FICHA TÉCNICA



Título obra 12 hombres en pugna

Notas de Título Twelve angry men en el idioma original

Autoría Reginald Rose

Dirección José Solé

Grupos y Compañías Teatro al vacío

Elenco Ignacio López Tarso, Patricio Castillo, Rodrigo Murray

Referencia Alegría Martínez, “López Tarso a contracorriente”, en Laberinto, núm. 295, supl. de Milenio, 7 febrero 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

López Tarso a contracorriente

Alegría Martínez

La obra de Reginald Rose, Twelve angry men, que en nuestra cartelera nacional leemos como 12 hombres en pugna, no sólo trata de un crimen y un veredicto, sino también de un acierto en el elenco, y no precisamente porque todas las actuaciones sean brillantes, sino porque la elección de algunos actores corresponde a características propias de su personaje y, claro está, porque la dirección escénica es de José Solé y el personaje antagónico está a cargo de Ignacio López Tarso.

Difícilmente se podría objetar algo a una puesta en escena de esta naturaleza, producida originalmente en Broadway, que cuenta con todos los elementos para nacer como un éxito y continuar así durante décadas.

Lo que llama la atención, sin embargo, es que en nuestro país, el texto dramático elaborado impecablemente a manera de thriller, en el caso de una parte del elenco, suena hueco; dicho en el momento preciso, en el tono adecuado y con el ritmo pertinente, pero falto de significado, lo cual da buenos resultados aun así, porque hay actores que sí proveen a su personaje de la fundamentación necesaria para que lo que éste diga tenga tesitura de verdad y se aleje de la banalidad en busca de la verdadera ficción.

Está claro que tiene un efecto calmante entrar al teatro seguro de que como espectador uno saldrá ileso, a pesar de que el tema sea la pena de muerte y las implicaciones que la posible elección de este castigo pueda tener en la sociedad, el acusado y el jurado compuesto por doce hombres.

Este tipo de teatro tiene esa naturaleza; sabemos que el tema será interesante, pero por más álgido que se ponga el asunto, la sangre del protagonista y de nuestro corazón expectante no correrá al río, porque de otra manera, la campaña publicitaria, los integrantes del reparto y los productores ejecutivos serían otros.

La paradoja está justamente en esa certeza de que como público la pasaremos bien, de que pagaremos por un ejercicio emotivo que nos dejará listos para el café y la charla al final de la función, que versará sobre quién de los conocidos intérpretes está más viejo, más guapo, más gordo, más feo, más interesante, calvo, musculoso o bofo, y cada pregunta encontrará entonces su respuesta.

Lo demás será casi lo de menos, porque en algunos momentos de la representación, lo que parece es que los personajes que discuten en esa sala de jurados en la corte de justicia de la ciudad de Nueva York, una tarde de verano de 1957, como lo anuncia el programa de mano, están con su mente en otra parte.

Lo tragicómico de este asunto es que, en efecto, a la mayoría de los personajes de la obra lo que menos les importa es la suerte del acusado de homicidio, como tampoco parece preocuparles decidir sobre la vida o la muerte de un adolescente; así lo escribió el autor, pero lo grave es que hay actores a quienes tampoco les importa la postura de sus personajes, porque lo que se nota a estas alturas de la temporada es que han hecho ya tantas veces su papel, que les basta con el encendido automático para que su memorización se deslice sin complicaciones.

Así, lo que se demuestra es que José Solé realizó un montaje impecable, porque el público se mantiene atento de principio a fin. También queda patente la habilidad de estos actores para recrear personajes hasta dormidos.

Asimismo, es claro que en varias escenas, tanto López Tarso como Patricio Castillo y Rodrigo Murray se quedan solos aferrados a esa máxima de que su personaje se enfrente por primera vez a los acontecimientos, a pesar de que como actores lo hayan hecho ya muchísimas veces.

Ocurre entonces que no hay sorpresas, quienes han dedicado su vida a la escena con honestidad y rigor, construyen a su personaje desde ese punto de partida.

Aquellos cuya existencia actoral depende de su fama de galán, se acomodan en el perfil y desde ahí dicen su parlamento, aunque deban pronunciar algo más complejo para cumplir como lo pide su circunstancia.

Los que se acogen al recurso vociferante y explosivo para convencer, como si no hubiera otra posibilidad de conducirse, instalan a su personaje en la desmesura sin pausa para desarrollar su trayectoria.

Aquellos que tienen un talento heredado y una carrera apuntalada por la aceptación que da la televisión, le añaden un poco de gracia a su actuación, y la gente que los va a ver en vivo lo agradece y festeja con aplausos.

Otros más que desempeñan bien su trabajo y que ya tienen armada una gama de personajes desde su apariencia física, sólo se ocupan en agregar un detalle para no perder el perfil ya aceptado y prestarle un poco de honda voz al personaje en turno.

También están los que parecen usar un instructivo de actuación y sujetarse a él como náufragos frente a los expertos que saben hacer piruetas sobre frágiles tablas con el océano en contra.

Lo interesante también está, pues, en la diversidad de escuelas de actuación ahí expuestas para quien disfrute de ese análisis.

Lo que es innegable es que a final de cuentas esta puesta en escena puede ser apreciada como un homenaje a Ignacio López Tarso y, sin habérselo propuesto, al propio Solé (Premio Nacional Ciencias y Artes), debido a que cada uno deja patente la calidad de su experiencia.

Resulta entrañable y aleccionador cómo López Tarso hace que su personaje nade a contracorriente, como en efecto lo requiere el perfil de su personaje, pero además, la manera en que el actor le imprime su propio sello, cómo se adhiere a sus argumentos, a la defensa, a la caza de la medianía de los demás jurados, dispuesto a un análisis profundo y a la posibilidad de dudar en un mundo en el que la urgencia es dar carpetazo a todo conflicto.

Por su parte, Patricio Castillo, desde su personaje silencioso, analítico y sosegado, da cada paso con equilibrio hasta el momento de su cambio de postura, trayectoria de personaje que se ve en su andar y en el tiempo que le toma, dentro de su lógica de relojero, llegar a su propia teoría.

Castillo no trata de imponerse sobre el trabajo de sus compañeros, tampoco intenta llamar la atención ni sobresalir, sino que sencillamente hace lo que eligió como profesión con seriedad desde hace ya muchos años: trabaja para la creación de un personaje que consigue su vida propia.