FICHA TÉCNICA



Título obra Memoria

Notas de Título Basada en textos de Bertolt Brecht, Primo Levi y Peter Weiss

Notas de autoría Enrique Singer / selección

Dirección Enrique Singer

Elenco Arturo Ríos, Nailea Norvind, Lucero Trejo, Georgina Rábago, Rodolfo Nevárez, Emmanuel Morales, Kimberly Pou

Escenografía Jorge Ballina

Música Rodolfo Sánchez Alvarado

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Productores Moisés Zukerman

Referencia Alegría Martínez, “Berlín, 1933”, en Laberinto, núm. 257, supl. de Milenio, 17 mayo 2008, p. 10.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Teatro

Berlín, 1933

Alegría Martínez

Al entrar a ver Memoria el espectador no sabe si le va a tocar mirar desde el lugar de los prisioneros, tras un alambre de púas o desde un cómodo sillón en la estancia de un hogar alemán, cerca del comedor, o a partir de una zanja llena de ropa que alguna vez fue usada por gente que ya no podrá ponérsela jamás.

Mediante una buena estrategia de distribución de público, en la que también interviene el azar, Enrique Singer, director del montaje, genera expectativa desde el primer instante, ansiedad sobre lo que pueda ocurrir en escena y lo que uno como espectador pueda experimentar.

Con la diferencia de que el destino inmediato del público que va al teatro tiene un buen margen de seguridad sobre su integridad, física al menos, lo que logra transmitirse desde que se llega al teatro el Galeón es esa inquietud sobre los siguientes segundos, que en el caso de los protagonistas de esta obra, crece hasta la desmesura y los ubica en un límite de vida.

Un solo espacio permite la convivencia escenográfica del campo de concentración, las vías del tren, las puertas corredizas de los vagones de la muerte, un comedor y una sala; todo envuelto por el sonido estremecedor de piernas que marchan, de silbatos, de gritos que dan órdenes, de una atmósfera que asfixia y agita el corazón sin que su dueño se mueva un milímetro de su asiento.

El trabajo minucioso en la escenofonía de Rodolfo Sánchez Alvarado y contundente en la escenografía de Jorge Ballina, abren el pasadizo hacia la Memoria del genocidio judío y nos conducen sin paradas técnicas al año de 1933 en Berlín.

Los actores que multiplican su labor al interpretar a diversos personajes nos otorgan un mosaico de los habitantes de esa tragedia en la que Singer no señala culpables ni realiza un juicio unilateral, más bien plantea un acercamiento inteligente al ser humano, a sus necesidades, temores y convicciones.

Enrique Singer elige cuidadosamente fragmentos de Bertolt Brecht, Primo Levi y Peter Weiss para crear un texto dramático como herramienta contra el olvido y escribe en el programa de mano: "Recordemos que la sociedad alemana antes de la llegada al poder de Hitler vivía en medio de una crisis donde se conjuntaban vahos factores, carencias económicas, partidos políticos débiles y una joven democracia con poca credibilidad.

"¿Nos recuerda algo? El peligro de la barbarie siempre está al acecho, y probablemente el mejor antídoto para evitarla sea la memoria".

Desde ese punto de partida, lo que Singer y su elenco –conformado por Arturo Ríos, Nailea Norvind, Lucero Trejo, Georgina Rábago, Rodolfo Nevárez, Emmanuel Morales y Kimberly Pou– consiguen es sacudir la indiferencia que con el tiempo empolva nuestra capacidad de alerta, frente a la repercusión infinita de estos acontecimientos.

Por otra parte, esta puesta en escena producida por Moisés Zukerman, se interna en la vida cotidiana de los ciudadanos alemanes para revelar pasajes en los que a su pesar o por convicción propia, el adoctrinamiento nazi condicionaba sus vidas.

Convencidos de que los judíos debían ser aniquilados porque "eran parásitos devoradores"; como los llegó a llamar Hanz Frank, gobernador nazi de Polonia, el mismo que afirmó que el judaísmo buscaba matrimonios con cristianos a influyentes para aumentar su poder en el mundo y envenenar a la clase dirigente, los alemanes que vemos en este montaje constituyen esa parte del pueblo que se prestó para atacar y perseguir a los también llamados "extranjeros".

Esta creciente complicidad del pueblo alemán para poner fin a "la contaminación judía", como se lee en Mein Kampf de Adolfo Hitler, es puesta bajo el microscopio por el director en este montaje en el que resulta escalofriante la escena entre una madre y un padre que se obsesionan con la posibilidad de que su pequeño hijo sea un espía del régimen.

Así, sin necesidad de sangre ni golpes en el escenario, entre las virtudes de esta puesta en escena se encuentra la de adentrar al espectador en un suceso clave y revelador de la circunstancia familiar en la que tratándose de un núcleo acomodado, la psicosis les impedía la comunicación y la confianza mínimas para la convivencia.

La imposibilidad real de exterminar a 3.5 millones de judíos descansaba en esa infiltración de los distintos sectores de la sociedad alemana que desde diversas trincheras luchaban para denunciar a quienes no consideraban de su raza, de modo que en muchos casos no se trató de una libre elección, sino de un acendrado miedo a ser acusado, señalado, perseguido, expulsado.

La escena a la hora de la merienda entre esta familia de tres integrantes se acerca a lo demencial gracias al trabajo actoral que oprime sin pausa al espectador desde el momento en que la madre trata de reconstruir el pasado inmediato y de revisar cada palabra, cada frase, para adivinar el significado que su pequeño hijo le pudo dar a la conversación hecha en su presencia.

Con la certeza de que era indispensable conservar la pureza de la sangre alemana para la supervivencia de este pueblo, el dictador extendió la aniquilación de quienes incluso sólo guardaban un parentesco lejano con los judíos, de ahí que la escena entre una esposa decidida a emigrar y su marido en el filo de la incomprensión y la conveniencia, es la exposición de una tragedia en la que los gritos son acallados por el dolor y la desconfianza.

Arturo Rios y Lucero Trejo encarnan a esta pareja con equilibrio y precisión, de manera que el hombre oculta unos sentimientos contradictorios que el espectador puede intuir, mientras la mujer a solas, se debate entre sus emociones y lo que considera su única vía de salvación, y en compañía deja escapar parte de su caos interno, su dolor y su miedo, con lo que construye una solida tensión dramática cuyos diversos niveles de lectura enriquecen lo que anecdóticamente sería una escena de adiós.

Memoria es la posibilidad de acercarse al genocidio desde la contradicción humana, en circunstancias en las que el mundo divido ofrendaba su vida por la misma causa en tránsito opuesto.