FICHA TÉCNICA



Título obra Otra vuelta de tuerca

Notas de Título Basada en la obra de Henry James

Notas de autoría Jeffrey Hatcher / adaptación; Federico Campbell / traducción

Dirección Mauricio Jiménez

Elenco Diana Fidelia, Tomás Rojas

Espacios teatrales Teatro El Granero, Xavier Rojas

Referencia Alegría Martínez, “Una historia de fantasmas”, en Laberinto, núm. 311, supl. de Milenio, 30 mayo 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Una historia de fantasmas

Alegría Martínez

Trasladar al teatro la reconocida historia de fantasmas creada por Henry James en 1898 y elegir sólo a una actriz y un actor para representar a cuatro adultos y evocar la presencia de dos niños es la propuesta del director Mauricio Jiménez, quien optó por la adaptación de Jeffrey Hatcher con traducción de Federico Campbell, para retomar el objetivo del autor que apostó a la ficción pura, lejos de los aparecidos con perfiles prefabricados.

Un espacio amplio y negro en el que sólo hay un pasillo rectangular y un sillón, sirven para levantar los inmensos muros invisibles de la mansión Bly, que para esta ocasión es Los naranjos.

Un hombre y una mujer que entran desnudos al escenario, donde se vestirán con prendas elegantes y oscuras de principios de siglo XIX, preparan para la inusitada experiencia a un público enamorado de los relatos de misterio, ávido de ver lo improbable lo más cerca que se pueda.

Dispuestos mente y cuerpo para vivir esta historia que Jack Clayton trasladó al cine bajo el título de The inocents en 1961, con Deborah Kerr en el papel protagónico de la institutriz, filmada después, en 1980, por G. Cliford y en 1992 por Rusty Lemorande y Meter Weigl, los espectadores de teatro mexicano, jóvenes en su mayoría, quizá esperen secretamente una oferta de efectos especiales que los conduzcan por el pasillo del grito y el sobresalto. Nada más alejado de lo que están a punto de compartir.

Mauricio Jiménez, el director de Otra vuelta de tuerca, a quien muchos recuerdan por su reveladora puesta en escena de Lo que cala son los filos, quien también es autor de montajes como Las musas huérfanas, El asesino entre nosotros y Los niños de Morelia, por citar unos cuantos, apela a la pureza y la creatividad de su elenco conformado en esta ocasión por Diana Fidelia y Tomás Rojas, quienes se encargarán de generar la vida de los personajes que respiran y de los que han dejado de hacerlo.

Cuál es el atractivo de presenciar una historia por muchos conocida, sobre una institutriz llamada a cuidar a una niña y un niño huérfanos, en una mansión campirana donde el dueño y tío de los infantes mantiene al ama de llaves y a la nueva empleada al cuidado de los jóvenes bajo la condición de no ser importunado por motivo alguno.

El enigma que conduce al director, al público y a los actores a perseguir el objetivo de involucrarse de nuevo, tantos años después de haberse escrito esta historia, es precisamente lo que logró el autor neoyorquino, naturalizado inglés; la posibilidad de provocar un intenso ejercicio de la imaginación alrededor de lo que para cada espectador, en este caso, implica el mal.

Dice el autor (1843-1916), en la nota introductoria de su relato, que le bastó provocar la propia experiencia del lector, su simpatía hacia los niños y el horror hacia sus falsos amigos, para que cada quien estableciera todos los detalles necesarios que terminarían por redondear los acontecimientos, dado que “no hay forma absoluta del mal por la que pueda optarse”.

Ante esta labor, la actriz, quien se desempeñó brillantemente en Los niños de Morelia con mínimos elementos sobre el escenario, ahora vuelve a hacer acopio de sus recursos, pero en esta oportunidad crea presencias etéreas que sólo su personaje puede ver, además de narrar y proyectar lo que observa, siente y teme.

Compleja y delicada labor realiza Diana Fidelia, cuyo personaje debe relacionarse con una niña que jamás vemos sobre el escenario y que sin embargo percibimos en tanto la actriz la trae mediante su relación con ésta, creando, como lo hace con las apariciones de los antiguos empleados de la mansión ya muertos, una relación que crece en intensidad y misterio.

Por su parte, el actor Tomás Rojas, quien desempeña tres papeles, el de Tío, el del niño Mateo y el de la ama de llaves, Aurora, también se enfrenta a un buen reto que cumple a la par que su compañera de escena.

Sus intervenciones como el niño, al hincarse cada vez que éste participa en la escena, aunado a un distinto modo de mirar, de hablar sin aniñar la voz y de reaccionar, bastan para que el espectador observe a un infante enigmático que también encierra secretos y preguntas.

Aunque de pronto el desempeño del actor, alto, delgado y con barba, dificulte en algo que el espectador pueda verlo como la señora Aurora, quien sólo con ponerse un delantal, adelgazar la voz y suavizar la actitud conforma a la benevolente mujer, la convención se acepta sin obstáculos y la relación entre ésta y la preceptora se desarrolla con la fluidez que exige la trama.

El hecho de que dentro del conflicto de la obra exista un elemento perturbador relacionado con situaciones eróticas que se tratan de manera ambigua, siguiendo las reglas que establece James, envuelve en permanente ansiedad los sucesos desatados en la mansión del tío.

Los observantes no pueden quedarse indiferentes ante la reacción de una institutriz que recorre una gran distancia emotiva desde el día en que llegó hasta cumplirse el séptimo del desenlace.