FICHA TÉCNICA



Título obra Cuentos eróticos africanos

Notas de Título Basada en la recopilación de narraciones orales de Leo Frobenius

Dirección Jesús Jiménez y Marisol Castillo

Elenco Marina Vera, Amada Domínguez, Marisol Castillo, Muriel Ricard

Iluminación Sergio López

Coreografía Manolo Vázquez

Notas de Música Uzziel García / tambor

Referencia Alegría Martínez, “De la traición a la palabra”, en Laberinto, núm. 297, supl. de Milenio, 21 febrero 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

De la tradición a la palabra

Alegría Martínez

El antropólogo y arqueólogo alemán Leo Frobenius (1873-1938) realizó 12 expediciones al África entre 1904 y 1935, años durante los que, además de sus investigaciones, recopiló narraciones orales publicadas en Cuentos eróticos africanos. Años después, en Colombia, el grupo Esquina Latina eligió estas narraciones para llevarlas al teatro con la adaptación y bajo la dirección de Orlando Cajamarca, y una de sus integrantes, Marisol Castillo, se reunió en México con Jesús Jiménez para codirigir el espectáculo del mismo título que podemos ver con dos actrices negras, una mulata y una morena, quienes sin necesidad de quitarse la ropa encarnan hombres y mujeres indistintamente para compartir esas historias eróticas de la tradición.

Las cuatro actrices se enfrentan al público sin mayor herramienta que su mirada franca, su cuerpo y el ritmo de un tambor, para contarnos cuentos en los que el sexo determina el comportamiento humano y las relaciones de poder que se establecen entre el juego, el placer y la tiranía de esta forma de comunicación.

Como si los adultos que eligen asistir a una función de Cuentos eróticos africanos se convirtieran de repente en niños ávidos de escuchar historias, la presencia de Marina Vera y de Amada Domínguez, descalzas, con una falda amplia y un top que deja ver sus vientres lisos, preparan el ánimo con una danza que con movimientos rituales y cadenciosos nos remiten a la leyenda del origen del hombre.

Un recipiente hondo, alargado y de boca circular, al que llaman achachún es, en manos de una actriz, un elemento-vagina, recipiente contenedor de líquido vital, pasadizo secreto, cueva del misterio que aparece sobre su falda como parte de su cuerpo, de su atuendo natural que, contenido por ambas palmas, cambia de lugar como espejismo de la seducción, del juego frente a una mujer-hombre.

Hombre-mujer con un instrumento de madera largo que simula una flecha, flauta, pincel que dibuja siluetas a manera de rutas lejanas que se acercan sin prisa en movimientos continuos al objeto imantador de su encanto. El abush, como denominan al pene, se involucra en la danza de El génesis o Leyendas de las amazonas, primera narración que sobre la suavidad de dos pares de pies cuenta cómo se pobló la tierra.

El descubrimiento sexual de un hombre y una mujer, el hallazgo de la mirada, el lenguaje de la posibilidad de un roce de piel y de un acoplamiento abush-achachún, como instrumentos complementarios, son parte de la danza, de mínimas palabras y del encuentro.

El Nsanni (un hombre con un oficio muy particular) da título al segundo cuento que relata los encuentros de aquellos niños dotados adecuadamente y educados para dar placer a las mujeres.

A partir del supuesto de que los hombres ignoran las artes secretas del Nsanni, este segundo cuento representado por Marisol Castillo y Muriel Ricard le abre un espacio mayor a la palabra, el humor, la picardía y la comunicación que se generan entre un hombre superdotado para las artes amatorias y una mujer que goza los beneficios de esa sabiduría.

El espectador se vuelve testigo de cómo sobrevive al hambre y al desempleo uno de tres hermanos, el único poseedor de los secretos del oficio, que gracias a su trabajado arte consigue no solo casa y comida, sino esa especie de admiración emocionada que se desborda de la mirada y la piel de las mujeres agradecidas.

Interesante juego que logran el director Jesús Jiménez y las dos actrices en cuanto a que el Nsanni no sólo es representado por mujeres, sino que durante el transcurso de la acción, tanto Marisol como Muriel intercambian el rol del Nsanni y de las mujeres de esta historia.

Así, el juego de espejos respecto de cómo interpreta una actriz al codiciado personaje masculino, cómo lo ve aquella que solicita sus servicios y de qué manera se transforma su vida una vez que ha estado cerca del hombre, resulta muy atractivo en esta multiplicidad de motivaciones y reacciones que produce el universo erótico.

El Nsanni de Muriel Ricard, pícaro, tentador, sonriente y desparpajado, contrasta con el Nsanni formal y varonil de Marisol Castillo que, instalado en conducir esa diversión, complementa las ansias de esas reinas instaladas en las necesidades de cada edad y de cada soledad desafiante, cuyo abandono se desvanece en brazos profesionales.

Vestidas con traje sastre negro, blanquísima blusa y zapatos de medio tacón, las actrices transitan de Nsanni a reina joven, reina menopáusica y reina viuda, en una estética del vestuario afroamericano, envuelta en notas de jazz cuyo eco se imprime sutilmente en algunos momentos de la escena.

A ratos ingenuo, este espectáculo que viaja en esas historias recogidas en palabras que se fueron transformando al paso del tiempo, guarda su atractivo en esa manera de ver el mundo en la que el erotismo y el sexo son parte del transcurrir cotidiano sin mayor sobresalto.

Cuerpos trabajados por la danza, conocedores del ritmo, la cadencia y la sensualidad negra, se lanzan a un escenario donde aquellas leyendas recogidas por un alemán cobran forma, entregan imágenes y sonidos arropados por la percusión en vivo del tambor de Uzziel García y de algunos sonidos de armonía familiares que ya forman parte de nuestra memoria sonora.

Las hijas del juez es una paradoja escénica en la que dos hermanas adictas a las caricias y al intercambio sexual intentan abusar de un aprendiz que, amparado en su conocimiento de las leyes, en su sabiduría masculina y su sensibilidad para despertar la ansiedad erótica en las dos jóvenes cómplices, les da una lección, cobijado por la autoridad del padre, tanto en asuntos de leyes como de voz y guía patriarcal.

Marisol Castillo, quien actúa y dirige el primer cuento; Muriel Ricard, Amada Domínguez y Marina Vera participan en este montaje iluminado por Sergio López con coreografía de Manolo Vázquez, en el que el erotismo viaja en la tradición de las palabras.