FICHA TÉCNICA



Notas La autora comenta los contenidos del libro Para vivir del teatro, de Esther Seligson, editado por la UACM

Referencia Alegría Martínez, “Para vivir el teatro”, en Laberinto, núm. 291, supl. de Milenio, 10 enero 2009, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Para vivir el teatro

Alegría Martínez

El testimonio de que la librería Gandhi, antes de ser el emporio que es hoy, ofrecía teatro en el pequeño foro de su viejo y amado local; el hecho de que en 1976 Susana Alexander interpretó a Electra, aparte de sus simpáticas madres judías que conocemos hoy; la inauguración del Espacio C, CADAC de Héctor Azar; las certeras reflexiones sobre política cultural y reseñas de los 70, 80 y 90, integran parte del volumen de Esther Seligson titulado Para vivir el teatro, editado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en su colección Al margen.

La importancia de esta publicación reside en que en México pocas editoriales se dedican a publicar documentos fidedignos sobre nuestro teatro y pocas también son las plumas en las que se puede confiar en la materia, como lo es la de Esther Seligson, amante y profesional del teatro, que desde su labor como maestra de Historia del teatro y como articulista que fue de la revista Proceso, ubica el desarrollo de este arte mediante un agudo análisis, como bien lo apunta Vicente Leñero en el prólogo de este volumen.

El libro reúne distintas e interrumpidas etapas, en las que el lector podrá atisbar sobre lo que la escritora publicó a finales de 1976, así como durante los años 1977, 78 y 79, para ausentarse en 1980 y retomar su labor más tarde en una parte de 1981 y otra de 1982, hasta cumplir con 1990 y 1991 completos. Se trata de un valioso material que mientras nos acerca a aquellos montajes que no pudimos ver, nos otorga un buen panorama de la política escénica en México y alude a espacios ya desaparecidos, lo mismo que a personajes de este gremio que nunca imaginamos sobre un escenario, como a Sabina Berman bajo la dirección de Abraham Oceransky en 1978 en la obra Réquiem para un girasol.

Entre las virtudes de este compendio figura que su autora no sólo vierte su opinión sobre el espectáculo visto, sino en ocasiones sitúa al espectador en el contexto en que se genera el montaje y ofrece pormenores de sus directores o autores, como lo hace en el caso de Oceransky, de quien pondera su estilo propio, su capacidad de traducir el lenguaje del ensueño poético de orden ritual y menciona su obra Gucha' Chi como una de las más importantes experiencias escénicas de 1991.

Esther Seligson nos hace partícipes del montaje que Julio Castillo hizo de El pájaro azul de Maeterlinck en 1976, en el que Sergio Klainer representó el papel de El hada, puesta en escena que destaca entre las mejores de aquel año.

Asimismo nos da pistas para imaginar cómo fue la revista homenaje que este director inventó para Agustín Lara en el teatro Blanquita, en el que participaron Meche Carreño, Mantequilla y Javier y sus marionetas, que en su opinión se llevaron el primerísimo lugar.

La también poeta y traductora nos lleva de la mano por un curioso túnel del tiempo en el que se da el fenómeno doble que crea la sensación de estar ante un México escénico que ya no existe, mientras expone las particularidades de una política teatral que parecen las mismas del día de hoy, con lo que da cuenta de los retrocesos en la materia, del paso del tiempo, de algunos avances y también de pérdidas.

Así es como los artículos hablan en presente de que el viejo teatro de El Caballito fue sustituido por el teatro de la Universidad, llamado el Arcos Caracol, que desde hace más de 20 años no está en funciones.

Curiosamente, su texto sobre el segundo estreno de La hija de Rapaccini, única obra dramática de Octavio Paz, como lo expone, que tuviera su primer estreno en 1956 en el teatro El Caballito, vuelve a fracasar en 1978, bajo la dirección de Ignacio Hernández debido, en ese entonces estimó la crítica, a que pesaba demasiado la presencia del autor, que vivía, y ahora corre el rumor entre quienes presenciaron la puesta en escena de 2008 que un resultado similar se debió a que pesaba demasiado su ausencia. Deducimos, por tanto, que la obra de nuestro premio Nobel continúa a la espera del director que se libere de cargas para abrirle su dimensión justa.

Las contradicciones de quien se dedica a reseñar, criticar o reflexionar sobre montajes teatrales también es parte vital de este texto, en cuya imagen de portada podemos ver a Tangka, pintura budista tibetana y que en su interior despliega las razones por las que en algún momento Seligson se resistió a los recuentos anuales, debido a que en su opinión, la libertad de expresión existe porque nadie la toma en serio y se la confunde con intereses creados como “la grilla, la transa, el apantalle y el techingo”.

Al escribir sobre Cenizas, de Héctor Mendoza, se refiere a este trabajo –que por cierto produjo Morris Gilbert en 1978, quien además era una presencia silenciosa dentro el elenco– con el respeto que el director se merece, pero al mismo tiempo con el sentido común que le dictó su libertad y su experiencia, al señalar lo que le parecieron detalles a precisar, sin la parsimonia con la que de repente otros articulistas se refieren a la obra del maestro de generaciones.

En sus Reflexiones en torno al teatro mexicano hoy, al que le dedica cuatro entregas, la número II, publicada en 1979, menciona los vicios que aquejan a este arte, que por lo visto algunos continúan inamovibles, y anota entre éstos “la falta de un público sensible y deseoso de teatro, la falta de actores preparados política, artística y culturalmente, la falta de objetivos específicos inscritos dentro de un contexto nacional en los directores, la falta de una orientación general en los patrocinios institucionales, y de estímulo en la dramaturgia”, aunque este último parece que mejora paulatinamente.

La fascinación irrestricta, como define Esther Seligson su intenso apego al teatro, su trabajo constante desde las aulas, las publicaciones continuas sobre este fenómeno, y su respeto además de que no se ha dejado seducir tanto como para subirse a un escenario o a escribir una obra, ni querer figurar en ninguna de las posibilidades escénicas, le han dado a esta escritora la libertad para abordar los diferentes temas del fenómeno escénico con arrojo y honestidad, sin soslayar su complejidad política.

Así, en 1979 publica un artículo titulado Por órdenes superiores, que en un fragmento dice: “Hoy, por ejemplo, y bajo un pretexto X cae de la gracia de su protectora el Teatro de la Nación, con todo su contingente, 400 personas entre actores, directores y técnicos. Decimos X porque parece inconcebible que las presiones de la ANDA por cerrarle las fuentes laborales al SAI hayan logrado triunfar por encima de la sanción de la propia justicia federal autorizando la legalidad del Sindicato de Actores Independientes. Lo escandaloso del asunto estriba no tanto en que se borre de un plumazo un proyecto como el Teatro de la Nación que, en el fondo, careció durante dos años de una política teatral coherente, ni en que se hayan “derramado” 60 millones de pesos al efecto (a final de cuentas sale más cara y dura menos tiempo cualquier campaña de cualquier candidato del PRI), sino en que se patentiza una vez más que toda disidencia constituye un error y que error es pelear por el derecho elemental a subsistir fuera de los canales del sindicalismo charro”.

Así, Esther Seligson trae a nuestro presente los hechos que alrededor del teatro en México han propiciado su estado actual, que con sus avances y retrocesos podemos comprender mejor a la luz del valioso testimonio que es Para vivir el teatro.