FICHA TÉCNICA



Título obra Boris Godunov

Autoría Alexander Pushkin

Notas de autoría David Plana / dramaturgia; Álex Ollé / idea original

Grupos y Compañías La Fura dels Baus

Espacios teatrales Teatro Metropólitan

Referencia Alegría Martínez, “La insensatez de la violencia”, en Laberinto, núm. 329, supl. de Milenio, 3 octubre 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La insensatez de la violencia

Alegría Martínez

A cinco años de su última vista a México, La Fura dels Baus retorna con una propuesta, mezcla de ficción y realidad, en que el recurso multimedia y la representación teatral arrojan al espectador al centro de una atmósfera inquietante que lo vuelve rehén mental de un espectáculo basado en un hecho verídico cometido hace siete años.

La toma del teatro Dobrovka de Moscú en 2002, a manos de separatistas chechenos durante la representación de la obra musical Nord-Ost, sirve de base a los fureros para motivar en los espectadores una reflexión sobre la violencia, la corrupción, el poder y sus efectos.

En México, el Teatro Metropólitan sirve de escenario tanto para la escenificación parcial de Boris Godunov de Alexander Pushkin –interrumpida por los gritos y las detonaciones de los asaltantes–, como para evocar el teatro instalado en la antigua Casa de la Cultura de la Fábrica de Rodamientos, en la calle Melnikova de Moscú.

Viejos seguidores de La Fura dels Baus que pudieron verlos en su primera visita a nuestro país, cuando en marzo de 1987 presentaron Bajada de humos en el edificio vacío de Avenida Juárez 14, Accions en un patio lateral del Auditorio Nacional aún sin remodelar y años después F@ust 3.0, se encontraron ahora con la madurez de una compañía que tiene más recursos de producción a su alcance y presta mayor atención a la dramaturgia.

Una gran pantalla con cuatro paneles móviles de ocho metros de largo proyecta los muros, las columnas, los ventanales del Palacio Ruso y a la multitud rogándole a Godunov, asesino del heredero al trono, que acepte la corona.

Las imágenes del recinto se mueven, giran, expanden el espacio al tiempo en que los actores de esta lucha de poder lo transitan, de modo que su caminata acciona la posibilidad de seguir con la vista del inmueble.

Asistimos a una especie de juego virtual a gran escala concebido en blanco y negro, donde de repente los personajes ya están de pie sobre un balcón o sentados en un trono –aunque escenográfico– real, como si se pudieran desprender de una animación que subraya su corporeidad.

El encendido de la luz de la sala y la irrupción de encapuchados con armas, sorprenden al público de dos ficciones vinculadas por la pugna política envuelta en odio y avidez de venganza.

La ilusión del teatro sufre cuarteaduras y el escenario es despojado de su telón de fondo para mostrar el muro de concreto, las varas, los reflectores apagados, la parte interna de la caja negra desprovista de elementos generadores de magia.

El gesto del público refleja sorpresa, inquietud, duda, falta de convencimiento, complicidad, nerviosismo; la pasividad habitual se ha roto. Las cabezas giran para seguir el andar del líder, de sus compañeros, de los disparos, los gritos y las corretizas; la segunda ficción irrumpe.

Convencido de que “las batallas no se ganan con palabras” y de que morir no es lo peor que nos puede pasar, el jefe del grupo armado, en la obra llamado Óscar, representa a Basayev acompañado por su equipo en una activación de la memoria sobre aquel secuestro múltiple cuyas acciones se reviven mediante la cámara de circuito cerrado que escudriña los rincones del gran teatro.

La vigilancia en los sanitarios, persecuciones por el vestíbulo, las tomas agigantadas de la televisora TVM y los espectadores en sus butacas, son imágenes en tiempo real proyectadas al fondo del escenario. El público observa y se mira en medio de la acción.

Los catalanes proponen un montaje eficaz al que añaden una cámara más que se interna a la junta de los representantes de gobierno, donde la dramaturgia de David Plana supone los diálogos del poder y más tarde hace un acercamiento a la confesión dolorosa de una mujer del comando.

La Fura dels Baus, a partir de la idea original de Álex Ollé, no sólo activa al espectador mediante la acción externa, en esta ocasión hace un alto para indagar en la humanidad de los victimarios y consigue la intimidad en la aridez del escenario, donde una viuda expone su ruta del odio, como si fuera del interlocutor y nadie pudiera escucharla.

Apoyados por actores mexicanos que participan en papeles breves como espectadores maltratados, asesinados o perseguidos, los catalanes refuerzan la presencia del terror, que aun dentro de la ficción llega a mudar rostros.

Sin pronunciar el nombre del territorio donde Putin tenía 50 mil soldados, ni aludir a las acciones previas del jefe separatista por cuya cabeza se llegó a ofrecer diez millones de dólares, La Fura dels Baus alude al miedo que padece el mundo y a insensatez de la violencia como única vía de defensa.

La idiosincrasia del espectador nacional salió a relucir al término de la representación de Boris Godunov en un registro que fue de la plena satisfacción a la caricia nostálgica, y de ahí a la autodefensa: “yo nunca les creí nada”. Lo cierto es que esta experiencia, en un país que cada día esconde su violencia con peores resultados, produjo un impacto a la indolencia.