FICHA TÉCNICA



Título obra La inocencia de las bestias

Autoría Verónica Bujeiro

Dirección Claudia Romero

Notas de dirección Naolli Eguiarte / asistencia de dirección

Elenco Llever Aíza, Emilio Savinni, Gerardo Alonso

Escenografía Víctor Padilla

Iluminación Jorge Ramírez

Notas de Música Géraldine Célerier / diseño sonoro

Vestuario Víctor Padilla

Espacios teatrales Foro La gruta

Referencia Alegría Martínez, “El eco de lo ausente”, en Laberinto, núm. 325, supl. de Milenio, 5 septiembre 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El eco de lo ausente

Alegría Martínez

La insatisfacción llega esta vez al teatro dentro del cuerpo y el alma de unos gemelos, viajeros de la fantasía hacia el abandono y la soledad que transpiran a un mismo ritmo.

Como si se tratara de dos animales, a ratos personas que hablan y usan ropa raída del siglo XIX, sin zapatos ni sombrero, los hermanos Helio y Gelio esperan en voz alta la llegada de una mascota.

Ubicados en el recibidor de una casa con muros tapizados de rojo y oro, donde una puerta y un gran retrato de los padres domina el espacio, estos dos seres reptan, gritan, brincan y se acosan entre jaulas de ave vacías y tras la luz de una hilera de bombillas.

Hasta ese lugar que grita vacío se reciclan las riñas de personas que comparten hábitos, anhelos y fobias.

Verónica Bujeiro expone en su obra La inocencia de las bestias esa convivencia que se da entre familiares quienes, conociéndose hasta el hastío, se necesitan sin remedio.

Diálogos inteligentes en combinación con sarcasmo, violencia y ternura, escapan entre gruñidos y gritos de dos personajes extraños a primera vista, que a los pocos minutos resultan demasiado cercanos.

La dramaturga teje hábilmente esa contradictoria circunstancia entre quienes se repelen y se atraen, mediante el uso de personajes ambivalentes que se relacionan desde la profundidad de sus necesidades.

Cruel espectáculo resulta el espejo hechizado en que la dramaturga y la directora Claudia Romero Herrera –jóvenes ambas– proyectan la soledad ancestral del género humano.

A ritmo de juego circense, como si se tratara de un grotesco número que presenta fenómenos de feria en su propio hábitat, lo que el espectador observa es la reproducción del descontento cotidiano.

A manera de Esperando a Godot..., a mi mascota, a mi madre, padre o lo que sea que pueda suplir el gran hueco que nos determina, los dos hermanos aluden a sus vicios, temores, fantasías y obsesiones, aterrados ante la posibilidad de deslizarse unos milímetros fuera de su territorio agobiante.

Los actores Llever Aíza y Emilio Savinni interpretan a los hermanos que a veces son él y luego son ella, quienes de repente comparten o rechazan la náusea de la espera como marido y mujer, madre o padre; al fin y al cabo dos personajes involucrados en conseguir un milagro de un recién llegado.

Ambos profesionales de la escena, también docentes, practican el uso pormenorizado del cuerpo, del gesto, de la voz y el movimiento en su cíclico camino.

Cada milímetro de su instrumento actoral traduce, subraya, acota o se opone voluntariamente a lo que el personaje pronuncia. El lenguaje animal se mezcla con el humano en músculos crispados, dedos separados, rodillas al aire, ojos desorbitados, cabezas al suelo: Llever y Emilio explotan las posibilidades de una expresión extrema.

Por su parte, Gerardo Alonso, actor a cargo del rol de maestro de ceremonias, domador y mensajero del prodigio o de la ausencia de éste, inicia y cierra con eficacia esta pista en la que está en juego el eco de lo ausente.

El espectáculo descansa también sobre esa serie de significados que puede dar un golpeteo de manos en el piso, el resultado de una maroma o el sonido y la imagen de una cadena para perro que serpentea sobre el piso.

Cada acción y palabra encierran un contenido que logra llegar al espectador gracias al trabajo de este equipo joven que muestra la madurez de una labor consistente sobre el escenario.

En La inocencia de las bestias, la dramaturga mexicana realiza una intensa búsqueda por abordar desde una perspectiva lúdica y con arrojo, el eterno conflicto familiar, el círculo vicioso de la comunicación estancada, la aspiración infinita de cuidar de un ser vivo para sentirse amado en reciprocidad de los cuidados otorgados.

Lingüista y guionista, Verónica Bujeiro profundiza en esa relación que las personas establecen con sus mascotas de las que esperan un amor incondicional, al tiempo en que las vuelven depósito adecuado para volcar el suyo, generalmente inmerecido por el género humano.

La cruda mixtura de lo bestial inherente a todo ser vivo, constante en el texto, en la metáfora generada por los actores y en la meticulosa dirección de Claudia Romero, se expande desde el vértice del espacio hasta la última butaca.

Con escenografía y vestuario de Víctor Padilla, quien nos transporta a una época de brocados y bellas apariencias, desgastadas y desgarradas en el momento en que irrumpimos en la vida de los hermanos, esta puesta en escena cuenta con el diseño sonoro de Géraldine Célerier, la iluminación de Jorge Ramírez y la asistencia de dirección de Naolli Eguiarte, aportaciones que conducen la propuesta a buen puerto.