FICHA TÉCNICA



Notas La autora reseña las actividades de la Primera Feria del Libro Teatral, dedicada a la memoria de Emilio Carballido

Referencia Alegría Martínez, “Teatreros en la feria”, en Laberinto, núm. 259, supl. de Milenio, 31 mayo 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Teatreros en la feria

Alegría Martínez

El vestíbulo del teatro Julio Castillo se transformó durante cinco días en un espacio para el hallazgo.

La Primera Feria del Libro Teatral, celebrada durante la penúltima semana de mayo, fue una cordial invitación al abandono urgente de la pasividad lectora, porque en particular los textos de teatro, mucho más que otros, convocan a la acción continua.

En esta ocasión se reunieron 15 editoriales –que en algunos casos albergan además coediciones diversas– a lo largo de 12 locales que esperaron a su interlocutor, a ese especialista en el lenguaje escénico, ya sea que se dedique a la dirección, la actuación, el diseño escenográfico, sonoro, de iluminación, de vestuario, maquillaje y de producción en general, incluidos de manera fundamental técnicos y espectadores, sin los cuales el teatro resultaría imposible.

Paso de Gato, El Milagro, Educal, CITRU, Libros de Godot, Escenología, Anónimo Drama, Libros de Filosofía y Letras de la UNAM, Librería Entre Todos, Libros de La Capilla, por mencionar algunos, se reunieron en este recibidor donde se han concentrado durante décadas las expectativas, logros, ansiedades, éxitos y algunos naufragios de buena parte de la comunidad teatral y su público, desde donde esta vez se propuso ir ala lectura, al análisis; abrir la entrada a una amplia posibilidad de acciones, de acontecimientos que esperan desde la palabra escrita el momento en que ésta se escuche y se vea traducida sobre un escenario, cualquiera que sea éste.

Por primera vez estos libros de teatro, que han ocupado tradicionalmente un humilde rincón en todas las librerías, salieron a un lugar reservado para ellos y para lectores que eligen la acción, donde la búsqueda fue menos ardua y más gratificante.

Junto a la plena conciencia de que esta primera edición implica sólo un paso de los muchos que será necesario dar hacia un objetivo cada vez mayor de acercar títulos a sus interlocutores para acortar la distancia entre estos objetos de papel y sus verificadores, está la certeza de que este recinto tuvo, entre sus miles de páginas, muchas revelaciones que ofrecer.

De estos libros parte un cauce hacia la creación escénica y de ésta, el ámbito donde se gestan experiencias que marcarán la existencia de quienes las realizan y de quienes las reciben. La Primera Feria Teatral, del Libro al Hecho, dedicada a la memoria de Emilio Carballido, lamentó la partida física de uno de nuestros dramaturgos más destacados, pero a la vez convocó a la celebración de su oficio creativo, a la inmensa capacidad de expresar una forma de ser, de pensar, una conducta que nos es familiar, en la que muchas veces nos reconocemos o vemos reflejos que nos acercan, al tiempo en que nos dan una visión que no tendríamos sin su teatro.

El vestíbulo del teatro Julio Castillo recibió al visitante durante cinco días con la exposición de los objetos personales del autor de Te juro Juana que tengo ganas.

El escritorio sobre el que trabajó durante años en su casa de San Pedro de los Pinos, aguardaba como si él se hubiera ausentado sólo por un momento, con su Remington morada, todavía con una hoja escrita a medias. La tapa de esa máquina viajera que se presume perteneció en algún momento a Salvador Novo, hasta que le fue robada y Carballido la adquirió después en un montepío, se hallaba al pie de su vieja silla con bejuco.

Un gato de madera pintado en blanco y naranja, perteneciente a la gran colección que el escritor pudo albergar de estos felinos, custodiaba con su lomo curvo la libreta de contabilidad forrada en piel que le regalara Óscar Chávez para que Emilio escribiera ahí, como era su costumbre, una obra más pensada para el escenario. Sus característicos lentes de gota, su saco de pana y un florero con rosas "nunca pares, siempre nones", como comparte que le gustaban su pareja Héctor Herrera, esperaban lozanas una mirada del dramaturgo que desde lo alto, retratado por Rogelio Cuéllar, parecía dar la bienvenida sosegada e inmensa.

Cada uno de esos objetos conserva sus huellas y resguarda el eco de un oficio de retos, perseverancia y trabajo.

A los lados, cual guardianes sin rostro, diversos vestuarios de Zorros chinos, diseñados por Tolita y María Figueroa, se erguían con tocado y sombrero, al lado de máscaras, de bocetos enmarcados de Amold Belkin, Antonio López Mancera y fotografías tomadas por Alberto Bostelman a los manuscritos de quien nos legó Yo también hablo de la rosa, El relojero de Córdoba, Un pequeño día de ira, Las cartas de Mozart, La vida de Chucho el Roto y La danza que sueña la tortuga, entre sus 1150 obras.

Uno de los pocos autores mexicanos que tuvo la oportunidad de ver sus textos puestos en escena en países como España, Suiza, Alemania, Bélgica, Francia, Checoslovaquia, Argentina, Chile, Cuba y Estados Unidos,fundador de la revista Tramoyapublicación que cumple 25 años en circulación, que por primera vez, bajo la dirección de Héctor Herrera, publicó dos de sus obras, porque él no editaba sus propios trabajos, constituyeron parte de este festejo al subdirector de la Escuela de Teatro en la Universidad Veracruzana, Premio Juan Ruiz de Alarcón 2002 y merecedor del Premio Nacional de Ciencias y Artes 1996; que contribuyó con sus obras cortas a abrir una puerta al teatro mexicano para miles estudiantes de este arte en nuestro país, quienes sin haber tomado clase con él lo consideran su maestro.

Lecturas que giraron alrededor del autor de Fotografía en la playa, un ciclo de video que nos invitó a escuchar al tambien autor de 50 guiones y cientos de artículos, así como la presencia de dramaturgos de algunos estados de la república, de teóricos que editan sus experiencias con la intención de compartirlas con sus colegas, además del puente de comunicación que generan las revistas especializadas, conformaron el intercambio entre varias generaciones unidas por su atracción hacia la escena.

El diálogo entre la dramaturga suiza Sabine Harbeke y dos dramaturgos mexicanos, David Olguín y Jaime Chabaud, la participación de Luis de Tavira, Víctor Hugo Rascón Banda, Luis Mario Moncada, Olga Harmony, Susan Chapman, Otto Minera, Armando Partida Tayzán y Ricardo García Arteaga, fueron entre otras presencias y actividades, parte de lo que ofreció este primer festejo editorial que pudo enlazar comunidad y público como el binomio esencial de esta disciplina en la que nos necesitamos de manera permanente.