FICHA TÉCNICA



Título obra El gallo, ópera para actores

Autoría Claudio Valdés Kuri

Dirección Claudio Valdés Kuri

Notas de dirección Ignacio Plá / asistencia de dirección

Grupos y Compañías Teatro de Ciertos Habitantes

Elenco Irene Akiko Lida, Itzia Zerón, Fabrina Melón, Edwin Calderón, Kaveh Parmas, Ernesto Gómez Santana

Iluminación Matías Gorlero

Música Paul Barker

Notas de Música Martha Melisa Moreyra García, Diana Capilla Aguillón, Dulce Capilla Aguillón, Diego Cifuentes Becerril, Alejandro Flores, Renata García Anaya, Francisco Chagoya, Rodolfo Jiménez / músicos

Vestuario Pineda Covalín

Eventos XXV Festival de México en el Centro Histórico

Notas de productores Ignacio Plá

Referencia Alegría Martínez, “La esperanza y el desasosiego”, en Laberinto, núm. 301, supl. de Milenio, 21 marzo 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La esperanza y el desasosiego

Alegría Martínez

Lo que sucede durante las audiciones para llevar a cabo un montaje musical, incluidos conflictos, rechazos, temores, descalificaciones silenciosas, rabietas y ansiedad, todo asimilado hasta la culminación del proceso y su presentación al público, está a la vista en El gallo, ópera para actores, con dirección escénica y dramaturgia de Claudio Valdés Kuri y música de Paul Barker; espacio para el arte y el humor a cargo de virtuosos.

Sin palabras comprensibles, a partir de un lenguaje inventado en el que cuenta la intención detrás de lo que se pronuncia, la Compañía Teatro de Ciertos Habitantes saca del clóset esa marea de emociones y relaciones truncadas que se generan durante la gestación de un espectáculo, cuando pocos o ninguno se conocen y cada uno sospecha y teme del que llega, alimentados todos de esa gran desconfianza que como seres humanos nos rebasa y nos rige.

La música y el cuerpo de los cantantes-actores toman su lugar en la cámara negra donde sólo hay un piano y algunas sillas. Hasta ahí llegan los artistas aspirantes a ser parte de un elenco que elegirá un director intolerante, quien suple sus indicaciones por el sonido intermitente de una tecla que indica la nota exacta, acompañado por la voz furiosa del maestro ante los errores musicales.

El incontenible humor que emerge de los esfuerzos, la esperanza y el desasosiego, agolpados ante la inflexibilidad del maestro de música, la mirada de los colegas y la descalificación propia, levanta esa barrera de impotencia y dolor en el momento en que más apertura y libertad se requieren para que la voz emita sonidos bellos.

Los personajes, presos de la circunstancia, son dominados por su nerviosismo por encima de sus capacidades, que el dictador del piano apenas deja brillar desde su poder del que sabe y domina.

El cuerpo de estos atletas del escenario se despoja de ataduras y algo de ropa hacia el final de la audición, mientras la música de dos cuartetos de cuerdas, uno a cada lado del escenario, da curso al volcán emotivo de cada personaje, antes oculto bajo elegante ropa de calle.

Las coloridas mascadas, alguna corbata, un cinturón, un saco, el vestido y los zapatos son lanzados al aire para que descalzos, apenas en bragas, bóxers, trusas, top o camiseta, los artistas dan rienda a una especie de lucha libre, mediante la que salen los alaridos, el llanto, la rabia contenidas.

La paradoja entre lo que queremos aparentar y lo que realmente somos, lo que podemos ofrecer artísticamente y lo que nos exigen, las capacidades propias y las que se nos imponen, la presión de ser examinados una y otra vez ante un maestro, ante nosotros y ante colegas que desean el mismo lugar que anhelamos, está dentro de este universo expuesto estéticamente por Valdés Kuri y Paul Barker.

Irene Akiko Lida es la tensa Shaktom, que intenta ser graciosa y agradar a su verdugo más allá del límite, lo que roza el ridículo y detona la carcajada, mientras la artista, que sólo a partir de su amplitud interpretativa puede encarnar esas contradicciones, construye un gran personaje con vida propia.

Itzia Zerón, a cargo del personaje Shaptes, duele en su ilimitado pavor desbordado en su mirada, en su rostro, en su voz que se escapa de la armonía, a propósito claro está, para abordar ese eterno fuera de lugar de quienes no han podido aquilatar su valía.

Fabrina Melón como Jogbos lleva a cabo un incansable andar entre la seguridad plena y la duda en un natural vaivén que la acerca a medida en que avanza la escenificación a esa parte del ser humano que quisiera congelar en lo más brillante de cada uno, a sabiendas de esa imposibilidad.

Edwin Calderón que interpreta a Thiktum, Kaveh Parmas que crea a Shaktas y Ernesto Gómez Santana que construye a Viptim, son los dos aspirantes y el maestro que gestan un cosmos de sonidos, de berrinches, de posibilidades para ser ellos al fin, de escapes de voz, de gestualidad y música que se vuelven imán poderoso de emotividad y miradas que ya son propias de cada espectador.

El gallo posee además la virtud de contar con dos cuartetos en vivo integrados por Martha Melisa Moreyra García y Diana Capilla Aguillón, violines; Dulce Capilla Aguillón, viola, y Diego Cifuentes Becerril, vilonchelo en el Cuarteto 1.

Alejandro Flores y Renata García Anaya, violines; Francisco Chagoya, viola, y Rodolfo Jiménez, violonchelo, en el Cuarteto 2.

Esta obra, que nada tiene que ver con El gallo de oro de Rimsky-Korsakov, sino con el gallo que todo cantante puede emitir en un error musical, es en realidad una bella propuesta de la contradicción humana, un reconocimiento artístico a nuestra incapacidad de comunicarnos llevado a cabo mediante la paradoja de una gran interpretación artística que transmite nuestros impedimentos.

El gallo, presentado en la emisión número 25 del Festival de México en el Centro Histórico, es un espectáculo preparado a lo largo de un año de arduo trabajo que muestra el buen nivel de cantantes-actores, cuya calidad es poco frecuente en nuestros escenarios.

La segunda parte de esta puesta en escena que muestra al público el espectáculo terminado, luego de todos los tropiezos vistos, da seguimiento a esa cauda de antecedentes que los personajes enseñaron al inicio, pero ahora más cerca de la sala de butacas, con los músicos bajo el proscenio y los personajes de frente, en un cara a cara que nos acerca más aún a su parte artística y terrenal.

El gallo deja que el público disfrute y tenga oportunidad de reírse de los tropiezos, además de disfrutar de la buena música, de la interpretación de sonidos limpios, vivos y cercanos; de casi tocar los gestos de los protagonistas, de apreciar los rostros, no sólo de los cantantes-actores, sino de los músicos, que siempre debemos imaginarnos.