FICHA TÉCNICA



Título obra Memorias prestadas

Notas de Título Basada en textos de Fernando Pessoa

Dirección Claudia Cabrera

Elenco Alejandra Hera, María Sandoval, Marina Vera

Escenografía Javier Muñoz

Coreografía Myrna de la Garza

Vestuario Jimena Granados

Notas de vestuario Jimena Granados / maquillaje y peinados

Espacios teatrales La Otra Nave

Referencia Alegría Martínez, “En la orilla de los recuerdos”, en Laberinto, núm. 339, supl. de Milenio, 12 diciembre 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

En la orilla de los recuerdos

Alegría Martínez

Recuperar experiencias, pasear la emoción por episodios transcurridos, evocar lo que hemos arrinconado sin saber dónde, tocar justo ahí donde hemos olvidado que duele; algo como esto propone el espectáculo Memorias prestadas, que nos deja la ilusión de un viaje emotivo y lúdico con tres guías femeninas a bordo de un vehículo estacionado.

Esta vez no hay anécdota clara, personajes definidos, o línea de acción concreta. El público está ante un espectáculo poético que toma forma en el cuerpo, la voz, los movimientos y breves trayectos de tres actrices vestidas de blanco que trepan, corren, comparten, se afligen o se alegran en un estrecho pasillo, donde interactúan con los espectadores que desde el primer momento encuentran en su propia memoria, el eco de lo que dicen esas voces ajenas.

Como si se tratara de un juego sorpresa, de un ejercicio escénico al que se prestaran gustosos sin temor al resultado, los espectadores de Memorias prestadas escuchan una invitación al pasado, a recordar el momento en que el dolor se volvió insoportable.

Lo demás es parte de la consecuencia: las actrices se tornan acompañantes que no dejan de nutrir las claves habladas, a veces con suavidad, por momentos con cierta rudeza o dulcemente. La audiencia transforma cada frase, la modifica o diluye hasta que una actriz pregunta cómo recrear un recuerdo mediocre o cómo se pueden matar las reminiscencias.

La experiencia desconcierta y en la orilla de los recuerdos se puede sentir temor o percibir el reblandecimiento de una lágrima hecha piedra, pero de manera intermitente se recupera el juego, la posibilidad de no soltar las alusiones al pasado.

Ahí están Alejandra Hera, María Sandoval y Marina Vera, quienes echan mano de su bagaje actoral para hacer suyas las palabras de Fernando Pessoa, para sacar la poesía del libro y pronunciar las palabras mientras ellas andan o se acuclillan ante miradas que luchan por no revelar las mareas internas.

El marinero de Alberto Caeiro, obra en la que tres mujeres velan a una mujer muerta, es un fragmento de los textos seleccionados por este grupo que dirige Claudia Cabrera.

En el escenario, las frases del poeta cobran otra densidad, otro brillo. A ratos se hacen intensamente presentes y por momentos se desdibujan, pero las actrices están ahí plantadas con la certeza de que eso es lo que les importa decir y en esto reside su fuerza.

Más tarde, las palabras que terminan este viaje por el cuestionamiento de la memoria, pertenecen a las protagonistas, ellas completan el tema y así es como le otorgan al lenguaje un giro de tuerca, un tono cotidiano al temido tema.

Canciones mimadas, danzas, alguna acrobacia, pasos en cámara lenta, un bello semidesnudo, la loca carrera de caballos de juguete, bolsas de plástico por espuma marina y pompas de jabón, completan este viaje interno en compañía que un puñado de espectadores vive dentro de un trolebús a la orilla de un parque citadino.

Pocos peatones imaginarán los lugares visitados por quienes se encuentran sentados en un vehículo que dejó de transitar hace tiempo para caminar rutas de silencio desconocidas. Sin avanzar un milímetro llegan los lugares a la mente de estos viajeros inmóviles que durante más de una hora reciben mensajes de su pasado.

Más allá de las olas, de los relojes, de los olvidos y de las palabras, el juego se torna infantil y el sentimiento se hunde o toma alas. Más tarde se clama de nuevo por las palabras y aun después por el silencio, cuando se han abierto ya las trampas que conducen a nuestro subsuelo.

Memorias prestadas es una propuesta escénica joven con las virtudes que integra un grupo de artistas que se arroja a un tema, que indaga el modo de articularlo en un espectáculo y encuentra caminos para que el espectador se involucre en un juego poco habitual, donde está implicado en un porcentaje mayor que el acostumbrado.

El montaje sin embargo también tiene las flaquezas propias del aprendizaje y el crecimiento, relacionadas con un mejor manejo corporal que verbal, y con un ritmo que a ratos decae con estrépito.

Sin embargo, es más lo que estas actrices y su directora logran con su trabajo que los ajustes que se puedan hacer para conducirlo a la solidez.

La invitación a entrar en un viejo trolebús que ya no circula y dejarse llevar por tres personajes vestidos de blanco a un viaje introspectivo en medio de una ciudad que lo impide permanentemente, resulta atractiva.

La posibilidad de permitirse escuchar distintos fragmentos de historias ajenas, que necesariamente remitirán a las propias, sin involucrarnos con un solo personaje o con su historia, sino con ése que somos cada uno, puede llevar a un auto-descubrimiento o sencillamente a escapar del encierro.

Con un vestuario sencillo, funcional y sexy a cargo de Jimena Granados, quien también es responsable de maquillaje y peinados, la coreografía y asesoría corporal de Myrna de la Garza e iluminación de Javier Muñoz, Memorias prestadas puede verse como un recital con movimiento, un espectáculo de introspección poética, un performance bien estructurado, o un viaje en compañía a ese lugar al que puede disgustarnos ir solos.