sido ella quien ha encarnado el mismo papel tanto en España como en Argentina y ahora en México.

Queda patente en el escenario la naturalidad de la actriz española, que se yergue ante ese particular estilo de actuar que caracteriza a muchos actores nacionales en el que la forma no tiene fondo.

Mireia Gubianas, hermosa en su amplitud corporal, dueña de sí y a gusto tanto con su personaje como consigo, se desplaza en el escenario, ya sea en el restaurante o en la cama, con la naturalidad de un día cualquiera, plena en su vestido de calle como en su sostén y su braga negros, como si no hubiera ningún par de ojos sobre su cuerpo.

Lourdes Reyes, por su parte, atractiva en su delgadez, libera hasta lo estridente a ese personaje hueco que clama por el control de una relación rota desde antes de su inicio.

Juan Carlos Barreto, excelente en su rol de amigo cínico, hace que éste goce a tal grado su propia miseria, que es casi imposible contener la risa ante la atrocidad de su proceder y lo patético de sus confesiones.

El personaje de Barreto resume bien ese montón de basura humana en que somos capaces de convertirnos.

Suárez Gomís, cumplido en su rol de oficinista inseguro y cobarde, deja en algo ver los remilgos del actor ante su personaje.

Quizá el actor deja filtrar información represora a su personaje al momento de acariciar una frondosa nalga, o tal vez el prejuicio de aquél a quien representa se atasca entre lo que siente el actor y lo que debería sentir Tomy, el personaje. El caso es que de repente aparece algún obstáculo entre lo que dice y lo que hace, como a final de cuentas exige el autor de la obra que le ocurra al personaje.

Sin embargo, Labute, Veronese, Gubianas y el elenco de Gorda nos arrancan lágrima o carcajada, como si se pudiera elegir una u otra ante el constante drama que implica convivir con nuestros semejantes.