FICHA TÉCNICA



Título obra Mujeres soñaron caballos

Autoría Daniel Veronese

Dirección Daniel Veronese

Elenco Arturo Ríos, Antonio Vega, Arturo Barba, Rosa María Bianchi, Sophie Alexander Katz, Ana Zavala

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Eventos XXV Festival de México en el Centro Histórico

Referencia Alegría Martínez, “El rencor y las cuentas pendientes”, en Laberinto, núm. 303, supl. de Milenio, 4 abril 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El rencor y las cuentas pendientes

Alegría Martínez

Mujeres soñaron caballos es un montaje revelador e imprescindible. Su dramaturgia es material inflamable, atiborrado de partículas invisibles y peligrosas, como la violencia que los seres humanos portamos bajo el gesto de la indiferencia cotidiana.

Una diminuta sala dentro de un departamento mugroso en un edificio de pisos vacíos recibe a dos hermanos visitantes con sus respectivas mujeres, invitados a comer por la pareja del tercero y más chico de los hermanos.

Sobre esa confianza casi apestosa que permite la convivencia entre cuñadas y hermanos, en la que se puede traspasar con soltura la barrera del respeto entre seres que conocen sólo una parte del otro, no la mejor –usualmente–, sino la que está en la superficie, se abre una insalvable grieta.

El autor y director de Mujeres soñaron caballos, Daniel Veronese, en verdad sorprende al espectador, de inicio con un escenario mínimo, donde en unos cuantos metros cuadrados plantea seis vidas en situaciones límite.

El sillón y la pequeña mesa del comedor se encuentran dentro de un asfixiante recibidor con muros grises, del que los personajes parecen desbordarse, como si estuvieran en un acantilado, sin que puedan rebasarlo físicamente y que sin embargo está contenido en una esquina del escenario, como si el vacío que los rodea los contuviera apenas, en un precario equilibrio.

Allí se cuentan chistes, intimidades, sueños, se lanzan reclamos como proyectiles de resortera, se ríe y se calla, hasta que una noticia detona la rabia esculpida en años. El tema de los caballos viene a cuento como metáfora de sueños eróticos, de deseos inalcanzables, de deberes impostergables y al mismo tiempo presagio de muerte.

El autor y director de la obra, nacido en Buenos Aires en 1955, narra en el programa de mano que escribió Mujeres soñaron caballos a partir de una noticia sobre el suicidio colectivo de unos mamíferos cuadrúpedos y que sintió la necesidad de estar en el aire cuando la tierra ya no puede soportar el peso de nuestro pensamiento. “El trabajo en escena –escribe– es terreno de reconocimiento y disección de estos sentimientos censurados y amorales que no nos permitimos expresar del todo”.

Pocas veces como ahora, la intención de lo que quiso hacer un dramaturgo y director con su puesta en escena, como lo revela esta vez lo que dice la hoja de sala, corresponde a la realidad de lo que se nos presenta. Generalmente, lo escrito expresa una necesidad que no pudo verificarse teatralmente.

La trayectoria de Veronese, autor de Crónica de la caída de uno de los hombres de ella, Del maravilloso mundo de los animales: los corderos, La terrible opresión de los gestos magnánimos y La noche devora a sus hijos, por mencionar algunos de sus 20 títulos, lo avala como hombre de teatro, tanto en su natal Argentina, donde ha sido merecedor de importantes reconocimientos en dramaturgia, como en festivales internacionales.

Director de obras de Chéjov, Jarry, Müller, creador del grupo de investigación teatral El periférico de los objetos, Veronese nos introduce al universo de estos tres hermanos y sus respectivas parejas con la precisión de un cirujano que abre capa por capa hasta llegar al órgano enfermo.

Envueltos en una relación viciada, los tres hermanos –a cargo de Arturo Ríos, Antonio Vega y Arturo Barba– establecen ese tránsito de diálogos silenciosos que sólo puede haber entre quienes han compartido casa e infancia. Los tres actores, poseedores de distintos lenguajes, se dedican a trabajar con intensidad para la escena, cada uno desde los secretos de su personaje, a los que reaccionan con profundidad y coherencia.

Contenidos sin embargo por el planteamiento dramatúrgico del autor, el manejo que tanto Ríos como Vega y Barba realizan del subtexto, construye la densidad requerida, con los puntos de fuga necesarios expresados en un puñetazo de Vega, en una rabiosa mirada de Ríos o en una reacción instantánea de Barba.

Personajes sostenidos en la interlocución por sus tres compañeras, Rosa María Bianchi, Sophie Alexander Katz y Ana Zavala, quienes, desde la circunstancia de la esposa, concubina o pareja de los hermanos, comparten la vida, el rencor, los errores y la complicidad de estos hombres explosivos.

Desafiante, trágico y cómico al mismo tiempo, en tanto muestra la debilidad, la estupidez y la contradicción humana en un concentrado complejo, este montaje exige del espectador una mirada abierta que no tema inmiscuirse en una familia afectada por la existencia, y a la vez que pueda reírse de la inmensa capacidad para el ridículo que nos es propia.

Aquí los diálogos de hombres y mujeres cobran la misma intensidad cuando se escuchan que cuando se callan, se disimulan o se gritan. Con su olor a familia impuesta, los protagonistas de una comida que nunca llega a servirse, se muestran tal cual, sin cortesías ni pausas de artificio, en la libertad amparada por el rencor y las cuentas pendientes.

Es ésta una invitación a una casa donde se cocina algo más que un arroz a la turca, estancia en la que resuenan las carcajadas con la misma violencia que un golpe, un gesto erótico o una mirada; espacio para que todos los secretos asomen uno de sus cabellos y más tarde encuentren su suerte.

Mujeres soñaron caballos, estrenada en el Festival de México en el Centro Histórico, empieza su temporada en el teatro El Galeón, con lo que por fortuna se rompe la absurda costumbre de poder ser vista sólo unos días.