FICHA TÉCNICA



Título obra Emigrados

Autoría Slavomir Mrozek

Dirección David Psalmon

Elenco Joaquín Cossío, Silverio Palacios

Escenografía Edyta Rzewuska

Vestuario Edyta Rzewuska

Referencia Alegría Martínez, “Dardos con punta venenosa”, en Laberinto, núm. 273, supl. de Milenio, 6 septiembre 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Dardos con punta venenosa

Alegría Martínez

Dos emigrados con rostro de Joaquín Cossío y Silverio Palacios se aferran por motivos distintos a un cuartucho mínimo donde ninguno, por encima del país que los hermana, puede descuidar lo único que considera propio, así esto sea un cerillo o una lata de conserva.

Dos hombres que viven en la no paz comparten más que una habitación con goteras hasta donde se cuelan los ruidos, las risas, los sonidos de la gente que tiene derecho, por haber nacido ahí, de sentirse dueño de un lugar; de la calma, de un idioma, de una identidad y un salario que los invita a dar la cara con un orgullo asimilado a la indiferencia.

Slavomir Mrozek escribe Emigrados, historia de dos hombres del mismo país que comparten gastos, vivienda, fracasos y alevosías en una demarcación ajena, donde escuchar palabras los deja sin la certeza de conocer el significado, donde sólo el archivo de su memoria les puede hablar de sí: forasteros en un mundo que no les podrá ser familiar.

Y mientras el autor expone los obstáculos del entorno dentro de un país y una cultura que no nos pertenece –los que sean–, nos arroja la pesadumbre de un personaje y el sarcasmo de otro, ambos anclados a la convivencia forzada por más insoportable que les resulte.

Emigrados es un importante texto del autor nacido en 1930 en Borzecin, Polonia, y naturalizado francés, cuya vida transcurrió mayormente en el exilio a partir de la censura de que fue objeto su primera obra: Policía. Y posteriormente las demás.

Venerado en su país natal, aunque vivió en Italia y después en Francia, estudiante de arquitectura, historia del arte y cultura oriental, fue periodista y dibujante satírico antes de volcarse a la literatura en 1957.

Narrador y dramaturgo, tanto sus cuentos como sus obras poseen una ironía que cruza de principio a fin sus anécdotas revestidas de absurdo como elemento revelador de la incongruencia que nos perfila.

Divertidos a partir de la rigurosa parodia de sí en que ubica al género humano, en apariencia de la manera más inocente, como si ignorásemos por completo nuestra propia estupidez, los diálogos de sus obras siguen trayectorias certeras hacia el interlocutor, como si se tratara de dardos con punta venenosa.

Y sin embargo bajo la mirada, la piel, los gritos, las amenazas, los puños cerrados de una mano que busca algo blando para descargar el golpe, se escurre una gruesa gota de nostalgia, se desparrama una risa que avergüenza porque surge trágicamente y se asoma una cicatriz de nostalgia con olor a ternura desvencijada.

Por eso es que estos dos seres sin nombre tienen la cara de quien nosotros queramos, porque Joaquín y Silverio son dos grandes de nuestra escena, porque cada uno en su registro actoral y tesitura traduce con nitidez las pausas que imponen sus personajes, que no requieren más que elegir entre la inmensidad de recursos que ambos actores han pulido a lo largo de los años y durante su tránsito por los distintos géneros.

Dependencia de opuestos; un hombre culto, sarcástico, calculador y soberbio, comparte hábitat con un impreparado, elemental hombre de provincia, cuya hambre se vuelve túnel sin pausa, reducto abierto, dispuesto siempre a llenar el vacío, aunque sea con una comida felina.

Intelectual y obrero se incomunican y se acompañan, sacan provecho el uno del otro durante el intercambio de un cigarro, un insulto, algún golpe y la libertad de blasfemar en el encierro.

Una noche de año nuevo en cualquier lugar del planeta ofrece a estos personajes la posibilidad de arrancarse verdades y costras, al fin no hay nadie allí que tenga algo más que eso.

El juego del poder expone su quijada a corta escala como si Mrozek armase una metáfora dramática mínima para evidenciar que nos dedicamos a una reproducción sistemática de este juego en el que las lastimaduras se dan por turno y de manera incesante.

Joaquín Cossío interpreta al hombre ingenuo pero observador rudo y silvestre, que es capaz de inventar aventuras, de fingirse miserable para cumplir su objetivo. La estatura física y actoral de Cossío subrayan la tragedia de un personaje entrañable que vive de imágenes y nostalgias.

Silverio Palacios está a cargo del hombre que calcula, que lee sin pausa y, sobre los beneficios de su cultura, se vuelve un tirano soberbio que no alcanza a deducir consecuencias.

Un personaje neurótico e inseguro, dueño de un sarcasmo escurridizo que toma forma en la expresión de este actor quien, como su colega, da prueba de que ese arte puede ser sublime.

Bajo la dirección de David Psalmon, quien entre esta gran cantidad de aciertos tendría que cuidar la peligrosa y latente desviación hacia el melodrama de los últimos minutos, Emigrados es también ese espacio escenográfico de Edyta Rzewuska, que junto con el vestuario de su diseño, nos regala la posibilidad de ubicar con tino un lugar y un ropaje propios de quienes lo único que tienen como todos los demás, es lo puesto.