FICHA TÉCNICA



Título obra Nuestra señora de las nubes

Autoría Arístides Vargas

Dirección Arturo Díaz de Sandy

Grupos y Compañías Taller Laboratorio de Actuación de la Universidad Autónoma de Sinaloa

Elenco Arturo Díaz de Sandy, Norma Angélica

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Alegría Martínez, “Repudiar el silencio”, en Laberinto, núm. 345, supl. de Milenio, 23 enero 2010, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Repudiar el silencio

Alegría Martínez

Un hombre y una mujer arriban con maleta al escenario vacío para desbordar lo vivido, como si pudieran doblarse los recuerdos y emerger bajo un sombrero de paja, un velo de novia o una peluca ingenua.

Dos personajes que se vuelven otros con un trapo y un gesto, un andar de lado o una mirada torpe, al son de una tonada que habla del desahucio, atraen historias de olvido, de exilio, de lo que dejó de tenerse y de lo recuperado en la lejanía.

Nuestra señora de las nubes de Arístides Vargas, autor argentino exiliado en Ecuador, llega al Taller Laboratorio de Actuación de la Universidad Autónoma de Sinaloa, (TLAUAS), bajo la dirección y actuación de su responsable, Arturo Díaz de Sandy, quien invita a la actriz Norma Angélica a presentarse con él en un Festival de Teatro en Uruguay, y a ofrecer una breve temporada en el Teatro Casa de la Paz de la UAM.

El acogedor foro de la colonia Roma, resucitado en esta nueva época, da cabida así a un montaje sencillo de producción mínima en el que lo esencial está en la palabra, en la transformación de los personajes, en la capacidad actoral para ser uno y muchos con sólo unos segundos de por medio.

La distancia de este tipo de montajes que sólo pueden verse en su estado natal o gracias a alguna muestra de teatro, se acorta para los espectadores citadinos que pueden ver cómo será representado México ante otros países de Latinoamérica.

El sabor de aquellas obras políticas con que los jóvenes de los 70 y 80 deseaban cambiar al mundo y gritar su desamparo ante las políticas sordas a la mayoría, retoma su lugar en esta puesta en escena que expone historias cercanas, reconocibles.

Abusos de toda índole, férreas creencias morales, corrupción sin límite, flirteos de juventud y una toma de conciencia permanente hilvanada por imágenes crudas y recuerdos cálidos, alimentan las historias de Nuestra Señora de las nubes.

Inocente e incluso tierno por encima de sus reflexiones, el montaje adquiere matices intensos por los actores que lo protagonizan, especialmente por la fuerza de la actriz Norma Angélica, quien transita libre y segura entre los géneros y los cambios de personaje.

Más ruda que dulce y contundente que tersa, la proyección de esta actriz que mostró la calidad de su madera actoral 20 años atrás, conduce al espectador por las lágrimas del abandono, la largueza de los años y la picardía del debutante, al ritmo de sus propios latidos.

Fuerte y desafiante, Norma Angélica da uso a los elementos de vestuario como si se tratara de prendas mágicas que al roce de su piel o su cabello transformaran su rostro, su gesto, su historia y su consecuencia.

Arturo Díaz de Sandy, por su parte, en una proyección más sosegada, quizá habituado a interpretar personajes más resignados, construye la contraparte femenina desde un fracaso aceptado que expone el descontento de su personaje al margen de la discordancia, más bien a la sombra.

Ambos personajes, en una labor de equilibrio sobre la escena, convierten su maltratado equipaje en mesa, bicicleta, baúl, armario y herramienta de evocación hasta donde el cuerpo y la imaginación apoyan la memoria de una tierra que ya no les pertenece.

La necesidad de zambullirse en el tema sin rechazar vetas de humor metafórico y algunos juegos poéticos que el autor elige para resanar las marcas de un dolor continuo, hace que los personajes de Nuestra señora de las nubes deban lidiar con esta otra exigencia que complica más la interpretación de los actores.

Sin embargo, este camino de escollos no está a la vista porque los intérpretes bien lo sortean.

Esta puesta en escena, arrastra también ese olor a derrota que no era evidente hace 20 años, cuando las mismas palabras sonaban a gritos de triunfo.

Nuestra señora de las nubes es un paseo por un pueblo abandonado, hasta donde llegan ecos de una voz que pregunta, otra más que recuerda, alguna que calla y una más que todo lo ignora.

Qué nos dice hoy este montaje en el que dos actores de larga trayectoria retoman el lenguaje que seguramente ya habían expresado en otra época con otro ímpetu.

Quizá, en efecto, como lo dice Arístides Vargas mediante uno de sus personajes, haya que repudiar el silencio y desandar el camino para despojarse de prendas y de artilugios.

Puede ser que ese hombre y esa mujer, personajes que con facilidad encontramos al paso por la calle, sean quienes desde el escenario nos detengan a pensar sobre la infinidad de exilios a que estamos expuestos.

Pero de igual modo, tal vez y ante la desazón aplastante, ese extrañamiento de nosotros en un lugar que ha dejado de ser nuestro, ese pavor a desear algo que nos parece inmerecido, o el reconocer que los rostros se desvanecen y que el amor más puro puede extinguirse entre dos muros, no sea precisamente, un sendero para re andar hoy con el ánimo dispuesto.