FICHA TÉCNICA



Título obra Historia de un triunfador

Autoría Íñigo Ramírez de Haro

Dirección Emilio Orihuela Molina

Grupos y Compañías Grupo Generando

Elenco Rodolfo Galindo, Jorge Moreno, Teresa García, Claudia Espejel, Leydiana Montes de Oca, Dalia Cabrera, Lety Rojas

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Notas de productores Esther Chaparro / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “La gran farsa”, en Laberinto, núm. 323, supl. de Milenio, 22 agosto 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La gran farsa

Alegría Martínez

Resulta trágico que el texto de un autor español como Íñigo Ramírez de Haro, a quien se ha perseguido en su país, donde la censura y los golpes han llovido sobre el cuerpo de los actores que representan sus obras, se estrelle en México con una errada dirección de escena que no consigue traducir lo que el texto dramático propone, con lo que el resultado es precisamente lo opuesto a lo que supone el objetivo de esta incisiva obra.

Con más enjundia que rigor, ingenio y análisis, el grupo de teatro Generando, como lo expone en el programa de mano, eligió la obra Historia de un triunfador para titularse y posteriormente sus integrantes, “movidos por el ímpetu creativo”, buscaron “llevar la escenificación más allá de las fronteras de la universidad y al mayor número de gente”.

El problema radica en que el espectador de este montaje presencia un largo trabajo que no deja de ser escolar, en el que se abusa de todos los recursos escénicos que se descubren al cursar la carrera de teatro y que funcionan en el pequeño escenario de práctica, pero que sobre un foro abierto a público que compite con otros montajes en cartelera, exhiben un trabajo de poco nivel.

El regodeo en el uso del estroboscopio, la luz roja por encima de toda opción, las eternas pausas y oscuros gratuitos, el tímido juego que imita al cine mudo mediante la entrada y salida de una actriz cartel en mano con el nombre del lugar o del personaje; la rigidez física y uniforme de éstos, la excesiva utilización de pantomima para fingir objetos y mobiliario ausente, incluida el agua invisible que simula beber el protagonista, son parte de una serie de recursos fáciles que no benefician el discurso escénico.

Sin embargo, lo más grave y quizá la base del terreno falso sobre el que se levanta este montaje, es la falta de comprensión del texto dramático, que plantea acertadamente desde una descarada crudeza la figura del triunfador como un ser ambicioso, caníbal y sin principios, mediante situaciones grotescas que exponen la discriminación, la ingratitud, la soberbia, la vanidad, la ignorancia y el desamor.

Está claro, por la estructura y la inteligencia de los diálogos, que si éstos no son tomados en serio por los actores de manera que sus personajes se conduzcan con verosimilitud dentro de la ficción, todo se banaliza. Lo que se observa sobre el escenario es que los actores juzgan de antemano a sus personajes, los descalifican, los critican y desde ahí los interpretan, en vez de buscar el objetivo mayor de cada uno y construirlo sobre esa base por más atroz que ésta parezca.

Ocurre entonces que todo se convierte en una gran farsa doble, independientemente del género de la obra: los actores les prestan tonos, movimientos y miradas impostadas a sus personajes y desde arriba le hacen un guiño al espectador en una discriminación implícita de su inteligencia, para que le entre al juego de fingir que se cree lo que el actor no se toma en serio.

Ubicados en estas vías incomunicantes de significados equívocos, lo que de por sí es grotesco –porque así lo plantea el autor dentro de su crítica social feroz–, se vuelve artificial y ordinario porque arriba del escenario lo que sucede está adulterado y entre las butacas sólo los largos suspiros y los bostezos acallados del espectador revelan el verdadero estado de ánimo de un público que aguanta con educación y benevolencia un montaje que nunca levanta el vuelo.

El dramaturgo Íñigo Ramírez Haro, nacido en Zarauz, Guipúzcoa, en 1954, capaz de escribir obras con títulos como: Di si mula, Aún más turbación, Tu arma contra la celulitis rebelde, Franco, ese santo, Ojalá estuvierais muertos y su tan repudiada obra Me cago en Dios, entre otras, expone con un humor mordiente y extremo su rechazo a toda estructura establecida que tenga que ver con la familia, Dios, la patria y el capitalismo, asuntos que deben tratarse con seriedad para que resulten reveladores sin perder la contradicción.

Es evidente que el grupo Generando, integrado por Rodolfo Galindo, Jorge Moreno, Teresa García, Claudia Espejel, Leydiana Montes de Oca, Dalia Cabrera y Lety Rojas, dirigidos por Emilio Orihuela Molina, coincide con el dramaturgo en su rechazo a las instituciones anquilosadas, al artificio, la hipocresía y la deshumanización, aunque contradictoriamente la mayoría de las interpretaciones sean una débil simulación.

Fuera del ímpetu con el que el grupo hace su trabajo, del programa de mano ficción hecho por Luis Miguel Paredes, a manera de ejemplar periodístico; del trabajo de Esther Chaparro en la producción ejecutiva y del arrojo que se requiere para llevar a escena una obra de Ramírez de Haro, se le reconoce también al grupo la curiosidad que deja en el público por conocer más de cerca al autor, a quien el Arzobispado de Madrid reclamó haber cometido con una de sus obras “la mayor ofensa a la dimensión humana más sublime de la persona”.