FICHA TÉCNICA



Notas La autora reseña las funciones con las que en 2008 el Teatro de la Ciudad recobró el nombre de Esperanza Iris

Referencia Alegría Martínez, “Noches de nostalgia y zarzuela”, en Laberinto, núm. 281, supl. de Milenio, 1 noviembre 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Noches de nostalgia y zarzuela

Alegría Martínez

Los amantes de la opereta y la zarzuela tuvieron dos noches para empaparse de música, baile, canto y castañuelas; dos funciones, el 24 y 26 pasados, para recordar aquel México que aún tenía “hijas predilectas”, ése donde los teatros se caían de aplausos y había noches de gala para escoger.

Treinta y dos años debieron transcurrir para que el teatro construido con las ganancias de la tiple Esperanza Iris recobrara su nombre original, aunque fuera al lado del título de Teatro de la Ciudad.

El edificio ubicado en Donceles 36, donde antes estuvo el teatro Xicoténcatl, fue construido con los dólares que valían 15 pesos por billete y que le pagaban por sus giras internacionales a la Tiple de hierro, lo que le permitió inaugurar su sueño, que tuvo una inversión inicial de 48 mil pesos, y llegó a costar un millón y medio, el 25 de mayo de 1918.

Aquella noche asistió a la función el presidente Venustiano Carranza, que sin ofrecer discurso alguno presenció el espectáculo en silencio desde su butaca y más tarde le hizo llegar a la artista una tarjeta de oro con sus felicitaciones.

El gobierno capitalino, que administra el actual Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, además de devolverle el nombre de su creadora al recinto, rindió homenaje a la llamada “Embajadora de la gracia”, lo que hizo salir de su casa a un público que ronda los 60 años de edad para vivir una noche de fiesta en la que se agitó en su memoria la infancia, la juventud y la nostalgia.

Fue feliz la audiencia con extractos de obras como La duquesa del Bal Tabarín, El conde de Luxemburgo, La gran vía, El niño judío, La viuda alegre y Gigantes y cabezudos, entre otras; el pleno cantó, suspiró y no contuvo el llanto ante la interpretación de algunas buenas voces –que poco acuden a este género pero que cumplieron el reto– como las que poseen María Luisa Tamez, Regina Orozco, Lourdes Ambriz, Irasema Terrazas, Ivonne Garza, Verónica Murúa y María Katzarava.

Regina Orozco fue sin embargo la de mayor presencia, porque su ser actriz no la abandona mientras canta y su voz cantante no deja de actuar ni olvida que en el escenario los silencios hablan.

Héctor Bonilla narró pasajes de la vida de la Iris representada por Elsa Aguirre y Hernán del Riego intervino con actuación y voz en más de cinco roles distintos; así cada quien deleitó a su público, dividido por generaciones y gustos, pese a fallas y tropiezos, porque esta vez cada espectador sintió que se dirigían a él y a ella sobre un personaje conocido, añorado y vuelto leyenda, desde un espacio familiar que recupera a la vida.

La Orquesta Filarmónica de la Ciudad, con sus 38 intérpretes bajo la batuta de James Demster, director huésped, escuchó vivas al final de la noche.

Los 117 cantantes del coro Cantus Hominum, que aparecían detrás de telón iluminados apenas, cuando antes sus voces abrigaban con fuerza la voz del solista, fueron ovacionados de pie junto a toda la compañía.

Los tenores Leonardo Villedo y Alejandro Coreño, así como los bailarines españoles Marisol Moreno y Raúl Salcedo, hicieron suyo el espacio como si no se hubieran ausentado de él.

Y aunque el espectáculo pudo ajustarse en detalles, de tener más larga vida, la magia corrió por pasillos y palcos como hace mucho tiempo no ocurría en ese recinto, lo mismo que no se invertía presupuesto y talento para hablar de una actriz, una tradición, un teatro y una cultura que nos son propias.

Acostumbrados a que espectáculos de esta naturaleza, que contemplan ofrecer sólo dos funciones, se hagan únicamente cuando nos visita una compañía extranjera, el resultado de este gran esfuerzo es quizá el inicio de una etapa que abandone el desdén por todo aquello que habla de nosotros.

Durante dos noches, allí, en el balcón número 8 del foyer, donde María Esperanza Bofill Ferrer observaba al público de su teatro y lo que ocurría en el escenario, Elsa Aguirre encarnó a la empresaria y tiple, cuya fama y fortuna no le impidieron afirmar: “Dios tenía que darme el dolor a manos llenas”.

Cuentan que la artista y madre que vivió la muerte de todos sus hijos y padeció el encarcelamiento de su tercer marido, el barítono Francisco Sierra, gritaba con voz ahogada desde su palco: “¡Paco es inocente!”, como lo hizo la Aguirre durante el homenaje.

Su joven esposo fue involucrado en el estallido de una avioneta de la Compañía Mexicana de Aviación que se dirigía a Oaxaca, el 24 de septiembre de 1952. Se dice que el marido de la Iris fue amigo y socio del hombre que vendió seguros de vida a los pasajeros que abordaron el transporte.

Tanto el amigo Emilio Arellano como Paco Sierra fueron detenidos como sospechosos de ataque con explosivos a las vías de comunicación, fraude en grado de tentativa, homicidio con premeditación en grado de tentativa, lesiones y daños en propiedad ajena, y más tarde ambos recibieron la acusación de planear el atentado para cobrar el monto de los seguros, por lo que fueron encarcelados el 4 de octubre de 1952.

Hubo quienes, alejados del mundo de la farándula, supieron de la existencia de Esperanza Iris debido al escándalo de nota roja, que sin embargo no rindió a la Tiple de hierro, quien enviaba cartas y comida a su amado y organizó un coro en el penal.

Aquella pequeña a la que llamaban María y que vivía en la pobreza con su madre, padrastro y hermanos en Tabasco, ya mostraba su temple ante los retos. Un empresario, dueño de una compañía teatral infantil, descubrió el talento de la niña sólo al hablar con ella y le ofreció ser parte del elenco. La chica, feliz de convertirse en artista y ganar dos pesos como salario –¡el doble de lo que percibía su padrastro!–, se fue para sacar a su familia del desconsuelo económico.

Ante la necesidad de encontrar un nombre artístico para ocultar la vergüenza de ser del teatro y evitar la mala fama, ella, sin saber cuál era su segundo nombre, dijo que se quería llamar Esperanza porque ése era el nombre que usaba al jugar a las comadritas.

Su padrastro añadió el seudónimo de Iris, un tanto sarcástico, por si los poetas al hablar de ella querían encontrar en su nombre algo que les inspirara composiciones hermosas.

Y en efecto, retratada en pintura por el artista Joaquín Sorolla en Madrid y con un poema escrito para ella por Salvador Rueda, la pequeña a quien la compañía infantil le cobraba 25 centavos por falta (acumulaban el dinero para comprar dulces a todos, menos a los niños actores multados), se dio tiempo para escribir sus memorias, publicadas en 2003 por el CITRU, Conaculta, INBA y el Gobierno de Tabasco bajo el título Esperanza iris. La tiple de hierro en un bello ejemplar elaborado por Sergio López Sánchez y Julieta Rivas Guerrero.

La artista, que fuera condecorada por el rey Alfonso XIII de España, llamada también Coronela Honoraria del Regimiento de León en Madrid, aunque con hipotecas y visitas al Monte pío, cumplió su sueño que hoy se yergue bajo La Fama y La Victoria esculpidas en el frontispicio de su teatro, donde a lo largo de dos noches casi tres mil personas sintieron recuperar un bien perdido.