FICHA TÉCNICA



Eventos VI Muestra Nacional de la joven Dramaturgia

Notas La autora comenta, entre otras, obras de Édgar Álvarez, Rodolfo Palma Rojo y Hugo Wirth

Referencia Alegría Martínez, “Muestra Nacional de Dramaturgia Joven”, en Laberinto, núm. 267, supl. de Milenio, 26 julio 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Muestra Nacional de Dramaturgia Joven

Alegría Martínez

Un banquete para teatreros que degluten teatro y lo vomitan enseguida es parte de lo que se pudo observar en la Sexta Muestra Nacional de la joven Dramaturgia, llevada a cabo recientemente en Querétaro, donde sin embargo se dieron a conocer textos dramáticos y montajes interesantes que, aunque requieren de pulimento, muestran ya un buen punto de partida tanto estructural como temático que es importante reconocer.

A pesar de las ganas de ver sangre, como lo externó Luis Enrique González Ortiz Monasterio durante una mesa de análisis de las obras leídas y encomendadas a varios críticos para levantar el Primer Mapa Crítico de Autores de Teatro del Siglo XXI en México, su ímpetu gore se vio saciado sólo a medias, debido tal vez a que en algunos casos se encontraron más aciertos que errores en las obras escritas.

Por su parte Fernando de Ita, buen concertador y participante, se manifestó partidario de la misma necesidad sangrienta, aunque de manera más delicada, al decir que era necesario ser más críticos respecto a los trabajos analizados; sin embargo, nuestra joven dramaturgia respira.

Dividida esta muestra en talleres, mesas de análisis y de montajes en una modalidad de lectura de texto con movimientos sobre la escena, lo que en la mayoría de los casos obstaculizó ambas posibilidades, el resultado demuestra que hay una gran cantidad de jóvenes, con trabajos de mayor o menor calidad, que se dedican a buscar su propio lenguaje para la escena.

Dos de los nueve montajes presentados en esta sexta emisión auspiciada por el Instituto Queretano de Cultura que dirige Manuel Naredo, y recibe apoyo tanto del INBA como de Conaculta para tomarle el pulso a la dramaturgia joven del país, fueron Asesinos gourmets de Édgar Álvarez y Ya no habremos vuelto mañana de Rodolfo Palma Rojo.

En el caso de la obra de Álvarez (mexicano nacido en 1970), que él mismo dirigió con un reparto integrado por Mariana Gajá, Diana Lein, Ernesto Godoy y Rodrigo Vázquez, se trata de una pareja de jóvenes enamorados a quienes les une el placer de matar y de regodearse en el reto que cada asesinato conlleva.

Con buenas actuaciones femeninas y un trabajo actoral masculino que deberá afinarse más a medida que se consolida la puesta en escena para dejar de ser un marcaje con libreto en mano, esta obra, que requiere eliminar reiteraciones y encontrar el modo de atesorar los hallazgos dramáticos, atraerá seguramente a un público en busca de temas actuales que requiere un arduo y complejo trabajo de dirección.

En una propuesta delirante en la que no cabe la culpa ni el remordimiento, Asesinos gourmets acerca al espectador a esa parte perversa del ser humano que sólo siente la vibración de la vida cuando despoja a otro de la suya.

Respecto a Ya no habremos vuelto mañana de Rodolfo Palma Rojo, autor del DF que nació en 1955, cuya obra fue dirigida por Alejandra Serrano, ella sí una directora joven, lo que se pudo ver fue un intento por desentrañar un texto complejo, extenso y laberíntico que logró buenos momentos, pero que sin embargo no contó con la comunicación necesaria entre el autor de experiencia y la joven directora para esclarecer las necesidades de la obra y encontrar una vía común hacia la puesta en escena.

Su elenco, conformado por Alba Domínguez, Rogelio Baruch, Adrián Vázquez y Abraham Vera, requiere de una labor individual hacia el hallazgo del registro interno del personaje así como de un mayor trabajo de equipo para encontrar el lenguaje escénico que los ubique en la atmósfera que el texto plantea.

Por otra parte, y sobre la encomienda para esta muestra de que cada crítico leyera entre cuatro y seis obras de tres autores jóvenes, lo que se desprende dé esa labor que en mi caso integró textos de Hugo Abraham Wirth, Mario Cantú Lozano y Alberto Castillo, arrojó un resultado positivo en cuanto a la revelación de que estos jóvenes no se complacen en enunciar un tema atractivo sin desarrollarlo, como sucedió con sus antecesores, sino que se dedican a trabajar en su estructura y en su contenido, así como en la coherencia de su planteamiento sin buscar la salida fácil, por más descabellado que sea su tema.

Los tres autores desarrollan sus propios universos del desaliento con determinación, y a su perspectiva sin horizonte añaden un sentido del humor particular que expone con crudeza sus puntos de vista, como si el reto consistiera en abrir en canal a los seres humanos y mostrar sin mesura todo su dolor oculto para jugar al lanzamiento de despojos con habilidad e ingenio, aunque haya textos que requieran mayor trabajo que otros.

La obra de Hugo Wirth es temáticamente una de las más dolorosas, brutalmente sexuales y escandalosamente soeces, y en la misma proporción se trata de un gran trabajo sobre un universo emocional contenido y una reflexión social sin remilgos, desarrollada con rigor dramatúrgico al grado de que, aunque nos desagrade, es imposible sustraerse a su valor.

Independientemente de la repulsión que la lectura de sus textos provoca por la crudeza con que sus personajes hablan y por su conducta, aunque la mayoría de sus obras despliegan circunstancias vehementemente escatológicas y grotescas, en el fondo siempre hay un grito triste que no soporta ser acallado, una ternura asfixiada que apenas se mueve y un humor por encima de la desgracia que nos impide darle la espalda.

Con la posibilidad de escribir tragedias absolutas como La nena del abuelo, donde la pederastia conduce a un túnel de muerte y dolor sin final; tragicomedias como La fe de los cerdos, sobre el narcotráfico, obra en que la droga es transportada en el interior de bebés muertos; piezas como Los ositos y el misterio del culo, o comedia satírica como El día de la intolerancia... y Constantina no estaba, Hugo Wirth depura el dolor y lo purga con desechos del cuerpo, con sexo y una terrible carga emotiva dificil de liberar, por eso su humor se convierte en exhalaciones de veneno que provocan risa súbita, dardos disparados desde dentro como única posibilidad para seguir respirando.