FICHA TÉCNICA



Título obra Fresas en invierno

Autoría Evelyn Cheneliere

Notas de autoría Mauricio García Lozano / traducción

Dirección Raúl Quintanilla

Elenco Karina Gidi, Víctor Hugo Martín, Luis Miguel Lombana, Ana Serradilla, Adriana Louvier, Ángela Fuste, Luis Ernesto Franco, Marco Treviño

Iluminación Philippe Amand

Vestuario Cristina Sauza

Productores Azteca Teatro

Notas de productores Mireille Bartilotti / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Solitarios en compañía”, en Laberinto, núm. 299, supl. de Milenio, 7 marzo 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Solitarios en compañía

Alegría Martínez

Fresas en invierno es un recordatorio escénico de cómo es que la vida del ser humano está regida por la soledad en compañía y por historias: las propias, la ajenas, las ciertas, las que inventamos, las que anhelamos nuestras y las de aquellos en quienes incidimos. Mezcla de sueños, fragmentos de vida modificados por el poder de las palabras.

Dos personajes femeninos están a la espera de que ocurra algo, y dos masculinos también, aunque sin atreverse a aceptarlo.

Un café en alguna ciudad es el lugar de la coincidencia y la discrepancia. Un moderno espacio blanco, donde la mesa y cuatro sillas, dos persianas laterales color crema y dos puertas, conforman una especie de gran pasarela central sobre la que se mueven los personajes observados por el público, que puede mirar a su vez a la otra porción de espectadores.

Allí, en ese espacio creado e iluminado por Philippe Amand, resalta el rojo de alguna fresa, acaso de un botón, una blusa o unos tenis, que se vuelven focos de atención, metáfora de algo que ocurre en fecha inesperada, fuera de lo habitual; intento vano de un personaje que busca ser original sin despojarse de una densa estela de costumbres.

La joven de esta historia dice lo que quiere, cree encontrarse segura de saberlo, lo expresa y ejecuta las acciones necesarias para conseguirlo, pero la contraparte no se atreve a aceptar, a decir, a tomar acciones.

Los personajes de Fresas en invierno ponen en evidencia la incongruencia permanente entre nuestro pensar y decir, entre la necesidad de ocultar y el temor a mostrar, ejecutar o desistirse; decisiones que definen el camino de dos hombres y dos mujeres quienes no dan los pasos necesarios hacia la ruta que creen desear.

Envueltos en esa soledad de quienes amordazados por el pavor de reconocer lo que en verdad necesitan, ante sí y frente a otros, los seres humanos de esta historia parecen girar sobre su propio eje verbal, sacando de repente una mano para ver si la toma quien esperan que lo haga.

Así es como una mujer embarazada con maleta, un maestro de literatura decepcionado, una joven deseosa de esposo, hijos y casita y un guionista enamorado sin capacidad de externarlo a la destinataria, se quedan a la mitad de un camino que transitan apenas, mediante cartas, esperanzas, escritos, lecturas y deseos rotos.

El doctor Raúl Quintanilla dirige esta comedia de Evelyn Cheneliere en la que los personajes conviven a veces en el mismo espacio sin detectar que ahí está el otro, y cuando es necesario que interactúen, se encuentran e intercambian palabras, aunque esto implique disfrazar, precisamente, lo que desean comunicar

.

La dramaturga y actriz canadiense, cuya obra Fresas en invierno ha sido traducida al escocés y que cuenta con más de 15 obras, entre las que se encuentran: Afrodita 04, Diarios de mi abuela, Bashir Lashar y Yoka, entre otras, establece un interesante juego psicológico entre los personajes y el espectador, que el director estructura con equilibrio.

Como psicólogo y maestro que es, Raúl Quintanilla establece junto con sus actores esa red invisible de subtextos que mueve a los personajes, quienes la mayor parte del tiempo hablan de lo que quieren que el otro personaje y el espectador sepan.

La complicidad del dramaturgo con el espectador se da, en este caso, no al compartir información con los protagonistas, sino en la inquietud del cuestionamiento de algo que, al parecer, los mismos personajes ignoran.

Este desasosiego de nuestra sociedad contemporánea, en búsqueda constante de encontrar a alguien entrañable, detrás de la actitud madura, autosuficiente, soberbia, frágil o distraída, se erige en obstáculo mayor de lo que se anhela.

Azteca Teatro es el título de este proyecto que, según informa Quintanilla en el programa de mano, intenta “provocar que sus trabajos formen parte de la conversación y la memoria de sus espectadores, y sobre todo, que sea el espacio para que los grandes actores que son parte de nuestra empresa entreguen, de frente y cercanos al público, esa escuela de delicadeza y temple que es la actuación”.

Karina Gidi, que ha participado en montajes bajo la dirección de Ludwik Margules, en cintas como Demasiado amor y en proyectos propios como Instrucciones para volar, así como en distintos programas de televisión, arriba al escenario desde su gran capacidad actoral para abordar la dificultad de un personaje que por lo general le habla a la ausencia y a la esperanza, con el aplomo de quien se dedica a construir esos universos complejos, plenos de emotividad.

Víctor Hugo Martín, a quien hemos podido ver tanto en montajes de obras clásicas como en telenovelas, representa con fidelidad y precisión al escritor inseguro, incapaz de establecer compromisos, que sin embargo es capaz de flagelarse con tal de resguardar sus verdaderos sentimientos.

El actor hace que su personaje vaya de un extremo a otro de la zozobra interior, con tal certeza que nos entrega la imagen precisa de cierto sector masculino que es mayor cada vez.

Luis Miguel Lombana, quien se ha desarrollado en el campo de la ópera, el teatro y la telenovela, confecciona con gran meticulosidad a un personaje cuya seguridad exterior contiene una gran fragilidad que el actor sabe contener y dosificar con precisión.

Ana Serradilla, de formación mayormente televisiva, le imprime frescura y armonía a un personaje sencillo en apariencia, que en la convivencia con los demás no tiene más remedio que comportarse como los otros.

Este montaje de Azteca Teatro, que cuenta con traducción de Mauricio García Lozano, vestuario de Cristina Sauza y producción ejecutiva de Mireille Bartilotti, es una buena opción para acercarse al escenario con la tranquilidad de que se verá un trabajo profesional y se mantendrá sin mancha el ánimo, como cuando se sale de una agradable tarde de café y pastelillos.

Habrá que ver el resultado que esta misma puesta en escena pueda tener con un reparto de actores alternantes formado por Adriana Louvier, Ángela Fuste, Luis Ernesto Franco y Marco Treviño.