FICHA TÉCNICA



Título obra Mundos secretos

Notas de Título Inspirada en Fernanda y los mundos secretos de Ricardo Chávez Castañeda

Autoría Creación colectiva

Dirección Haydeé Boetto

Notas de dirección Aníck Pérez / asistencia de dirección

Grupos y Compañías Teatro al vacío

Elenco José Agüero, Virginia Smith, Carolina Garibay, Adrián Hernández

Escenografía Luis Conde

Iluminación Adrián Orozco

Música Alejandro Arce

Vestuario José Agüero

Notas de vestuario Silvia Gil / maquillaje

Productores La compañía

Referencia Alegría Martínez, “La coraza invisible”, en Laberinto, núm. 293, supl. de Milenio, 24 enero 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

La coraza invisible

Alegría Martínez

Los integrantes de Teatro al vacío dejan patente que cuando se trata de un buen trabajo escénico, el llamado teatro para niños amplía su espectro hasta que las divisiones entre el espectador adulto o infante se derriten para dirigirse a la emoción del ser humano en la edad en que se encuentre.

El espacio blanco de un escenario es el horizonte donde dos jóvenes actrices y dos actores se abocan a explorar la posibilidad de habitar un lugar al que llega cada uno a cuentagotas, como si legaran un planeta desolado donde los otros seres vivos fueran de especies indeterminadas, justo como cuando llegan los adultos a una reunión donde, sin las presentaciones respectivas, nadie es capaz de lanzar el primer saludo.

En Mundos secretos la notable diferencia es que los personajes son niños y todavía esa falsa educación que cargamos al crecer, sin solidificar aún, deja escapar por alguna rendija una intención espontánea para llamar la atención del otro y romper aunque sea una mínima esquina de la incomunicación que lustramos incesantemente a lo largo de nuestra existencia.

No importa el lugar donde estos chicos se encuentran, tampoco es clave el porqué están ahí, sino lo que sucede entre un jovencito que se abisma en un solitario juego de tapas de colores transformadas en universo insondable en unas manos que las contienen como si fueran la extensión de ese cuerpo y esos ojos para los que no hay nada más que las historias silenciosas que de esos objetos emerjan.

Fichas cuyos tamaños, materiales y formas delimitan su valor, su poderío, su lugar en el juego, en la posibilidad del intercambio; tapas de refresco, de mermelada, de frascos mayores que se vuelven el juguete máximo, el más codiciado.

Ahí, hasta ese lugar poblado por seres que parecen iguales, entre quienes priva esa desconfianza que alimentamos desde edad temprana cada nuevo año de vida, un chico aferrado defiende a patadas, berridos y manoteos su único objeto de autorrescate: un alto banco de madera que a su antojo se vuelve arrecife, montaña, volante de vehículo, puente, mesa, cueva protectora.

Una niña más, montada en la enjundia y el valor de que la provee un gorrito de estambre firmemente puesto en su cabeza, intenta romper las cápsulas de indiferencia que circundan a cada niño, pero su intenso e insistente “¡hola!” tarda en penetrar las barricadas de silencio.

La más moderna y acicalada de todos, chica adornada con estrellas, colores combinados, peinado, bolsita y tenis con brillos, posee un globo del color de su vestido, que invita al juego hasta que aparece su terrible yo mandón y egoísta que la empuja al arrebato, al despojo, a una rabia que la rebasa hasta hacerla sombra de monstruo.

Una diferencia física entre este grupo de chicos desata el rechazo, la burla, la crueldad, esa discriminación que despedaza sin piedad ni pausa, conflicto que los integrantes de Teatro al vacío resuelven con sentido común, sensibilidad e inteligencia.

La diferencia entre el trabajo de este grupo, integrado por José Agüero, Virginia Smith, Carolina Garibay y Adrián Hernández, dirigidos en esta ocasión por Haydéé Boetto, es que el texto es una creación colectiva inspirada en el libro Fernanda y los mundos secretos de Ricardo Chávez Castañeda, en la que cada actor hizo su propuesta dramatúrgica y construyó su personaje desde la necesidad de expresar una necesidad intransferible para unirla más tarde a una común.

En este montaje en el que las acciones están dotadas de contenidos y significados traducidos en acción, en juego, en fragmentos coreográficos que conforman un lenguaje corporal continuado, lo que le sucede a los personajes llega sin artificio a los espectadores que eligen la traducción de lo que miran.

La música original de Alejandro Arce (Iker) abre paso, produce la dimensión, prepara, comunica, transporta, de manera que el público disponga los sentidos, pueda descifrar, disfrute y acompañe o abandone a un personaje por otro, todos poseedores de esa dosis que aún nos ata a la imposibilidad del avance humano.

La escenografía de Luis Conde propone piso y ciclorama blancos, para que todo ocurra en un espacio donde desde dentro y desde fuera se pueda construir, edificar la imagen y apuntalar la imaginación, propiciar su vuelo.

Con la iluminación de Adrián Orozco, el maquillaje de Silvia Gil, vestuario de José Agüero, asistencia de Aníck Pérez y producción de la compañía, la directora Haydeé Boetto afinó detalles que se perciben propios de la experiencia y el arduo trabajo que ha desempeñado tanto en montajes para público adulto como infantil.

En este caso en el que se unen las posibilidades de una compañía que se dedica con seriedad y rigor a investigar, crear, probar y pulir aquello que les es imprescindible comunicar, con las virtudes de una directora que es también actriz, creadora, manipuladora de muñecos e integrante de diversos montajes medulares de teatro para sordos, el resultado es de calidad.

Ningún espectador extrañará las palabras, porque aquí se dicen muy pocas, cortas, precisas, las necesarias, y en cambio se irá con emociones, imágenes, reflexiones, risas y quizá una que otra lágrima.

Mundos secretos es, en efecto, la exposición sobre un escenario de esa coraza transparente que todos elevamos alrededor nuestro, de la que nutrimos fantasías y con la que construimos barricadas para aislarnos del temor que nos dan los otros, nuestros iguales; es también el universo que nos protege y puede ser el que nos aísla, pero desde el escenario es una gran ventana con doble vista.

La presente puesta en escena, sencilla, que no simple, por la complejidad de su factura hacia la nitidez de su significado, es una muestra de lo que se puede hacer con un zapato, con un golpeteo, con una mirada bizca, con un silencio, una mancha o una caricia; es un espejo inocente de nuestras atrocidades que empiezan a edad temprana, y al mismo tiempo es la posibilidad de intentar despojarnos de oxidadas anclas que nos envilecen.