FICHA TÉCNICA



Título obra Los lobos

Autoría Luis Agustoni

Notas de autoría Héctor Bonilla / revisión para México

Dirección Héctor Bonilla

Elenco Pedro Armendáriz, Roberto D’Amico, Jesús Ochoa, Víctor Trujillo, Rafael Sánchez Navarro

Escenografía Auda Caraza y Atenea Chávez

Iluminación Hugo Bonilla

Notas de Iluminación Fernando Bonilla / video

Vestuario Cristina Sauza

Espacios teatrales Teatro Libanés

Notas de productores Mary Carmen Núñez / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “El que con lobos anda…”, en Laberinto, núm. 309, supl. de Milenio, 16 mayo 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El que con lobos anda…

Alegría Martínez

Los lobos es un acercamiento fiel, divertido y crítico sobre la política que priva en México; esa que a cargo de sus protagonistas despliega las mejores artes del convencimiento en todas sus versiones con tal de no soltar el poder y sólo en contados casos pugna por defender una convicción y una postura a favor del compromiso propio, con el país y con su avance.

La obra, escrita por el argentino Luis Agustoni, cuenta con una “revisión para México” estupendamente bien hecha por Héctor Bonilla, quien además es el director de escena y que sin mencionar nombres de partidos políticos ni de subsecretarios, coroneles o senadores, retrata con exactitud a estos especímenes que se multiplican sin remedio a lo largo y ancho del territorio nacional.

Los lobos es una de esas puestas en escena que hacen época, que se vuelve una experiencia irrepetible y por lo tanto en una vivencia a la que nuestra memoria acude con frecuencia debido a la cantidad de referencias cotidianas que nos tocan muy de cerca.

No sólo se trata de una obra poseedora de una sólida estructura dramática, sino de un trabajo escénico en el que tanto la escenografía de Auda Caraza y Atenea Chávez, como el vestuario de Cristina Sauza, la iluminación de Hugo Bonilla y el video de Fernando Bonilla con la producción ejecutiva de Mary Carmen Núñez, la dirección y la actuación siguen una misma ruta a favor del equipo creador y de los espectadores.

Esta obra deja en evidencia a un diputado que corresponde con exactitud al perfil político de la mayoría que integra al PRI y muestra esa parte de algo que nos es familiar desde hace tiempo, pero en este caso el papel a cargo de Pedro Armendáriz recibe un buen golpe de oxígeno gracias a la calidad de los parlamentos, de la dirección y la frescura que le imprime el actor.

En extremo desenvuelto, este personaje apestosamente macho, interesado, corrupto, cobarde y ambicioso, tiene la gracia de la irreverencia, la virtud de decir las cosas directamente y hacer reír tanto a los personajes con los que convive, como al público, con lo que rompe la solemnidad al tiempo en que descubre el artificio del engaño ajeno y el propio para exponerlo abierto en canal.

Roberto D’Amico, por su parte, cumple el rol de un subsecretario de Estado que claramente pertenece al partido en el poder y desde su postura de hombre cínicamente frío sabe conciliar, convencer y mover los hilos invisibles para que quienes lo rodean actúen a favor del manipulador.

Jesús Ochoa es en este montaje el coronel Francisco Bazán, un prepotente miembro del ejército que tiene un objetivo claro por cumplir y en ello se centra, a lo que el actor le añade esa socarronería mezclada con el perfil del militar mexicano que lo hace transitar en el vaivén de los extremos, lo que mantiene al espectador entre el asombro, el coraje y la carcajada.

Entre las virtudes de esta puesta en escena se encuentra, por ejemplo, la posibilidad de que el espectador pueda espiar a estos cinco hombres de la política en el sótano de un edificio, escapados de una fiesta cuyo escándalo se escucha a ratos, hablando asuntos de vida o muerte, derivados de un gran acto de corrupción.

Resulta fascinante presenciar cómo estos funcionarios exigen, suplican, chantajean, traicionan y trafican con antecedentes secretos de su intimidad, agobiados al máximo ante la posibilidad de que se ventilen y castiguen sus faltas.

Víctor Trujillo, quien después de 18 años vuelve a participar como actor con un personaje que no pertenece a sus creaciones televisivas, nos entrega a un personaje entrañable en su debilidad, despreciable en su egoísmo y contradictorio en ese desapego de principios éticos que en un principio rigieron su conducta.

Trujillo hace en este caso un personaje débil y nos renueva la admiración que causaba verlo sobre el minúsculo escenario del extinto Bar Guau, vestido de tehuana o bajo la sombra de un desposeído; la depuración de su ser actor, el valor que se requiere para guardar por dos horas los gestos de personajes que ya son parte de su respiración, para abrirle paso al nacimiento de uno nuevo con la experiencia del camino andado, es como haber conjurado la ausencia de un ser querido.

Mientras que otro tanto, con sus diferencias evidentes, sucede con la reaparición de Rafael Sánchez Navarro, a quien siempre da gusto ver sobre un escenario. Este actor, a quien le toca desempeñar el papel del justo, el honesto, el trabajador incorruptible, con su corbata amarilla al pecho, construye meticulosamente y con calidad a un político de izquierda acorralado por cuatro fieras desamparadas y por sus aficiones secretas.

Así es como un grave fraude cometido por el ejército es trasladado por el autor del terreno político y social a las consecuencias en la vida privada de los cinco protagonistas, lo que es más atractivo aún porque derriba así la barrera que la parte masculina de la población levanta ante sus problemas personales.