FICHA TÉCNICA



Título obra Persona

Notas de Título Basada en el guión de Ingmar Bergman

Notas de autoría Daniel Giménez Cacho, Laura Almela y Mariana Giménez / adaptación

Dirección Daniel Giménez Cacho

Elenco Laura Almela, Mariana Giménez

Escenografía Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro El Milagro

Referencia Alegría Martínez, “El diálogo de los recuerdos”, en Laberinto, núm. 263, supl. de Milenio, 28 junio 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

El diálogo de los recuerdos

Alegría Martínez

La actriz Elisabeth Vogler se queda sin voz durante la representación de Electra, su arribo al hospital donde se le diagnostica física y mentalmente sana, y la posterior convivencia con la enfermera que la cuida en una playa apartada, conforman la anécdota del guión que Ingmar Bergman escribió durante su estancia en el hospital donde convalecía por el estrés que le produjo su cargo como director de la Compañía Real de Arte Dramático de Suecia.

Estas dos mujeres complementan su universo a partir del torrente de palabras que una pronuncia y el silencio terrible que la otra mantiene, lo que incide en la conciencia de cada una, como si una puerta invisible se abriera a los pensamientos ajenos para ponerlos bajo una luz de la que habían sido preservados durante años.

Daniel Giménez Cacho dirige esta adaptación del guión cinematográfico al lenguaje teatral, realizada por él y las dos actrices que la interpretan: Laura Almela y Mariana Giménez, en una propuesta escénica de gran valor.

El director y adaptador desmenuza la esencia de este drama de modo que las actrices se atengan exclusivamente a su fuerza interior y a su capacidad histriónica; aquí ellas están solas.

Laura y Mariana no cuentan, como sucede en la película, con una introducción que le proporcione al espectador las pistas sobre lo que verá a continuación, o al menos lo ubique en un estado de ansiedad.

El rostro de un niño con anteojos que acaricia la imagen de la actriz Bibi Andersson en la pantalla cinematográfica, una absurda secuencia de dibujos animados, un sketch de cine mudo, una tarántula, un falo, la luz de dos lámparas y una música inquietante, abren paso a los acontecimientos de la cinta rodada por Bergman en 1966.

El mar, el sonido de las olas, la vista del acantilado, la presencia de una música que en el filme no da tregua, en el teatro son elementos que desaparecen.

Sin el impacto cinematográfico de un close up, Laura y Mariana sustituyen paisaje y efectos sonoros con su actitud y crean la playa con sólo cambiar de posición las sillas y recostarse en ellas.

Las actrices se quedan con la labor de proyectar lo que les provocan personajes que aparecen en la cinta pero que fueron eliminados por el director-adaptador, como el marido de la actriz, la directora del hospital y un niño.

En el escenario rectangular del teatro El Milagro, al entrar las actrices una moneda lanzada al aire decide cuál de las dos interpretará a la enfermera y a la actriz, y así comienza esta puesta en escena.

Giménez Cacho nos arroja a un juego sin preámbulos, donde la atmósfera tiene que ser creada a partir de ese instante por dos seres humanos con los elementos que su banco emotivo contenga y su cuerpo sea capaz de expresar.

Así es como el director hace que ambas actrices estén siempre alerta sin posibilidad de acomodarse en su personaje o de viciarlo.

Ellas se vuelven surtidor de subtextos que viajan en lo que un personaje calla, mientras el pasado le pone ancla a su presente, y el otro se deja ir en palabras, en recuerdos y esperanzas truncas, hasta establecerse una simbiosis de la que el espectador se vuelve testigo incrédulo.

La enfermera quisiera emular a la actriz y ésta en su mutismo se nutre de imágenes ajenas mientras intenta desentrañar, diluir las propias y después defenderse.

Lo que el público ve como escenario es un rectángulo negro sobre el que se desplazan las actrices, inscrito dentro de otro rectángulo formado por la distribución de la butaquería a ambos lados del espacio, lo que ofrece al espectador cada vez un ángulo distinto.

La escenografía de Gabriel Pascal, en madera negra con sillas modernas y mesas cuadradas en los extremos del espacio, parece proponer una sofisticada y a la vez sencilla cancha de juego, donde el sentido de la vida cobra una densidad mayor según toman forma los secretos de ambas mujeres.

El personaje del niño en la versión teatral es sólo una foto que el público no ve, como no ve al marido de Elisabeth, cuya presencia y acción es contundente y violenta.

La manera en la que Daniel Giménez Cacho consigue que la ausencia física de estos personajes tenga una fuerte presencia, fue subrayar la reacción de estas mujeres a los remordimientos en relación con el niño y a la falsa relación sexual presuntamente amorosa que una de ellas sostenía con su marido, mediante la crudeza de un agresivo acto sexual en el que sólo vemos a quien reacciona.

Esta obra plantea un erotismo subterráneo en las acciones pero explícito en el diálogo de los recuerdos.

Persona es un río de lágrimas que a ratos se detiene en el rostro de dos mujeres incomunicadas consigo y su entorno, de donde parten hacia una interrelación circunstancial que las atrapa irremediablemente.

Es también una vía para observar la transformación humana en cuanto se aísla de su hábitat para permitir que emerjan los conflictos postergados.

Un cruce de realidades, verdaderas o inventadas, una muestra de contención, una probada amarga de dolor y de ira; un buen ejemplo de lo que puede ser El Milagro.