FICHA TÉCNICA



Título obra Moliére el hipocondriaco.

Autoría Arnaud Charpentier y Fermín Zúñiga

Dirección Arnaud Charpentier

Grupos y Compañías La Biznaga

Elenco Miguel Flores, Carlos Cabos, Ofelia Córdova

Escenografía Blanca Forzán

Vestuario Dora García

Productores Dora García

Referencia Alegría Martínez, “Un enfermo llamado Molière”, en Laberinto, núm. 275, supl. de Milenio, 20 septiembre 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Un enfermo llamado Molière

Alegría Martínez

Un viaje al París de 1647, cuando los actores de Molière irrumpían a gritos en las calles para atraer público; un vistazo a los obstáculos que estos artistas enfrentan para poder dedicarse a la profesión; una oportunidad para husmear en su vida detrás del escenario; tres momentos de obras distintas de Jean-Baptiste Poquelin y una buena probada de lo que se siente ser tomado en cuenta como espectador, es lo que propone Molière el hipocondriaco.

El pequeño escenario, montado sobre otro, se vuelve caja de sorpresas: al fondo deja ver el camerino improvisado de los actores y en sus laterales abre espacio a unas filas de espectadores que observarán a centímetros de distancia el universo del actor y director de teatro francés.

En este ámbito escenográfico diseñado por Blanca Forzán, donde un mínimo foro es iluminado con pequeñas bombillas semiocultas desde el piso y cuatro velas en lo alto de sus varas, el público podrá tener varias perspectivas de lo que ocurre, a veces detrás de un telón ligero, en ocasiones a espaldas de los actores o acaso bajo el sombrero de plumas que alude a su majestad el rey Luis XIV.

La experiencia se enriquece, se humaniza desde este lugar con oportunidad de ópticas diversas, donde quienes miran son a su vez mirados por los que se encuentran dentro de la escena y por quienes están fuera, donde la máscara de protección humana se desvanece en reacciones corporales y en risa irremediablemente.

Arnaud Charpentier y Fermín Zúñiga escriben un texto que intercala escenas de El médico fingido, El amor médico y El enfermo imaginario de Molière, con pasajes de la vida de este artista imprescindible del siglo XVII.

Así es como el público vive la experiencia de un espectáculo integral en el que no sólo queda clara la postura de Moliére frente a los médicos charlatanes de su época, sino su preocupación por lograr mejoras en el género humano.

Con el humor como vehículo, las tres obras elegidas por los dramaturgos ridiculizan no sólo la ignorancia de los encargados de la salud ajena, sino su ambición sin medida y su falta de ética, mientras que por otra parte sitúa en contexto al espectador al mostrar los padecimientos físicos de Molière y el repudio de que fue objeto por parte de los galenos que se negaron a atenderlo a causa de las críticas del artista.

Es así como Charpentier y Zúñiga vinculan desde la propuesta de su texto para la escena todo lo que interviene en ésta, en tanto Molière como dramaturgo elige determinados temas a partir de su experiencia de vida y su necesidad única de expresarse, que se comprende mejor al verlo, como aquí lo muestran, apesadumbrado, urgido de operar un cambio en el espectador y preocupado por entregar a su público un producto bien realizado.

Arnaud Charpentier dirige a Miguel Flores, Carlos Cabos y a Ofelia Córdova, quienes se encargan de interpretar más de un personaje, especialmente la actriz, que además nos ilustra con certeza esos momentos espeluznantes en que el director le exige cumplir con los objetivos artísticos desde la voz del marido que no perdona flaquezas en su montículo de artista.

Miguel Flores y Carlos Cobos vuelven a hacer una pareja actoral de buen equilibrio después de aquella maravillosa puesta en la que compartieron la escena titulada Ñaque o de piojos y actores, montada hace más de una década.

La fluida comunicación entre Cobos y Flores, a la que se adiciona la de Córdova, la manera en que los tres construyen esa red invisible que evita la caída al vacío de sus personajes, cohesiona las tres obras y otorga solidez a los personajes.

Carlos Cobos, con la gracia y el sentido común que le caracterizan construye a un actor cansado de una profesión llena de sobresaltos mientras que deja ver la lealtad del compañero de escena, el cumplimiento de un trabajador artístico, la admiración por su director y la necesidad de cumplir con sus propias metas.

Cercano, simpático, agudo, tierno, travieso y socarrón, el personaje de Carlos Cobos, como muchos de lo que ha representado a lo largo de su carrera, deja su esencia en el goce del espectador, que después de observarlo formará para siempre parte de su memoria emotiva.

Miguel Flores, por su parte, en la creación de un Molière irascible, preocupado, consecuente en sus actos y palabras, le ofrece al espectador la oportunidad de apreciar otra perspectiva del autor de El médico a la fuerza, donde el humor y el rigor se emparejan, dejando una visión poco abordada de este personaje tan representado.

La Biznaga es el nombre del grupo que hace posible esta puesta en escena, nombre proveniente de un cactus que como bien exponen en el editorial de su periódico titulado La Espina, "crece en condiciones extremadamente hostiles debido a su capacidad para adaptarse a un ambiente profundamente adverso".

Articulados como lo requiere una compañía de teatro profesional, en la que también participan Dora García a cargo del vestuario y la producción y Roberto Blenda como fotógrafo, La Biznaga nos alienta a no dejar de insistir en que el teatro en tanto arte personificador es una actividad imprescindible en toda época.