FICHA TÉCNICA



Título obra Yo soy mi propia esposa

Autoría Doug Wright

Dirección Lorena Maza

Elenco Héctor Bonilla

Escenografía Sergio Villegas

Iluminación Sergio Villegas

Vestuario Cristina Sauza

Espacios teatrales Teatro Rafael Solana

Notas de productores Juan Torres y Guillermo Wiechers / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “El hombre llamado Charlotte”, en Laberinto, núm. 327, supl. de Milenio, 19 septiembre 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El hombre llamado Charlotte

Alegría Martínez

¿Qué puede impulsar a Héctor Bonilla a representar el papel del travesti más célebre del siglo XX en Alemania?

Desde luego el reto que como actor le implica, aunque en su experiencia éste es el montaje número 126 en que participa; quizá el total de personajes que interpreta y que sobrepasa los 30, pero seguramente por encima de estas posibilidades se encuentra el hecho de que se trata de una historia asombrosamente humana.

La obra escrita por Doug Wright, titulada Yo soy mi propia esposa, hace referencia a la compleja vida de Lothar Berfelde, nacido en 1928 en Alemania, hijo de madre aristócrata y padre militante del Partido Nazi.

Cuando el niño aficionado a usar ropa femenina llegó a ser adulto decidió lucir cotidianamente un sobrio vestido oscuro con tablones y un collar de perlas, sin tacones ni maquillaje. Su imagen era la de un hombre con dos aditamentos propios de mujer, en una época y un país en los que esto era un desafío inadmisible.

La actividad de este personaje también homosexual, una vez que adoptó el nombre de Charlotte von Mahlsdorf, se concentró en conservar el museo que fundó en el sótano de su casa, donde exhibía los muebles de las familias judías deportadas o asesinadas.

En esta obra, los secretos del personaje principal se develarán conforme las distintas voces del actor construyan, en sintonía con el espectador, la fisonomía de todos aquellos que incidieron en su vida.

El público ve a un personaje delicado, inteligente, sensible, culto y cortés, en un sinfín de circunstancias que su intérprete crea absolutamente solo sobre el escenario, donde una hilera de 21 réplicas de muebles de fines del siglo XIX emiten sonidos que van desde bombardeos y conversaciones, hasta la voz de Hitler y algo de música, elemento clave en la vida de Charlotte.

La vida de quien recibió la Cruz al Mérito en su país, proveedor del único sitio de reunión para gays y lesbianas de la época, transcurre diáfana al vuelo de las palabras que Héctor Bonilla maneja a su antojo. Al hacer uso de los recursos que posee su amplio registro, vemos que un ligero cambio de tono, un movimiento de cabeza, una actitud corporal cambiante, una mirada o un ritmo distinto, lo transforman en otro personaje.

Admirablemente, el actor mantiene de manera permanente un difícil diálogo entre el entrevistador –que viene a ser el propio autor, quien grabó sus conversaciones con Charlotte sostenidas entre agosto de 1992 y enero de 1994– y el personaje entrevistado, que además de responder, evoca o platica con otras personas.

Dos grandes placas metálicas a lo largo del escenario contienen la figura de Charlotte, rodeada de los agentes de la Stasi, o de los visitantes del museo, los nazis, los carceleros, la comunidad gay, los soldados o los anticuarios que se relacionan con ella, pero en realidad ahí solo hay un hombre que en tanto actor nos hace escuchar y prácticamente ver a los otros.

Increíblemente Bonilla consigue llevarnos al lugar de cada suceso sin salir de escena, sin letreros, sin necesidad de que sea rotada la escenografía; el actor construye el universo en su mente y a partir de ahí todo sucede.

Cuando menos nos damos cuenta, Charlotte, con su pañoleta en la cabeza, es un personaje entrañable y propio, alguien familiar cuya ausencia de segundos nos sobresalta cuando, por ejemplo, el actor debe dar cuerpo y voz a un estridente locutor de reality que acosa a Charlotte sobre un set televisivo. Bonilla juega con maestría a reaccionar a su propio estímulo.

Lo afortunado de esta puesta en escena es que conjunta los elementos generadores del prodigio: la historia para el teatro de las minorías basada en hechos verídicos, la dirección a un tiempo sutil y reveladora de Lorena Maza, la actuación reactiva de Héctor Bonilla, el vestuario de Cristina Sauza, la escenografía e iluminación de Sergio Villegas y la producción de Juan Torres y Guillermo Wiechers.

El dramaturgo de origen estadunidense, nacido en 1962, también autor de la obra Quills (llevada al cine con el título Letras prohibidas), se dio a la tarea de crear una obra sobre este “icono de la liberación, sobreviviente de los regímenes más homofóbicos de la historia”, como dice Bonilla.

El montaje, después de recibir premios y de ser montada en Nueva York, Buenos Aires y Barcelona por sus mejores exponentes en este arte, encuentra en el actor mexicano a un bien dotado protagonista para México.