FICHA TÉCNICA



Título obra Tren bala

Autoría Humberto Pérez Mortera

Dirección Bruno Bichir

Notas de dirección Lorena Vega / asistencia de dirección

Elenco Heriberto del Castillo, Franco Guzmán, Miriam Romero

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Alegría Martínez, “Eterna caza del deseo”, en Laberinto, núm. 321, supl. de Milenio, 8 agosto 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Eterna caza del deseo

Alegría Martínez

El teatro se vuelve a colar hasta las habitaciones como si no hubiera modo de cercarlo y, escurridizo, encuentra espacios reducidos que lo aproximan a un espectador ávido, despojado de protecciones.

El Foro Shakespeare retoma el vuelo y en los cuartos que fueron oficinas o bodegas, ahora respiran público y personajes.

A un lado de la cafetería, luego de subir un piso de escalones, la habitación de un hotel barato abre paso a tres huéspedes en su torbellino de obsesiones individuales y a un puñado de público que toma asiento a unos cuantos centímetros de distancia.

La joven asistente de dirección, Lorena Vega, asimismo a cargo de la consola de luces, audio y “ruiditos” que más tarde emitirá con su boca, da la bienvenida, cierra la puerta y solicita a un hombre mayor que vuelva a su asiento al inicio de la función.

A la acción de desvestirse del hombre frente a un perchero, sigue la de ponerse de pie por parte de una chica y un joven que se desprenden de las bancas del público para integrarse a esa única recámara en la que compartirán el espacio sin estorbarse, como si cada uno estuviera en su propia habitación.

Tres historias de seres en busca de una satisfacción que se rompe, se desvanece o se vuelve espejismo dentro de las mugrosas paredes de un refugio único ante la imposibilidad de su deseo.

Bruno Bichir dirige Tren bala de Humberto Pérez Mortera, un texto que remite a la claridad mediante el caos interno de sus personajes, cuya vehemencia arroja a un vértigo que se detiene sólo para constatar el desaliento.

Un jefe jubilado, una joven anhelante de un enamoramiento acuático y un chico que persigue con fervor la posibilidad de estar en el concierto de su cantante preferida, dan al dramaturgo la posibilidad de la sumersión en el desamparo, a la eterna caza del deseo, y otorga al director la oportunidad de jugar con el espacio, el ritmo, la simultaneidad de acciones y la reacción del público en el radio de la acción misma.

Una cama con colchón a rayas, bajo una mortecina luz, un ventilador de aspas, una mesita de noche y un baño con puerta de vidrio y marco de madera completan el escenario ante unas bancas corridas que son ocupadas por los observadores de tres soledades que se cruzan sin llegar a tocarse y cuyos protagonistas prestan su voz a intervalos para darle continuidad a la historia del otro que requiere una presencia más para completar su historia.

En el pequeño escenario llamado Espacio Urgente 2, las acciones ocurren como ráfagas, a veces con un estruendo innecesario de puertas azotadas y lanzamiento de objetos generadores de sobresaltos que la acción dramática no produce.

Sin embargo el espectador se encuentra de repente ante una cantidad incesante de imágenes y acontecimientos que le impiden bajar la guardia de su atención y sus sensaciones.

Estar presente en ese cuartucho de paso, donde sus huéspedes se debaten entre lo que persiguen y las barreras que los detienen resulta una experiencia distinta, atractiva por la cantidad de imágenes que se agolpan entre lo que se observa y lo que se evoca.

Despojados de reflectores y de un escenario que les adjudique una dimensión de personajes distinta a la de quienes los miran, los personajes de Tren bala se mueven libres en la opresión de su angustia.

Semidesnudos, sentados en el excusado, sobre la cama y en el vaivén incesante de un tren que les impide hacer tierra, o arrinconados en una autoderrota desesperada, los dos jóvenes y el hombre mayor de esta obra son seres de este mundo impedidos de abandonar sus obsesiones.

Encerrados tras una ventana cuyas cortinas abiertas ofrecen a los espectadores el paisaje urbano de la colonia Condesa, donde pasa una pipa de Pemex o los vendedores ambulantes que vuelven a casa empujando su carro de mercancías, los protagonistas de Tren bala se mueven bajo una telaraña de hilo rojo que cruza la habitación, ante una urgida carta amplificada en la puerta, o entre el incesante timbre de varios despertadores.

La desesperación y el fracaso inundan ese espacio donde la ternura es una aspiración aplastada por lo que ya pasó y no puede cambiarse o por lo que no podrá ser.

Heriberto del Castillo es el gerente retirado, Franco Guzmán el admirador de su ídolo y Miriam Romero la chica anhelante, cada uno sujeto al círculo vicioso de su personaje y al mismo tiempo capaz de entrar y salir de su ficción en la intermitencia que exige la historia del otro.

Ejercicio escénico que sostiene con eficacia la comunicación entre actores, personajes y público en una banda múltiple que no detiene su marcha, donde los efectos especiales son parte del juego de una ingenuidad trágica en el que se plantea una inmensa necesidad al límite.

Bruno Bichir arriesga y propone a partir de su faceta de director e impulsor teatral, un espacio, una dramaturgia, unos actores y un acercamiento con el espectador que retoma el buen camino hacia el transfigurado arte de la personificación.