FICHA TÉCNICA



Título obra Lágrimas de agua dulce

Autoría Jaime Chabaud

Dirección Perla Szuchmacher

Notas de dirección Ben Hadad Gómez / asistencia de dirección

Elenco Ana Zavala

Escenografía Edyta Rzewuska

Notas de escenografía Haydeé Boetto / diseño de títeres; Ben Hadad Gómez / realización

Iluminación Matías Gorlero

Música Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto

Referencia Alegría Martínez, “Historias de la abuela”, en Laberinto, núm. 287, supl. de Milenio, 13 diciembre 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Historias de la abuela

Alegría Martínez

En Lágrimas de agua dulce una abuela joven se las ingenia para contar la historia de su nieta frente a un hermoso tapiz, donde fuera de ella, los demás personajes son de tela y la gran mayoría se convierte en los verdugos de la niñita.

Así es como Perla Szuchmacher propone contar esta obra triste con una gota de esperanza, escrita por Jaime Chabaud, sobre los habitantes de un pueblo en el que un día se acabó el agua.

Szuchmacher le pidió a Chabaud que adaptara su texto, de modo que en vez de los 10 personajes autónomos en la escena, pensados originalmente para ser representados por actores, hubiera una abuela narradora, es decir, sólo una actriz y varios muñecos-personajes para protagonizar su historia.

Escrita en un principio para que fuera dirigida por Marisol Castillo y representada en una zona rural del Cáucaso, donde la miseria infantil y el maltrato continúan vigentes, el autor sostiene que la situación que viven sus personajes es parte de una realidad que en México no queremos ver.

Aunque cuando fue escrita por vez primera la abuela no era más que un personaje secundario en la historia, al trasladarla al plano de narrador funciona como catalizador y, según Chabaud, mejora en perspectiva, lo que forzosamente le llevó a redimensionar algunas situaciones y a anular otras.

Para él, reducir personajes o simplificarlos es una operación que desde su experiencia como dramaturgo requiere sacrificios, aunque lo que se pierde en dramaticidad se gana en la concentración del relato.

Consciente de que en manos de esta directora la obra se dulcificó un poco, porque acepta que su texto es un poco “bestia”, el autor reconoce la intimidad que éste adquiere, aunque el asunto central haya pasado a un término más anecdótico.

A partir de esta labor dramatúrgica, en la que necesariamente hay ganancias y pérdidas, Chabaud dice que haber adaptado su propio texto implica entender que el texto no es letra muerta y que este ejercicio es algo que debieran hacer los dramaturgos después de un tiempo de escribir su obra.

Una vez convertida en monólogo, Lágrimas de agua dulce se sostiene de principio a fin frente al hermoso tapiz del que sobresalen algunos elementos, gracias al volumen que los hace sobresalir del paisaje, al doble juego que les permite el diseño, para que árboles y animales puedan ser apreciados tanto bien alimentados como en los puros huesos, y a la actuación y manipulación de la actriz Ana Zavala, que da vida a todos los personajes que intervienen en esta obra.

Sin cuerpo de viejita, canas ni aditamentos, la actriz simplemente encorva un poco su tronco y se mueve pausadamente, al tiempo que habla con lentitud para interpretar a la abuela.

Este personaje clave, contador de cuentos en nuestra cultura, se toma su tiempo para sujetar con seguros algunos personajes en la parte del paisaje que les corresponde, mientras da voz y movimiento a la niña protagonista y a su amigo, que son de mayor volumen, aunque del mismo material que todo el pueblo.

Como si los espectadores estuvieran en la sala de su casa, con la actriz a unos cuantos metros de distancia, ella se dirige abiertamente a sus escuchas, rompe la cuarta pared y desde la memoria de la abuela les narra algo que, dice, le sucedió hace ya tiempo.

El dramaturgo plantea entonces las atrocidades y torturas de las que fue objeto la nieta por parte de su padre y de las autoridades del pueblo, como el hecho de hacerla llorar, dado que sus lágrimas carecían de sal, para devolverle el bienestar a su tierra seca.

Está claro que Chabaud tenía que inventar una “máquina nalgueadora” que le diera tundas sin cesar a la protagonista para poder vaciarla de lágrimas, con lo que su obra adquiere mayor dramatismo y de paso realiza una crítica feroz a la conducta adulta, a la tecnologización imparable y a la ambición desmedida.

Pero este dramaturgo, habituado a llevar la situación a su límite, involucra en el conflicto al párroco de la iglesia, a las beatas y además descubre al padre de la criatura como un corrupto sin sentimientos, todos coludidos en maltratar a la pequeña con tal de conseguir el líquido vital.

A esta anécdota difícil de representar, donde las lágrimas sirven para lavar la ropa, beber y nadar, Perla Szuchmacher le integra su espacial talento para resolverla con sencillez y buen gusto.

Esta directora argentina, autora de obras como Malas palabras,

El rey que no oía pero escuchaba, Canek y ¡Vieja… el último! entre otras, echa mano de las bondades de contar un cuento con fuertes anclas de realidad mediante un juego de muñecas.

De esta manera, la actriz juega en serio con los muñecos protagonistas, usa la voz de su personaje para narrar y construye una más para la niña y otra para su amigo, además de las del padre y los otros torturadores, y así puebla el escenario de imágenes, de sonido y hasta de risas.

La experimentada directora, dramaturga y pedagoga aborda así una situación desoladora mediante un lenguaje lúdico, que subraya las atrocidades que el autor quiere exponer, al exhibir a una sociedad ignorante, egoísta e indiferente a los derechos de los niños, en una atmósfera en la que es soportable esta anécdota en tanto el juego y un solo personaje solidario generan la esperanza.

Ana Zavala, la actriz, despliega un lenguaje claro desde la honestidad y la nitidez para articular la comunicación entre sus personajes, el público y su propio personaje, trabajo que exige una labor múltiple que desarrolla con eficacia y dulzura.

El montaje cuenta con un diseño escenográfico de Edyta Rzewuska, iluminación de Matías Gorlero, diseño de títeres y asesoría en manipulación de Haydeé Boetto, además de la realización de vestuario, escenografía, títeres y asistencia de dirección a cargo de Ben Hadad Gómez.

Con música original de Félix Bailon Guarro y Alejandro Barrera Cateto, La Botarga, Lágrimas de agua dulce, primer lugar de la Muestra Estatal de Teatro de Michoacán 2008, es producto de un teatro hecho por profesionales, para quienes los niños de verdad son lo más importante.