FICHA TÉCNICA



Título obra Juntos y felices

Autoría Leticia Huijara

Dirección Claudia Ríos

Notas de dirección Hugo Martínez / asistencia de dirección

Elenco Leticia Huijara, Carmen Delgado, Bárbara Eibenschutz, Juan Carlos Barreto

Escenografía Víctor Padilla

Iluminación Diblik Rabía

Vestuario Pilar Boliver

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Notas de productores Sebastián Sánchez Amunátegui, Esther Chaparro y Liliana Rosas / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Verdades inconfesables”, en Laberinto, núm. 319, supl. de Milenio, 25 julio 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Verdades inconfesables

Alegría Martínez

Juntos y felices es la ópera prima de Leticia Huijara, actriz de su propio texto que la revela como una dramaturga capaz de escribir sin tropiezos, con valentía, sarcasmo y coraje, sobre la familia, la muerte y las verdades inconfesables que se escapan del silencio, cuando ya no hay control materno que acalle el rencor y la envidia entre hermanos.

Sin que se trate de una sorpresa, dado que la actriz ha trabajado desde hace años su escritura en el taller de Vicente Leñero, lo que el espectador puede apreciar en esta obra que dirige Claudia Ríos, es la labor de una dramaturgia depurada, madura en su primera exposición al espectador, como se espera de un buen texto dramático en el que el público no requiere conceder su perdón a los errores del novato.

Los personajes que Leticia ubica en la escena, poseen la rudeza y la confianza grotesca del trato diario endurecido por los años y la distancia, al tiempo en que conservan en la misma medida, la desconfianza de quienes ya no pueden traspasar la barrera de la incomunicación que protege su intimidad de los miembros de su propia familia.

La dramaturga arroja preguntas como si se tratara de piedras olvidadas a propósito en el camino y en lugar de ceder a la tentación de escribirse un personaje bello y virtuoso, se encarga de componer e interpretar uno doliente y rebelde que se autodescubre en sus debilidades y en sus secretos, como sus familiares lo harán en su momento.

Juntos y felices, según reconocerán quienes fueron jóvenes en los ochenta, alude al título de esa canción interpretada por el grupo Las Tortugas, en la que el protagonista rebosante de amor por su chica, asegura que a su lado, los cielos serán azules toda su vida.

Sobre la suavidad ingenua y melosa de piezas como Yo y la señora Johns de Michael Buble, Sólo otra vez de Gilbert O’Sullivan, Porqué de los Beatles, o No hay leche hoy de Los Ermitaños de Hernman, que marcaron una época, navega la nostalgia del personaje femenino que enfrenta el dolor desde el desafío y la desesperanza.

Asesorada por Leñero y Rascón Banda, Leticia encuentra su propia voz y asimila la guía de sus maestros en cuanto a la disciplina, la coherencia de los personajes, de su circunstancia y la delimitación del contexto que nos lanza a reconocernos ahí, en esa cocina donde vemos nuestro reflejo y hasta donde la sola mención de López Tarso o de Chabelo nos remite de inmediato a una época, a un significado, a algo que nos vincula.

Dos hermanas y un hermano dejan sueltos los demonios de la culpa, del odio petrificado y la información reservada, durante el velorio de su madre, donde la esposa del odioso macho también le entra al espinoso juego de las verdades.

Fielmente expuesta esa discusión caníbal que sólo puede darse entre hermanos, donde una palabra o un mínimo gesto pueden detonar un combate sin tregua, Juntos y felices también es la añoranza por ese tiempo que jamás vuelve, aquél en que una fotografía retuvo la imagen de unos niños hermanos que llegaron a sentirse una vez como la canción proclama.

La Huijara plantea un desgarrador momento del ser humano con sobresaltos de humor corrosivo de manera que el público por momentos ríe escandalosa y sorpresivamente, mientras que a ratos solloza sin poder evitarlo.

Interpretada por sólidas actrices que han dedicado su vida a la escena como Carmen Delgado, Bárbara Eibenschutz y la propia Huijara, con quienes actúa Juan Carlos Barreto, el elenco de Juntos y felices demuestra su capacidad para enfrentar las dificultades que un texto de esta naturaleza impone.

Como si cada espectador fuera uno más invitado a espiar la parte oculta del sepelio de la madre, la cocina diseñada por Víctor Padilla, nos adentra al refugio de esta familia desmenuzada, hasta donde el eco del Ave María se mezcla con las notas musicales, los gritos, el baile y la rabia de los deudos.

Iluminado por Diblik Rabía, con un sencillo y eficaz vestuario de Pilar Boliver, el diseño sonoro de Carlos Urbano, la producción ejecutiva de Sebastián Sánchez Amunátegui, Esther Chaparro y Liliana Rosas y la asistencia de dirección de Hugo Martínez, este montaje dirigido por Claudia Ríos, logra el pleno concierto de cada lenguaje para expresar la alteración en el interior de los personajes.

La prisión de deseos incumplidos, miedos asfixiados, dudas fosilizadas, olvidos premeditados, conveniencias pactadas y secretos embalsamados en que se fueron transformando los tres hermanos y la esposa del macho, eclosiona al callar de los rezos, cuando no hay más remedio que estar al lado de esos eternos desconocidos junto a quienes nos hicimos mayores.

Juntos y felices es la oportunidad de asistir a un teatro nuestro que deja de consentir al espectador timorato y abre un espacio al dolor y a la risa para el que no huya de las palabras rudas ni de los sentimientos siempre fuera de lugar.