FICHA TÉCNICA



Título obra Cuadros de...

Notas de Título Inspirada en Cuadros de una exposición de Modest Mussorgsky

Autoría Emmanuel Márquez

Dirección Emmanuel Márquez

Notas de Música Abd El Hadi Sabag / piano

Referencia Alegría Martínez, “Títeres para una imaginación subversiva”, en Laberinto, núm. 283, supl. de Milenio, 15 noviembre 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Títeres para una imaginación subversiva

Alegría Martínez

Cuadros de... es una provocación para espectadores de corta y de larga edad dispuestos a asomarse a un teatro de música y plástica, donde las pinturas se mueven, toman forma, se desarticulan o se componen, y una vez despojadas de su estatismo juegan y respiran al ritmo de los sonidos dentro de las cuatro líneas que las contienen.

Emmanuel Márquez, autor y director de este montaje, insiste en su teatro subversivo para chicos y acompañantes, al subir al escenario los temas que ocupan a los artistas, por fuertes, dolorosos o mágicos que resulten.

El también actor y titiritero abre el pasadizo secreto para que los espectadores jóvenes tengan la posibilidad de elegir cómo atar los cabos de cada propuesta, o sencillamente dejarse llevar por la imagen, por la sensación que ésta produce y por lo que las notas del piano generen en cada persona.

Para la presente puesta en escena Márquez solicitó a nueve artistas plásticos, arquitectos, dibujantes y pintores, una obra a partir de lo que les inspirara la obra Cuadros de una exposición de Modest Mussorgsky, creada a su vez sobre lo que le generó al compositor la vista de la exposición de su amigo Víctor Alexandrovich Hartmann, fallecido a los 39 años de edad.

La primera parte del espectáculo integra la versión nacional de Márquez sobre la obra Petroushka, de Igor Stravinsky, de la que eliminó la decapitación y transformó a la bailarina en una exótica mexicana de feria, mitad china poblana, mitad Mi bella genio, que se rinde de amor ante un musculoso futbolista enamorado de sí, dejando al pobre Petroushka solo y sin ilusión.

En esta propuesta, en la que los títeres también pugnan por tener vida, el espectador observa los esfuerzos vanos del payasito para salir de su caja que a ratos se agranda y por momentos se empequeñece, contemplando la imagen de lo que se puede observar como si dentro no ocurriese nada, cuando al interior de la caja y del personaje se libra una batalla para poder salir tanto de sí como del encierro.

Cuadros de... es una historia sin palabras en la que la música de Mussorgsky es el transmisor de la emoción. Ahí está un joven músico al piano, Abd El Hadi Sabag, quien más allá de una interpretación nítidamente técnica, hace que los niños perciban las notas de Cuadros de una exposición y vean cómo alguien las toca, las genera, las produce desde el escenario.

Está claro que el director pudo haber echado mano de una grabación, pero la presencia del pianista, que se da la oportunidad de interactuar con el espectáculo, de ser parte de él, e incluso de jugar como un integrante más de la compañía –cosa que no suelen hacer los músicos–, con un elemento esencial del montaje, es algo que el espectador recibe con gusto.

Esta puesta en escena es un trabajo de riesgo, y ésa su ventaja. No todos los espectadores menudos se dejan llevar por las imágenes y la música, pero hay quienes se dejan ir por las rutas de El viejo castillo, creado por Haydeé Boetto, donde un músico con textura de roca y alma de hulespuma deja que su cuerpo vuele por el espacio para conformar otra escultura.

Aquí los paisajes crecen en el escenario. Esta galería viviente invita a 200 personas a pasear frente a cuadros que pueden medir 12 metros por ocho, dos metros por tres, u ocho por seis, donde la vara, el plástico, el cartón y el alambre tienen una importante presencia.

Alfonso López Monreal propone unas Catacumbas con fantasmas que vuelan y se abrazan sin que haya terror de por medio, sino un instante de vuelo, de sorpresa, de misterio lúdico.

Babagaya sobre patas de gallina es el título del cuadro de Iker Vicente, quien con un paraguas construye una falda, una bruja sobre patas de gallina que toman sendero por su cuenta para posarse en el piano; alambres, trapos y flejes que conforman un ser transformable de partes autónomas unidas finalmente para la huida.

Jorge Ballina Garza, creó La gran puerta de Kiev, espacio en el que la tela y el aluminio en manos de este artista levantan barcos, muros, puertas, paisajes móviles y flores abiertas; atmósfera habitada por unos diminutos seres de trapo que se afanan en transformar su entorno.

Manuel Ahumada, conocido por sus lúgubres cartones publicados en diversos diarios, diseñó El mercado de limones, cuadro-cuento en el que dos hombres que bebieron en exceso sufren un accidente automovilístico con la fatal conclusión de que embisten a una angelita desnuda que volaba por ahí y que por cuestiones del destino termina como los pollos congelados, colgada de sus patitas en un expendio de estas aves para quienes piensan convertirlas en delicioso platillo.

Gnomos de Gilda Castillo, Tullería y Bydlo de Manuel Pujol Baladas, Ballet de Polluelos de Magali Lara, Dos judíos polacos de Fernando Robles, son los títulos de las obras que integran el universo completo de esta singular exposición que el director hace en homenaje a Juan Ibáñez, quien al estrenar Juego mágico lo dejó hace ya algunas décadas, fascinado por las posibilidades del universo musical.

Sin embargo ese sueño sólo podía cumplirse si los artistas unían su trabajo y lo donaban para que en un montaje de teatro infantil utilizara esos lenguajes desplazados que se usan generalmente para acotar, subrayar, alterar o enriquecer a la palabra, pero casi nunca para suplirla.

Cuadros de… es un espectáculo que puede iniciar musicalmente tanto a los niños como a sus padres, y aunque se trata de dos obras de gran complejidad interpretativa, ambas inscritas en una atmósfera lúdica y creativa, establecen una comunicación continua sin estridencias, obviedades ni clichés infantiloides.

El contraste convive en las propuestas de Márquez, en las que además de la tragedia cotidiana, siempre hay lugar para el juego, la dulzura y la belleza, en una reiteración constante de que esos matices son los que nos conforman.