FICHA TÉCNICA



Título obra El diario de Ana Frank

Notas de Título Basada en la obra homónima

Autoría Frances Goodrich y Albert Hackett

Dirección Iona Weissberg

Elenco Enrique Singer, Mónica Dionne, Pilar Ixquic, Gerardo González, Cristina Obregón, Guillermina Campuzano, José Escandón, María Penella, Daniel Shimanovich, Miguel Couturier, César Riveros, Sharon Zundel, Jana Raluy, Andrea Torre, Miri Higareda, Ignacio Riva Palacio, Pedro Mira

Escenografía Violeta Rojas

Espacios teatrales Teatro Fernando Soler

Referencia Alegría Martínez, “Ana: la asfixia y la intimidad”, en Laberinto, núm. 315, supl. de Milenio, 27 junio 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Ana: la asfixia y la intimidad

Alegría Martínez

El diario de Ana Frank encuentra los rostros de sus protagonistas sobre el escenario, donde un reducido espacio escenográfico concentra la atmósfera de encierro, desasosiego, terror y esperanza de los ocho seres humanos que la adolescente describe en su cuaderno y que en el teatro narra de cara al espectador mientras se pone el camisón o da unos pasos de danza.

El testimonio escrito de esta chica que empezó a los 13 años y pudo continuar hasta los 15, cumple 60 años de su primera edición publicada el 25 de junio de 1947.

La parte superior de un edificio de oficinas en Prinsengracht, un canal al oeste de Holanda, es reproducido por Violeta Rojas con sus paredes carcomidas, sus muebles desvencijados, la estufa, mesa, sillones, sillas y camas, ubicados estratégicamente, y las habitaciones divididas por unas cortinas translúcidas que permitirán ver y escuchar lo que sus habitantes intentan ocultar en un espacio que agota esa posibilidad.

La obra de Frances Goodrich y Albert Hackett (matrimonio que para realizar la adaptación del diario escrito al teatro visitó el refugio de la familia Frank y conoció al padre) resume en unos cuantos episodios una gran cantidad de información sobre el género humano que la mirada de la pequeña plasmó con gran fidelidad en su incesante afán de sobrevivir al encierro.

Los logros que permitieron a los autores estadunidenses ganar el premio Tony y el Pulitzer en 1950, se relacionan con la eficacia con la que se trasladan las atrocidades del nazismo a un microcosmos en el que dos familias con hijos, un gato y un hombre, se relacionan con sus cualidades y defectos sobreexpuestos, dentro de un hábitat frágilmente protegido, donde la mayoría de sus inquilinos contaminan el poco aire con el que cuentan.

En la propuesta escénica que dirige Iona Weissberg –y para la que trabajó con un elenco doble, seguramente para poder cumplir con una muy larga temporada en cartelera–, lo que llama la atención en primer lugar fue la acertada elección del elenco que tanto física como actoralmente cumple con los rasgos que exigen los personajes.

En este caso, Enrique Singer le presta su ternura y capacidad de negociación al padre de Ana, en la interpretación del hombre inteligente, cabal, generoso y sincero cuyos silencios, acompañados de un gesto, una mirada o un movimiento de brazos, expresan lo que la voz del personaje considera excesivo decir.

Mónica Dionne esta vez asume el reto de protagonizar a una madre sumisa en la contención diplomática, contrariamente a los roles que por lo general encarna esta actriz, quien ahora impulsa a su personaje a luchar desde la resistencia hasta el límite que la lealtad permite.

Pilar Ixquic Mata confecciona con precisión a esa mujer frívola y ambiciosa, de gran fragilidad en su estructura interna que incumple con las leyes del buen huésped incesantemente.

Gerardo González, quien se ha labrado una brillante carrera dentro del género de comedia musical, muestra su capacidad de registro, de transformación, de potencial actoral bajo el condenable proceder de un hombre ingrato, egoísta y sin educación que no acierta a valorar el apoyo que recibe en casa de los Frank.

La joven hermana de Ana, cuyo papel está a cargo de Cristina Obregón, muestra un buen trabajo sobre la represión y mesura.

Miep, la amiga y salvadora de la familia a cargo de Guillermina Campuzano, trae en su cuerpo y su mirada los signos externos de todo lo que sus protegidos no pueden ver, aun cuando calla; como Pedro Mira al señor Kraler, que les lleva esperanza y oxígeno por entregas.

El señor Dussel lo representa José Escandón, cuyo personaje se agrega a las dos familias en una buena mezcla que logra el actor de hombre indefenso en su pedantería.

María Penella, quien soporta bien el peso de la narración cuando rompe para hablarle al público y mantiene la acción, ambas en equilibrio cuando debe estar inmersa en ésta, es clara, fresca y contundente en la proyección del universo que se le cierne a Ana.

Daniel Shimanovich como el joven Peter, primero hosco y más tarde dulce, dosifica con acierto su paulatino crecimiento de dos años que su personaje debe mostrar en dos horas.

Así es como la directora echa mano de lo mejor de sus actores para meter al público a esta historia donde el reflejo del horror se instala en una vida que se reduce a una cotidianidad sin intimidad ni espacio, donde lo peor del ser humano asoma los dientes en los más críticos momentos, manchados de esa ansiedad que nos lleva a arrebatar a los demás aquello de lo que no soportaríamos ser despojados.

Miguel Couturier, César Riveros, Sharon Zundel, Jana Raluy, Andrea Torre, Miri Higareda e Ignacio Riva Palacio integran el elenco alternante de este montaje que seguramente dirá al espectador lo esencial, pero de otra manera.